AGAPITO ZARAMBULLO MOHINO
Agapito Zarambullo Mohino nació en el seno de una familia humilde, de padre layador y madre zascandila, como correspondía a su estirpe. Naturalmente, no tuvo una infancia feliz porque, de haber sido así, nos obligaría a explicarla entre risas y bromas, y no es cuestión. Mejor diremos que con cinco años perdió un diente de leche y que con siete se rompió un brazo, teniendo que pasar los siguientes nueve años con el brazo en cabestrillo ya que su madre, aunque zascandila, era previsora y no quería arriesgarse a una nueva lesión. Cuando cumplió los dieciocho, el catorce de noviembre, encontró el diente de leche perdido y su padre le dijo:
- Agapito, ya eres un hombre. Es hora de que conozcas el secreto de la vida.
- ¿El secreto de la vida, padre? Dígame, que soy todo oídos...
- Mejor te lo muestro. Nos vemos esta noche en la plaza de Recoletos, a las doce en punto.
- Bueno. Pero yo me suelo acostar antes.
- No te preocupes, hijo. Yo te despierto y nos vamos juntos.
Dicho y hecho, padre e hijo salieron de casa por la puerta de atrás (que por ser casa humilde era la única que tenía el edificio) y llegaron a las once cincuenta y siete a la plaza.
- Mira qué suerte, hijo, que llegamos pronto. Así, mientras esperamos, podemos charlar.
- Pues charlemos, padre.
- Pues...
El silencio volvió a hacerse en la plaza de Recoletos. El padre lo rompió poco después.
- ¿De qué te gustaría charlar, hijo?
- ¿Qué tal si me comenta lo del sentido de la vida?
El padre miró el reloj de la torre (como era humilde, no había cogido el rolex de oro de la mesilla de noche antes de salir de casa). El padre miró a su hijo.
- Hijo, faltan aún dos minutos: no es la hora.
El silencio volvió a hacerse en la plaza de Recoletos. El padre lo rompió poco después.
- Pues... Parece que viene lluvia, ¿verdad? -dijo señalando al cielo.
- Pues no sé, padre. Como es noche cerrada y no veo un pijo...
El silencio volvió a hacerse en la plaza de Recoletos. El padre lo rompió poco después.
- Y que ya está aquí el otoño, que parece que refresca.
- Eso parece, padre. Es lo que tiene noviembre.
El silencio volvió a hacerse en la plaza de Recoletos. El padre lo rompió poco después.
- ¿Te has dado cuenta, hijo, de que el imbécil que está escribiendo esta historia ha repetido cuatro veces eso de que "el silencio volvió a hacerse en la plaza de Recoletos. El padre lo rompió poco después", y lo ha escrito entero en vez de usar los comandos de copiar y pegar?
- Hay que ver, cuánto sabe usted, padre.
- Pues eso: que cuando seas padre, comerás huevo.
- Eso sí.
Sonó el reloj. Primero fueron los cuartos, después las campanadas. Este detalle es relevante para no confundirse el día de fin de año con las uvas (aunque realmente la confusión sería, en todo caso, la noche de fin de año o, si se quiere ser purista, la noche de año nuevo, porque a las doce de la noche ya es día uno de enero y ya es año nuevo, aunque sea de noche). Las campanadas fueron doce, como corresponde a la hora que era: las cero horas del día quince de noviembre.
El silencio volvió a hacerse en la plaza de Recoletos. El padre, esta vez, no lo rompió. Lo rompió el hijo.
- ¡Coño, niño! Es que, cosa que tocas, cosa que rompes...
- Lo siento, padre.
- A ver, ¿tú para qué demonios tocas el silencio de estos señores? Ahora, ¿qué? ¿Que lo pague tu padre?
- Hombre... Pues si puede ser... Como yo no tengo oficio ni beneficio y usted es layador...
- Claro, hombre, claro... Siempre los padres pagando los errores de los hijos. Pues mira, te jodes como Herodes: yo no lo pago.
- Pero padre, no me sea usted así... ¿Cómo quiere que lo pague yo, si este silencio tiene pinta de ser carísimo, y yo no tengo ni curro ni sueldo?
- ¡Pues te buscas la vida! ¡Haberte metido las manos en el culo, para no tocar nada!
