|
Hermano Lobo Sermon a los Pajaros Fray Burrito El Nacimiento Las Hormigas Salvadas El Halcon El Pez Contento Leprosos San Francisco Constructor Los Bandidos La carrera del Conejito
| |
| |
Las Hormigas salvadas
Junto a la iglesia de la Porciúncula había un huertecillo.
En él crecía aquella higuera en la que durante tanto tiempo la hermana
cigarra había cantado las alabanzas del Señor. Había también otros árboles.
Al fraile que recogía la leña para el fuego san Francisco le recomendaba no
cortar las ramas verdes, sino partir solamente los ramos secos para no dañar
al hermano árbol.
Al fraile encargado del huerto el santo le decía: -No plantes hierbas
comestibles en todo el terreno. Deja un espacio libre para las hierbas que
en la estación propicia producen las hermanas flores.
San Francisco aconsejaba también al hermano hortelano que convirtiera en
jardín una parte del huerto, donde sembrar hierbas olorosas, para que con su
perfume alabasen a Dios.
De los senderos del huertecillo el santo recogía incluso los pequeños
gusanos para que nadie los pisara, y a las abejas quería que se les diese
miel y buen vino para que no murieran durante los rigores del invierno.
En medio del huerto hay también un hormiguero. San Francisco, en los
momentos de descanso, contempla maravillado las idas y venidas de las
hormigas transportando granitos y migajas.
San Francisco, hablando de las hormigas, dice a los frailes: -Mirad, hijos
míos, cómo trabajan en buen acuerdo y sin tregua nuestras hermanas hormigas.
Parecen otras tantas monjitas, todas en fila dedicadas a la tarea. Son
minúsculas y modestas, pero nos enseñan con su ejemplo. Aprendamos de ellas
a obrar sin descanso por el Señor.
Tomando ejemplo de los animales, San Francisco hablaba con palabras
sencillas a sus frailes.
Un día, a un fraile que se avergonzaba de ir a pedir limosna, San Francisco
le dice: -Marcha por tu camino, fraile mosca, porque quieres comer del sudor
de tus hermanos, quedándote ocioso. No te pareces para nada a nuestras
hermanas hormigas, sino más bien al hermano zángano que deja trabajar a las
abejas y luego quiere ser el primero en comer la miel.
Cierto día, un hermanito acabado de llegar a la Porciúncula, después de
haberse lavado las manos, vacía descuidadamente la jofaina de agua justo
sobre el hormiguero.
Las pobres hormigas, medio ahogadas, mueven convulsante las patitas
intentando salir de aquel barrizal.
San ¡Francisco, que está junto al hormiguero, coge en seguida un ramito del
suelo y con él trata de ayudar a las hormigas. ¡Sólo que son tantas!
Entonces San Francisco llama a otros frailes y dice:
-¡Rápido, rápido, hermanos míos! Ayudemos a nuestras hermanas hormigas a
salir del barro.
Todos los frailes de la Porciúncula dejan inmediatamente sus ocupaciones y
se precipitan al huertecillo. Allí van también los frailes más ancianos y
austeros con su larga barba blanca.
Unos con una pajita, otros con un ramito, todos se afanan, arrodillados
alrededor del hormiguero, hasta que la última hormiga no queda sana y salva
sobre el terreno seco.
|
|