HERMAFRODITO CULICURSÍ CUTILLAS
Doscientos cuarenta y tres años antes de que naciera Hermafrodito Culicursí Cutillas, Pablo Mosquera Chusma se masturbaba en el cuarto de baño de la casa de sus padres. Para evitar que quedaran restos de su praxis onanista, arrojó su semen en la cisterna del váter. Después entró su padre, echó una cagada y tiró de la cadena. El semen de Pablo Mosquera Chusma llegó, a través del sistema de ventilación (la casa tenía algunas deficiencias) al mar. Allí estuvo viajando arriba y abajo hasta que doscientos cuarenta y dos años y pico después se introdujo subrepticiamente en el sexo de una ballena gibosa en celo. La preñó.
Hermafrodito Culicursí Cutillas nació, por tanto, de ballena y pajillero, en el océano Índico en una tarde soleada de primavera. Vivió con su madre, a la que adoraba, hasta la temprana edad de siete meses y dos días. No es que se independizara ni que su madre le repudiara, no. Es que un ballenero japonés lo pescó.
Los marineros no tardaron más de cuatro horas en darse cuenta de que aquello no era una ballena. Lamentablemente, el niño, que había recibido algún arponazo de más, estaba a un paso de diñarla. Decidieron darle nombre y preguntaron al capitán del buque. Éste lo llamó Hermafrodito, por raro y por feo. A la hora de darle apellidos, ninguno quiso unirlo nominalmente a su familia -quizá también por raro y por feo, pero eso no lo sabemos a ciencia cierta-. El contramaestre aportó el relevante dato de que para bautizar al niño y que al morir pudiera ir al cielo y no quedarse en el limbo, no eran necesarios apellidos. Así que, in articulo mortis, le administraron el bautismo por inmersión: cogieron y lo tiraron por la borda. Diremos que aquellos marineros, gentes sencillas sin malicia, pero embrutecidos por la explotación laboral a la que estaban sometidos, no abandonaron al niño a su suerte: sencillamente, después de tirarlo se les olvidó recogerlo.
Hermafrodito, en la mar océana, pasó hambre. Hasta los diecisiete años en que le crecieron unas largas barbas no pudo atrapar el plancton necesario para su ballenera nutrición. Su juventud la pasó nadando libre, acompañado de una novia que se echó, una merluza (pero no es un calificativo, que conste), y su amigo Serafín Monfongüe, una foca monje que no hacía más que recriminarle el hecho de que cada dos por tres le diera besos en las agallas a su novia.
A los veintinueve años fue avistado por el Queen Elisabeth II, pequeña embarcación de recreo que surcaba los mares cargada con la flor y nata de las familias reales del mundo conocido.
El grumete Paquito Chumino fue el primero en divisarlo.
- ¡Bicho a babor!
- ¿Cómo que bicho?
- Bueno, es algo, por ahí... Acaba de soltar un chorro de agua...
- A ver, pásame el catalejo.
Al observar el capitán por el instrumento en cuestión divisó, efectivamente, un chorro de agua ascendiendo en el horizonte. Lo extraño es que no era producido por la espalda de ninguna ballena, como suele ser en estos casos, sino por lo que parecían ser dos nalgas curtidas por el sol y la vida al aire libre.
- ¡Es un hombre! -gritó el grumete que, por su juventud y por no padecer de cataratas, tenía bastante mejor vista que el capitán aunque éste tuviera catalejo.
- ¡Sálvenlo!
El grito de "¡hombre al agua!" pronto fue seguido por el consabido "¡arriad un bote!" y otro, dicho en voz mucho más aguda: "¡coño... me habéis pillado los huevos con el cabo!".
Rescataron al joven Hermafrodito y lo subieron a bordo. El joven los miraba con curiosidad, puesto que no estaba acostumbrado al trato con humanos.
Fue llevado al camarote del capitán.
- ¿Cómo se llama usted, joven?
- ...
- ¿Entiende mi idioma?
- ...