- Eso sí, ¿ve? Más calenticas estarían, que ya está aquí el otoño y parece que refresca.
- Eso parece, hijo: es lo que tiene noviembre.
Con el padre negándose a pagar los destrozos causados por su vástago y con Agapito incapaz de hacer frente a la cuenta (un silencio de primera, recoleto él como correspondía a la plaza, un silencio del siglo XVII, carísimo, en efecto), ambos dos decidieron darse a la carrera para escapar de sus onerosas obligaciones pecuniarias. Habida cuenta de que el padre era cojo y Agapito estaba neumónico, no llegaron más allá de la otra punta de la plaza. Sin embargo, quiso el azar que sus perseguidores esa noche fueran nulos, con lo que el esfuerzo les sirvió para eludirlos.
- Padre... -dijo Agapito entre resuellos.
- Dime, hijo -dijo el padre entre los resuellos de su hijo, intentando separarse de ellos para producir los suyos propios.
- Que digo yo, padre, que si me explica ahora el secreto de la vida...
- Pero hijo, ¿tú estás tonto de las meninges, o incapaz de cintura para abajo? ¿No has aprendido nada de la experiencia anterior que ha tenido a bien brindarnos el destino?
Agapito, recordando sus contumaces masturbaciones, encontró con facilidad las respuestas a ambas preguntas.
- Padre, a la primera, tonto de las meninges. A la segunda, no.
- Pues mira, hijo. Me alegro de que ya hayas experimentado con tu cuerpo y sepas lo que es machacártela como un mono y, quizá incluso, andar con mujeres: así me ahorras un aburridísimo discurso sobre las flores y las abejas...
- Gracias, padre.
- Calla, golfo, que ya hablaremos en casa sobre las cochinadas que haces. Sobre la segunda, la lección es clara: si tienes que pagar lo que rompas, debes ponerte a trabajar.
- ¿Trabajar, padre?
- Lo que has oído.
- ¿De layador, como usted?
- Pero hijo, como vas a trabajar como yo, si yo estoy cojo y tú no tienes estudios. No, hijo, no. Tú currarás de peón de albañil, de aprendiz de apicultor, de corredor de bolsa o de abogado: de algo sin cualificación, mal pagado y peor considerado socialmente. Debes empezar desde abajo para hacerte un hombre.
- Padre, es usted muy duro. Déjeme vivir del cuento como el resto de chicos de mi edad, haciendo como que estudio y yendo de farra en farra.
- Pues no.
- Pero...
- ¿Qué te dije antes?
- ¿Que me jodo como Herodes?
- Eso mismo. Pero, ¿ves como no somos iguales, hijo? Yo te lo dije rimando...
A partir de aquel momento, Agapito Zarambullo Mohino emprendió su extraña vida laboral, en la que desempeñó en este orden los trabajos de: tornero fresador, marqués de las Marismas, doble cinematográfico del Coyote, panadero, bombero torero y forçado portugués. En ese último noble trabajo andaba cuando leyó en una hoja arrancada del periódico local el siguiente anuncio: "Se busca chico dotado/para señorita". Allí acababa el texto y comenzaba el roto. Faltaba un trozo del anuncio, pero Agapito no necesitaba más: aparecía una dirección, y eso era suficiente.
Llegó a casa, se bajó los pantalones y los calzoncillos y comenzó a machacársela. Cuando consiguió una erección digna, fue a la habitación de costura de su madre, en busca de una cinta métrica para averiguar si estaba dotado.
- Mamá, ¿me dejas la cinta para medirme la polla?
- Pero hijo, ¿a qué vienen esas extravagancias?
- Es por un trabajo que he visto.
- Ah, bueno. Si es por un trabajo, tómala...
Veintidós. Veintidós centímetros en erección medidos con la cinta métrica de su madre, que tenía más años que Matusalem (la cinta, no la madre) y que por tanto estaba algo estirada de más. En concreto, el nabo erecto de Agapito medía diecisiete centímetros con cuatro milímetros, lo que tampoco es moco de pavo, pero en fin... Él leyó veintidós, y con esa idea salió a buscar la dirección que aparecía en el recorte de prensa. Previamente, se subió calzoncillos y pantalones, y no necesariamente en este orden.
