Los Bandidos

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San Francisco y los Bandidos
 
A pocos kilómetros de Borgo San Sepolcro, subiendo una pendiente empinada, se llega a un lugar llamado Montecasale. En el barranco había una roca saliente (specco) de dimensiones extraordinarias. Parece el techo del mundo.
Francisco buscaba siempre estos lugares para cultivar amistad con Dios porque los hermanos podían guarecerse contra el sol, la lluvia o la nieve, y además tenían muy cerca agua corriente. A un lado y encima del barranco, construyó el Hermano una choza con hierba seca, ramas y barro. Se llamaba Eremitorio de Montecasale.
Al frente de los ermitaños estaba el hermano Angel Tarlati que, igual que su homónimo Angel Tancredi, había sido caballero y militar. Merodeaban por esos parajes solitarios tres famosos bandoleros que se dedicaban a asaltar a los transeúntes. Al no tener a nadie que asaltar y muertos de hambre, se presentaron, no con muy buenas intenciones en la choza de los hermanos.
Al verlos, el antiguo soldado se encendió en ira, increpándoles: Asesinos y holgazanes; no contentos con robar a la gente honrada. ¿.ahora quieren engullir las pocas aceitunas que nos quedan? Tienen edad para trabajar. ¿,Por qué no se contratan como jornaleros? Ante estas palabras los bandoleros parecían no inmutarse. Al contrario, su frialdad denotaba que persistían en sus aviesas intenciones.
Es bueno que sepan, les dijo fray Angel ainenazadoramente, que soy un viejo soldado y que más de una vez he partido de un tajo a canallas como ustedes. Y si ahora no tengo espada detrás de la puerta, sí tengo un garrote para partirles las espaldas. Y agarrándolos, comenzó a golpearlos mientras los forajidos se escapaban precipitadamente. Era una victoria más del antiguo soldado. Se divirtieron los hermanos y se rieron de buena gana con el presente lance.
Al caer la tarde regresó Francisco de la limosna, y los hermanos le contaron regocijadamente y entre risas lo ocurrido.
Mientras se lo contaban, el Hermano no esbozó ni la más leve sonrisa. Ellos percibieron que lo pasado no le hacía ninguna gracia. Entonces también ellos dejaron de reírse. Acabada la narración, el Hermano no dijo ni una palabra. Se retiró en silencio y salió al bosque. Estaba agitado y necesitaba calmarse. ¡Un soldado!, comenzó pensando. Todos llevamos dentro un soldado; y el soldado es siempre para poner en fuga, herir o matar.
¡Victoria militar! ¿Cuándo una victoria militar ha edificado un hogar o un poblado? La espada nunca sembró un metro cuadrado de trigo o de esperanza. Francisco estaba profundamente turbado. Evitaba, sin embargo, que la turbación derivara mentalmente en contra de Angel Tarlati, porque eso sería, le parecia a él, igual o peor que descargar golpes sobre los bandidos.
Sácame, Dios mío, la espada de la ira y calma mi tempestad, dijo el Hermano en voz alta. Cuando estuvo completamente calmado y decidió conversar con los hermanos, se dijo a sí mismo: Francisco, hijo de Asís, recuerda; si ahora tú reprendes a los hermanos con ira y turbación, eso es peor que dar garrotazos a los asaltantes.
Convocó a los hermanos y comenzó a hablarles con gran calma. Ellos, al principio, estaban asustados. Pero al verlo tan sereno se les pasó el susto. Siempre pienso, comenzó diciendo, que si el ladrón del Calvario hubiese tenido un pedazo de pan cuando sintió hambre por primera vez, una túnica de lana cuando sintió frío, o un amigo cordial cuando por primera vez sintió la tentación, pienso que nunca hubiese hecho aquello por lo que lo crucificaron.
Y ahora, añadió despacio y bajando mucho la voz, yo mismo iré por estos contrafuertes cordilleranos en busca de los bandoleros para pedirles perdón y llevarles pan y cariño. Al oír estas palabras, se sobresaltó fray Angel: Hermano Francisco, yo soy el culpable; yo soy quien debe ir. Todos somos culpables, querido Angel, respondió el Hermano. Pecamos en común, nos santificamos en común, nos salvamos en común.
Fray Angel se puso de rodillas, diciendo: Por el amor del Amor permíteme, hermano Francisco, esta penitencia. Al oír estas palabras, Francisco se conmovió, y le dijo: Está bien, querido hermano: pero harás tal como te voy a indicar.
Subirás y bajarás por las cumbres y hondonadas hasta encontrar a los bandidos. No deben andar lejos. Cuando los divises, les dirás: Vengan, hermanos bandoleros, vengan a comer la comida que el hermano Francisco les preparó con tanto cariño. Si ellos distinguen paz en tus ojos, en seguida se te aproximarán.
Tú, entonces, les suplicarás que se sienten en el suelo. Ellos te obedecerán sin duda. Entonces extenderás un mantel blanco sobre la tierra. Colocarás en el suelo este pan y este vino, esos huevos y este queso. Les servirás con sumo cariño y alta cortesía. Cuando ya estén hartos, les suplicarás de rodillas que no asalten a nadie. Y lo restante lo hará la infinita misericordia de Dios.
Y así sucedió. Diariamente subían los ex-bandoleros al eremitorio cargando leña a hombros. Francisco les lavaba frecuentemente los pies y conversaba largamente con ellos. Una lenta y completa transformación se operó en ellos.
 
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