Leprosos

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Vencerse a si mismo: Los Leprosos
 

En largos períodos de la Edad Media el leproso llegó a ser el personaje más desechado y venerado de la sociedad. Vestían todos ellos un uniforme gris, llevaban un distintivo para ser reconocidos desde lejos. Tenían prohibido beber en las fuentes, nadar en los ríos, acercarse a las plazas o mercados. En una palabra, eran los hombres de la desolación.
A su modo, sin embargo, aquella sociedad medieval los amaba. No había ciudad o villa que no hubiera erigido albergues o leproserías para estos hermanos cristianos.
Llama la atención que a estas alturas de su vida, en que Francisco respiraba profundamente el perfume de Dios y había adquirido alta estatura espiritual, sintiera todavía una repugnancia tan invencible para con estos enfermos del buen Dios.
Un día, estando Francisco sumergido en el hondo mar de la consolación, depositó en las manos de su Señor la espada llameante de un juramento: tomaría entre sus brazos, como a un niño, al primer leproso que topara en el camino. Para él, eso era como arrojarse desnudo a una hoguera. Pero la palabra ya estaba en pie como una lanza clavada. Lo demás era cuestión de honor.
Una mañana, cabalgando por el camino que serpentea por entre las estribaciones del Subasio en dirección de Foligno, en un recodo del camino, se topó súbitamente a pocos metros con la sombra maldita de un leproso extendiéndole su brazo carcomido.
La sangre se le encrespó a Francisco en un instante como fiera dispuesta al combate, y todos sus instintos de repulsa levantaron un muro cerrándole el paso. ¡Era demasiado! El primer impulso fue apretar espuelas y desaparecer al galope. Pero le vino el recuerdo de aquellas palabras: «Francisco, lo repugnante se te tornará en dulzura». Cuanto más rápidamente ejecutara lo que tenía que hacer, mucho mejor.
Saltó del caballo como un sonámbulo y casi sin darse cuenta se encontró por primera vez en su vida frente a frente con un leproso. Con cierta precipitación depositó la limosna en sus manos. Lo tomó en sus brazos, no sin cierta torpeza. Aproxima sus labios a la mejilla descompuesta del hermano cristiano. Lo besó con fuerza una y otra vez. Luego estampó rápidos y sonoros besos en sus dos manos y con un «Dios sea contigo» lo dejó. Montó de nuevo a caballo y se alejó velozmente. La prueba de fuego había sido superada, ¡bendito sea el Señor!.
 
Habiendo cabalgado unos metros ... ¿qué es esto? Nunca había sentido semejante sensación. Desde las profundidades de la tierra y del mar, desde las raíces de las montañas y de la sangre comenzó a subirle en oleadas sucesivas el océano de la dulzura.
Era (¿qué cosa era?) el perfume de las rosas más fragantes, la quintaesencia de todos los panales del mundo. Sus venas y arterias eran ríos de miel. Su estómago y cerebro, surtidores de ternura. ¿Cómo se llamaba aquello? ¿Embriaguez? ¿Extasis? ¿Lecho de rosas? ¿Cielo sin nubes? ¿Paraíso? ¿Beatitud?.
En su lecho de agonía, refiriéndose a ese momento. Francisco dirá que experimentó «la mayor dulcedumbre del alma y del cuerpo». Fue, sin duda, uno de los días más felices de su vida, y, de todas maneras, un acontecimiento tan marcante que Francisco lo considera en su Testamento como el hito más alto en el proceso de su conversión.
 
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