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    Paz

Claro que al encontrarse culpable al estado Colombiano.... Como siempre !

Más de quince años después, la justicia colombiana todavía no termina de investigar y juzgar a los responsables de los homicidios que conmocionaron a Trujillo a finales de los 80 y principios de los 90. Con múltiples dificultades se han producido algunos avances. Por considerar que uno de los detenidos, Henry Loaiza Ceballos, fue uno de los autores intelectuales y materiales de la masacre, la Fiscalía General de la Nación lo llamó a juicio en abril de 2000, pues fue señalado como presunto coautor responsable de homicidio agravado en concurso homogéneo material y efectivo y de tentativa de homicidio. La ley establece penas de más de 30 años de prisión para ese tipo de crímenes, que en el caso de Trujillo obedecieron a una combinación de intereses de narcotraficantes y grupos paramilitares. Por lo menos 107 personas fueron desaparecidas y asesinadas, aunque la condena que recibió el país por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se refiere en estricto sentido a 34 homicidios. Previamente, la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía General había llamado a jucio a Diego Ferney Ospina Naranjo, Gilmer Antonio Ramos y Edgar Hipólito Ramírez Silva. Estos dos últimos eran miembros de la Policía Nacional y se les formularon cargos por tentativa de homicidio y conformación de grupos armados al margen de la ley. Carlos Andrés Ramírez fue llamado a juicio por conformación de bandas sicariales, mientras que a Roberto Cardona González se le señaló como presunto responsable de hacer parte del grupo de justicia privada que llevó a cabo crímenes como el del sacerdote Tiberio Fernández Mafla y del inspector de Policía de La Sonora, José Ruiz Cano. Si la cruz de cemento que vigila a Trujillo desde el costado norte hablara, diría que ante sus ojos resucita un pueblo que vio morir hace doce años. Fachadas de colores vibrantes y veraneras en las materas del parque son la muestra de que este municipio quiere dejar de arrastrar las cadenas de un pasado signado por la violencia y la amargura. Pero no ha sido fácil para los habitantes de esta localidad sobreponerse cuando la muerte tocó casi todos los días a la puerta de 107 personas. La sangre de las víctimas, caídas por la acción del narcotráfico, el sicariato y elementos de la Fuerza Pública (según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que investigó los crímenes), se ha secado sobre esta población enclavada entre las montañas vallecaucanas, pero permanece fresca en la memoria de cientos de familiares.
 
Muchos de ellos abandonaron el municipio hace tiempo. Otros viven como asilados en el exterior. Hoy, tan sólo 20 de los hogares dolientes están asentados en la localidad pues, de acuerdo con los mismos habitantes, "las amenazas de los grupos ilegales y la tristeza sacaron corriendo al resto de la gente". "Cuando se conformó la Asociación de Familiares de las Víctimas de los Hechos Violentos de Trujillo, Afavi, éramos como mil personas. Ahora somos doce", dice Esmeralda Marín, representante del grupo. La sensación de abandono que sienten algunas familias por lo que consideran el incumplimiento de las promesas del Estado y la rabia por la impunidad que aún reina en torno a los asesinatos une en un solo sentimiento a todos los afectados, que aún tienen abiertas las heridas. Parte de las familias que permanecen en éste, el mismo escenario de sus pesadillas, desean enterrar en lo más profundo de su mente todos los recuerdos que les hablan de la muerte. En esa misión los acompañan la mayoría de los habitantes de Trujillo, quienes, sin embargo, poco a poco han tendido un manto de olvido sobre la tragedia que los enlutó. Por eso, entre todos tejen una nueva vida. Así, el silencio se convierte en el mejor aliado para enfrentar a los que tratan de remover sus historias.
 