Llegó todavía erecto perdido a la puerta de una casa blanca (la puerta y la casa), y llamó. Al rato, un mayordomo vestido de valkiria le abrió la puerta.
- Buenos días.
- Buenos. Soy el chico dotado que buscan.
- Perfecto. Pase y espere en el salón. Póngase cómodo.
Con la erección todavía funcionando en sus calzones, la comodidad de Agapito consistió en volver a despojarse de pantalones y ropa interior, habida cuenta de que tendría que demostrar su dotación para conseguir el trabajo. Sentado en el sillón como estaba, polla en alto mirando el techo, le dio por pensar (quizá por la perspectiva) que no era realmente tan grande. Se estimuló adicionalmente mediante el viejo sistema del pajote castellano, y en esas le sorprendió la apretura de la puerta del salón.
Una señorita vestida de blanco, que más parecía propia de una canción infantil que de un relato erótico, estaba parada en la puerta, mirando con los ojos como platos a aquello que le mostraba el muchacho, ahora ya puesto de pie -el chico era humilde, pero educado: se incorporó en cuanto descubrió a la dama-, con la mano en el tema. La señorita cerró de golpe la puerta, acercándose a Agapito.
- Buenos días, señorita. Soy el chico dotado que buscan.
- Mmmm... Desde luego que lo es, sí.
Agapito, viendo las miradas que lanzaba la muchacha a su sexo erecto, no pudo sino decirle:
- Si necesita comprobar la dotación, compruebe, compruebe...
La muchacha alargó su pequeña mano blanca, y sostuvo aquel tubo de carne rugoso, marcado por las venas hinchadas que lo recorrían. Apretó suavemente, comprobando su dureza.
- Madre de Dios... -exclamó la muchacha.
- ¿Sirve?
- Buff... Y tanto... ¿Le importa si...?- le preguntó estirando ligeramente de la piel hacia la base.
- No, por supuesto -respondió Agapito-. No estoy circuncidado, como comprobará, porque mis padres no practican ese tipo de ritos, pero verá que el prepucio se retira fácilmente, descubriendo un glande que, en este momento, debe estar de un color rosado intenso y levemente lubricado.
Así lo comprobó, en efecto, la muchacha, al estirar despacio la piel de aquel barrote de carne hacia abajo. El glande, efectivamente, surgió rosado y ligeramente perlado, brillante, desafiante del cielo y sus potestades, mirando cara a cara a la divinidad. También la frente de la muchacha se perlaba y Agapito incluso pudo ver la aparición de unas minúsculas gotas de sudor en el escote de la chica que, sin ser generoso, sí que era lo suficientemente despejado como para permitir la visión del nacimiento de los senos.
Los ojos de Agapito, centrados en la visión de la piel humedecida de la muchacha, generaron algún tipo de señal en su cerebro que se tradujo en un aumento del ángulo de erección de su polla, lo que la muchacha notó inmediatamente, puesto que la sostenía en su mano.
- Vaya -dijo la bella-. Parece que te gusta que te toque...
- No sólo es eso, señorita. Es también la visión de su piel perladita de sudor, que me trae a la mente la visión en estos momentos velada de su sexo, posiblemente también humedecido y anhelante de alojar en él a mi miembro viril...
- Maldita sea, muchacho... te expresas tal y como lo haría un escritor.
- Pues qué quiere... Supongo que es porque me escriben las palabras que digo, igual que las suyas.
- Ya. Pero eso ya se comentó en otro relato. ¿Qué te parece si pasamos de requiebros y palabreos y vamos al tema?
- Lo ansío.
- ¿Qué? ¿No hemos dicho que íbamos a pasar de palabreos y requiebros?
- Pues es verdad... Joder, tía... Que me muero de ganas de follarte...
- Así me gusta, semental.
La chica, liberada de las restricciones de su educación victoriana y de las terribles frases que andaba poniendo el narrador en su boca, ocupó esta última con la polla de Agapito mientras éste luchaba con los dificultosos ropajes que vestía la joven. Al final, abrumado por las capas de tela que cubrían el cuerpo de la que en esos momentos era ya ardiente mamatriz de su rabo, decidió comportarse como un animal y desgarrarle los vestidos de arriba a abajo, dejándola como Dios o su madre o quien fuera que la pariese la trajo al mundo.
