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Hermano Lobo Sermon a los Pajaros Fray Burrito El Nacimiento Las Hormigas Salvadas El Halcon El Pez Contento Leprosos San Francisco Constructor Los Bandidos La carrera del Conejito
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San Francisco Constructor
Un día bajaba Francisco por un camino de piedras, flanqueado por cipreses
puntiagudos y oscuros pinos. A su vista se extendía la llanura infinita
desde Perusa hasta Espoleto, ciudades perdidas en la lejanía entre la bruma.
Después de descender la pendiente, Francisco se encontró de buenas a
primeras con una humilde capilla recostada en una loma. El Hermano venía
frecuentemente desde tiempo atrás todas las capillas diseminadas por las
colinas y el valle. Pero nunca había pasado por aquí.
La ermita estaba dedicada a San Damián. En sus muros se veían varias
hendiduras que ponían en peligro la estabilidad de la vetusta iglesia. La
hiedra trepaba alegremente hasta cubrir por completo los muros laterales. En
su interior no había más que un sencillo altar de madera, unos bancos y, a
modo de retablo, un crucifijo bizantino. La humilde capilla estaba atendida
por un anciano sacerdote que vivía a expensas de la buena voluntad de las
gentes.
El Hermano entró en el recinto umbroso, y luego que sus ojos se habituaron a
la oscuridad, se arrodilló con reverencia ante el altar y fijó su mirada en
el crucifijo bizantino. Lo miró largo rato.
Y en esto, nadie podría decir cómo o por dónde salió, se oyó claramente una
voz que al parecer procedía del Cristo: «Francisco, ¿no ves que mi casa
amenaza ruina? Corre y trata de repararla». Nunca había oído pronunciar su
nombre con acento tan inefable ni siquiera en su mamá, la madorma Pica. ¡El
Señor lo había llamado por su propio nombre! Era la prueba mayor de
predilección.
Y como habría de proceder tantas veces en su vida, es decir, con una cierta
precipitación, el Hermano de Asís tomando el mandato al pie de la letra, se
levantó, miró las paredes interiores y, era verdad: estaban cuarteadas.
Salió fuera dio una vuelta completa en tomo a la ermita y, era verdad
amenazaba ruina. No había tiempo que perder.
Necesitaba dinero para comprar material de construcción. Para disponer de
dinero, tenía que hacer una buena venta comercial en el negocio de su padre.
La hizo, pero el capellán no aceptó su dinero. Temía la reacción de su
padre.
San Francisco entonces le pide permiso para habitar con el la capilla y
poder trabajar con sus propias manos en la reconstrucción.
Todos los días subía a la ciudad, recorría las calles, reunían a la gente a
su alrededor. Les hablaba de la inexplicable felicidad que da el Señor Dios
a los que se le entregan. Les cantaba antiguas canciones de caballería con
palabras referentes a la nueva situación. E inventando un estribillo con una
melodía adaptada les decía así: «Quien me dé una piedra, tendrá una
recompensa.
Quien me dé dos piedras, tendrá dos recompensas.
Tres recompensas habrá para quien me diere tres piedras».
Y formando ronda, les hacía cantar a todos, a coro, este estribillo.
Y cargando a hombros piedras y otros materiales de construcción, descendía
alegremente hacia su ermita. Necesitó madera para armar un andamio y lo
consiguió en pocos días. Subido a los andamios comenzó la obra de
albañilería. Los campesinos que trabajaban en los viñedos aledaños le
ofrecieron gratuitamente varias horas de trabajo. Todos se sentían
contagiados por la alegría de Francisco y la restauración avanzaba
rápidamente. Terminó la restauración de San Damián. Luego comenzó y terminó
la restauración de otra ermita dedicada a San Pedro. Mientras tanto, iba
también restaurando, mejor instaurando en su interior la imagen de
Jesucristo. La voz de Espoleto quedaba en la lejanía de unos tres años
atrás. Los sucesivos combates que habían tenido lugar en este entretiempo
acabaron por darle al Hermano gran madurez y una paz casi definitiva. Hacía
tiempo que acariciaba el proyecto de emprender también la restauración de
una capillita perdida en el bosque central del valle, como a dos millas de
la ciudad. La capillita estaba casi devorada por plantas trepadoras y se
veían grietas por todas partes. Pertenecía a los benedictinos del monte
Subasio, pero también ellos la tenían casi abandonada. Por todo ello, a
veces se preguntaba el Hermano si valdría la pena emprender su refacción,
pero como estaba dedicada a la Madre de Dios a quién profesaba especial
devoción, sólo por este motivo acometió alegremente la nueva restauración.
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