Octavio Medina es uno de los sobrevivientes que se quedaron en el pueblo y quien hizo del silencio su cómplice. A sus 20 años aún camina por las aceras de este pueblo, que ve florecer nuevamente con los corrillos de niños en las esquinas y en las 'chivas' que llegan ruidosas cargadas de víveres a los graneros. Sin embargo, el recuerdo de haber presenciado la muerte de su hermano, cuando apenas tenía 8 años, lo persigue adonde va. La mudez lo marcó desde aquel entonces y también empezaron a serle esquivas todas las formas de comunicarse con el mundo.  "Parece que no estuviera aquí. Es un ser que, a pesar de su ternura, quedó como autista por ese terrible episodio", relata un vecino. Pero no sólo en Octavio perduran los recuerdos del pasado. A pocas cuadras de su casa, entre los jabones y confites de su tienda, Julián Tabares evoca a quien fuera su mejor amigo y símbolo de este pueblo, el sacerdote Tiberio Fernández Mafla, también asesinado.  "Con él fundamos quince cooperativas de trabajo para los nativos y se le dio un aire de progreso a esta zona. Después de su muerte todo cambió, como si se hubiera perdido el alma del lugar", dice sin poder contener las lágrimas. Actualmente existen sólo dos de las asociaciones comunitarias de empleo creadas por el religioso. Una de ellas es la panadería Trigo Verde, situada en el corazón del municipio. "No se puede negar que mantener el negocio en medio de los problemas es complicado, pero seguimos adelante. De aquí derivan su sustento doce familias", explica Jaír Giraldo, gerente de la microempresa. Pero el espíritu del padre Tiberio no se quedó únicamente en el olor del pan a media tarde.

Docenas de habitantes que apreciaron las cualidades humanas de Fernández al frente de la parroquia El Perpetuo Socorro durante cinco años lo evocan ahora con una oración creada especialmente para él.
"La gente le atribuye milagros al padre, tales como ganarse chances o alcanzar algo que deseaban hace tiempo", expresa José, un habitante de la localidad. Entre esos hechos maravillosos hay quienes cuentan el renacer del pueblo. Cambios experimentados entre la gente, como el despertar de la vida nocturna y el regreso de las actividades culturales y deportivas son fruto de una renovada energía de los lugareños, quienes buscan sacar al municipio adelante. "Tenemos en mente poner en marcha nuevos proyectos de manufacturas para exportación, como las colchas de retazos", explica Rosita, una artesana de la región.
Y en medio de todos esos esfuerzos también hay tiempo para rendir tributo a quienes la violencia arrasó a su paso. En el extremo sur de Trujillo se construye el Parque Monumento en honor a los que ya no están. Allí se esculpen las figuras de cada uno de los muertos o desaparecidos. Para la artista Adriana Lalinde, quien dirige la obra, más que una estructura física, el parque es una disculpa para que familiares, amigos y vecinos exterioricen su duelo e intenten cerrar las heridas. "Para poder representar a cada persona muerta, convocamos a gente cercana para que dibujara a su ser querido y escribiera una biografía de éste. Fue un proceso doloroso, de llanto y de silencio, de rememorar momentos hermosos al lado de quienes ya no están", manifiesta. Algunas madres y esposas participaron también modelando en los muros los cuerpos y caras de sus familiares. "Hablaban con ellos mientras daban forma a la escultura y el llanto se escapaba dramáticamente. Se preguntaban en voz alta: `¿Por qué tenía que morir así?'", cuenta la artista. En torno a este monumento, en el que se depositarán los restos de los cuerpos u objetos personales si se trata de desaparecidos se creó también un mito. Después de su finalización, algunas esculturas aparecieron rajadas justamente en brazos y piernas, lo que inquietó a los pobladores, pues la mayoría de las víctimas fueron mutiladas en sus extremidades. Además de las fantasías o manifestaciones de las almas, como lo describe Adriana Lalinde, ya empezaron a crecer sobre lo que serán los osarios `besitos' y `novios', plantas que son sembradas por niños de las escuelas.
Los pequeños, quienes sólo conocen de la tragedia por referencia, acuden diariamente al lugar y con la inocencia y alegría características de su edad sepultan por sus padres el dolor del pasado.
"Dicen que la gente que está dibujada aquí sufrió mucho, pero eso ya pasó. A mí me gustaría que todos olvidaran las cosas malas y viviéramos en paz", concluye Mariela, una niñita de 8 años, que es como símbolo del renacer del municipio.....






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2007






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