Agachada como estaba la muchacha debido a sus labores bucogenitales, Agapito podía acariciar su espalda pero, cosa que no le gustaba mucho, le costaba acceder a sus senos. Solucionó el problema dedicando la atención de sus manos a las nalgas de la chica que, sin ser especialmente generosas, tenían las suficientes propiedades como para ser palpadas y presionadas sin notar en ningún momento hueso o dureza alguna.
Ella le mordió. Así, como suena. Tampoco fue un bocado en plan salvaje: fue sólo que cerró demasiado los dientes en torno al glande de Agapito y claro, éste lo notó de sobra. Trató la muchacha de excusarse, pero tenía la boca llena. Agapito, como necesitaba el trabajo, se conformó con castigar el femenino desliz situando el dedo índice de su mano derecha en el ano de la chica y empujándolo de golpe hasta el fondo.
Ella gritó. Algo así como "cabrón", "maldito", "hijo de la grandísima puta con gingivitis que te parió"... Fue contraproducente. Él, al oírse insultado, aún se excitó más y, sin apenas esfuerzo, le metió el dedo anular de la misma mano anteriormente mencionada por la vagina.
Gimió ahora ella, agarrándose al nabo de Agapito como el náufrago se agarra a su tabla. Le miró fíjamente a los ojos, en una mirada de esas que significan claramente: "¿pero tú que cojones crees que estás haciendo, desconocido de mierda, metiéndome un dedo por el culo y otro por el coño?". Agapito le respondió también sin palabras, con un movimiento de su brazo derecho, haciendo temblar su mano en la entrepierna de la chica, jugando con sus dedos, entrando y saliendo del cuerpo de la señorita.
La mirada de ella, ya sin gemidos -aunque con una cierta respiración entrecortada-, transmitía dolor y sorpresa y placer, todo en uno, así que Agapito aceleró el ritmo de la mano. Naturalmente, se aceleró también la respiración entrecortada de la muchacha. Hundió sus dedos Agapito en los agujeros femeninos, dejándolos quietos dentro. Se detuvo también la respiración de la muchacha, en largo suspiro. Pensó Agapito por un segundo que si la respiración de la muchacha se paraba, lo que tendría ensartado no sería un cuerpo de tía buena, sino un cadáver, así que volvió a darle ritmo a la mano. La respiración de la chica volvió a acelerarse y Agapito, por simpatía, respiró tranquilo.
La mamatriz que había dejado de serlo porque bastante tenía con gemir, jadear, entrecortar su respiración, volver a jadear y volver a gemir, miró de nuevo a Agapito mientras conseguía articular, balbuceante, las siguientes palabras:
- Cabrón de mierda... ¿a qué esperas para follarme?
Agapito, al que no le gustaba demasiado el ser insultado, se planteó por un momento, sólo para hacerle la puñeta a la malhablada de la señorita, el no follársela. Pero el momento fue breve, un apenas nada, que podríamos decir, porque retiró sus dedos de los orificios femeninos y tomó a la muchacha por la cadera. La acercó tal y como estaba a su cuerpo, tropezando su polla con los cuartos traseros de la señorita. Acercó la punta al ano femenino y presionó. Así, a lo bruto, sin lubricación -excepción hecha de la saliva anteriormente aportada por la en estos momentos analizada dama- ni nada.
El grito salió automáticamente de la garganta de la bella, comenzando a rebotar por las pareces del salón cual pelota de squash que rebota por las paredes de la pista del deporte igualmente llamado squash que, por otro lado, es un nombre bastante raro. Intentando evitar al griterío rebotante, Agapito inclinóse sobre la espalda de la chica, teniéndola aún ensartada por el culo.
Naturalmente, las leyes de la física, a las que ningún hombre y ninguna mujer consiguen escapar, obligaron a que la dama, incapaz de mantener en su grupa el peso del Agapito huidizo que la porculizaba, se desplomara sobre el suelo. El ángulo de penetración del nabo de Agapito en el ano ajeno evitó que se desacoplasen los cuerpos, obligando -pero ahora el ángulo de penetración, no las cuestiones físicas (aunque me barrunto que también tendrían algo que ver éstas, porque son muy suyas)- a Agapito a caer encima de la espalda de la muchacha.
Tal y como cayeron al suelo, comenzó Agapito a bombear carne dentro del cuerpo de la mujer por ese conducto que en principio estaba diseñado sólo para la evacuación, y no para la introducción. Pero así es el ser humano: siempre desafiando los límites de la naturaleza.
Podríamos plantearnos, en este momento del relato, qué fue lo que llevó al muchacho a derramar en culo ajeno. Podríamos decir que la fricción y la presión del recto de la chica en el miembro de Agapito provocó un exceso de excitación sexual que llevó al orgasmo. Podríamos también suponer que dicho exceso de excitación vino dado por el sentir el chico en su pecho el calor de la espalda de ella, ligeramente humedecida por el sudor. También -por qué no-, podríamos decir que el detonante del estallido seminal del nabo de Agapito dentro del culo ajeno fueron las contínuas blasfemias, gritos y demás aparato verbal y sonoro que profería la muchacha. Fracasaríamos totalmente, de la forma más ruín y triste. La verdadera razón que llevó a Agapito a correrse como un toro en celo en culo ajeno fue, lisa y llanamente, que le era del todo imposible correrse en el propio.
En todo caso, el culo de la bella rebosaba de leche masculina cuando Agapito se separó del cuerpo de la señorita. La miró, culo ligeramente colorado con centro blanco. Ella apenas se movía, lo justo para respirar. Se oyó un sonido en el pasillo.
- ¡Dios mío! ¡Mi padre! -dijo ella-. ¡Corre, vete!
- ¿Cómo? Si salgo me pilla...
- ¡Por la ventana!
Y allí que salió Agapito, no sin arreglarse las ropas antes, defenestrado por propia voluntad.
Anduvo calle abajo cabizbajo. Pero no se confundan: si hubiera ido calle arriba lo habría hecho con la cabeza bien alta, por una extraña coherencia interna que tenía el muchacho. En todo caso, un pensamiento le rondaba la cabeza:
- Joder... Y no le he tocado las tetas...
Se había olvidado totalmente de la cuestión laboral, porque la sangre aún no le había vuelto al cerebro (tampoco estaba ya en su polla, iba de camino, quizá por el estómago).
- Y eso que las tetas las debía tener cojonudas...
La sangre ya subiendo, ya por el pecho.
- Y los pezones... joder... seguro que tenía unos pezones como piedrecitas...
La sangre ya por el cuello.
- Y que me la podía haber follado por el coño, también.
La sangre ya por la nariz.
Y claro, lo que pasa: la sangre por la nariz, el pensamiento impuro del coño húmedo de la chica, su clítoris hinchado, la lengua de Agapito estimulándolo... En fin, por resumir, que le estallaron algunos capilares y el apéndice nasal trocósele en Fontana di Trevi sanguinolenta.
Agapito Zarambullo Mohino, humilde pero digno, no se amohinó: se agachó, cogió un trozo de periódico que estaba, roto, en la acera, y se limpió la sangre. Aprovechó para sonarse los mocos y claro, del esfuerzo, salió más sangre. Pero se la volvió a limpiar: a él no se le caían los anillos por esas cosas. Tan colorado acabó el papel, que era imposible ya reconocer lo que en él ponía: "para la música/interesada en aprender".
Cuando el riego llegó finalmente al cerebro, recuperó la conciencia de clase -ergo, de proletario- y se reincorporó (no en ese momento, sino a los dos o tres días) a su antiguo trabajo de forçado portugués, donde cosechó grandes éxitos hasta que un toro zahíno, zambombón, zancajoso, zancudo y zurdo lo zarandeó con el cuerno derecho -ya ves, lo que son las cosas- con tal mala fortuna que al caer cayó sobre el cuerno izquierdo (esta vez sí) justo en la zona donde la espalda pierde su casto nombre.
Desde aquella tarde terrible, Agapito Zarambullo Mohino pasó sus días -tampoco fueron muchos, unos quince o veinte lustros- tumbado boca abajo sobre una cama de hospital, con uno de esos camisones de hospital que dejan el trasero del hospitalizado al aire. Menos mal que no había muchos sodomitas por allí -sólo alguno-, porque a Agapito la cuestión en cuestión no le iba mucho (aunque cuentan que, con el tiempo, llegó a apreciarlo).