Naturalmente, Hermafrodito no podía comprender su idioma. Pero no tardó mucho en darse cuenta de que aquel anciano estaba haciendo lo mismo que hacían los marinos japoneses que le bautizaron. Aunque algo besugo por familia de su madre (pero en una línea muy lejana), Hermafrodito se dio cuenta de que aquello debía ser una forma de comunicarse y, recordando el japonés que aprendió de los marineros -si bien no lo aprendió a la perfección, y hablaba con un cierto acento de Yokohama-, dijo:
- Mi nombre es Hermafrodito, y no tengo apellidos porque no me los pusieron. Pero ya puestos, elijo los de Culicursí Cutillas, porque me da a mí la gana, y conformo mi nombre como Hermafrodito Culicursí Cutillas.
El capitán, que no sabía nada de japonés, identificó "Hermafrodito" y, al oírlo repetir por segunda vez, asoció "Culicursí Cutillas" como apellidos de "Hermafrodito", con lo que en su anciano cerebelo se formó la idea "Hermafrodito Culicursí Cutillas" como nombre del joven que tenía delante.
- Por cierto -añadió Hermafrodito-, que si eso me devuelven con mi merluza, si no les importa.
Después de cubrirle con un traje que le venía grande, y gracias al carácter multinacional del Queen Elisabeth II, tras algunas pesquisas, se supo que Hermafrodito hablaba japonés y se le adjudicó un traductor, para facilitar la comunicación con el resto de los habitantes del buque de recreo. De este modo, el capitán pudo saber de la petición del muchacho.
- Ah... Que quiere que le devolvamos su merluza... Bueno, dígale al joven -esto se lo decía al traductor- que aquí puede agarrar la merluza que quiera, y con las mejores marcas. Acompáñelo al bar.
Hermafrodito, traducido el mensaje, y puesto que no era persona con tradición de fidelidad a la amada, dijo que bien, que vale, y para el bar que se fue.
Al oler el primer whisky, acostumbrado a la sana vida marítima, pilló tal merluza que acabó durmiendo sobre el piano de cola. Allí lo vieron los pasajeros del buque, entre ellos la Reina de Inglaterra y el Presidente de la República Democrática del Congo, que hicieron mofa del pobre borracho mientras se daban codazos y se reían por lo bajinis. Muchos pensaban en el buque que tenían un lío, pero eso no lo diremos aquí: lo dejaremos en que hacían bromas privadas.
También lo vió, entre otros, la bella hija del Faraón de Egipto, a la que dio pena que aquel muchacho fornido y barbudo fuera víctima de la maledicencia de los regios, principescos y presidenciales huéspedes del hotel flotante, y pidió que lo llevaran a descansar a su propia suite.
Cuando la hija del Faraón volvió a su cuarto, Hermafrodito roncaba tirado encima de la cama, tal como vino al mundo (esto es, desnudo y mojado, pues se había meado). La muchacha lo despertó con cariñitos de enamorada, nacidos de la visión de su estupendísimo falo en toda su desnuda gloria, y le indicó que pasará al baño. Gracias a su exquisita educación en los mejores colegios del mundo, la bella dominaba el japonés como si de su lengua madre se tratase. Incluso lo escribía mejor, porque lo del dibujo no era lo suyo.
Cuando Hermafrodito salió desnudo y mojado de la bañera (no se había secado porque claro, después de una vida en remojo, pues no molesta mucho el ir empapando la moqueta), la joven le esperaba faraónicamente desnuda sobre la cama.
- Hola de nuevo... -dijo ella.
- Hola de nuevo -dijo él.
- Ven...
Y ofreciéndole sus brazos separó sus piernas, con lo que también le ofreció su sexo.
Hermafrodito, que no era tonto del todo y ya había mantenido relaciones sexuales con su novia merluza, reaccionó al impulso sexual de la única forma que sabía. Quizá por influencias de su padre o por la costumbre de los peces, se masturbó en un tiempo récord y arrojó su esperma sobre las sábanas, cerca del sexo de ella.
- ¿Pero qué haces?
- Pues lo que toca en situaciones así, ¿no?
- No. Deberías haberme follado.
- Te he follado.
La bella hija del Faraón de Egipto dudó por un segundo: no sabía si se hallaba ante la criatura excepcional que había creído encontrar en Hermafrodito o ante un completo gilipollas.
- Que yo sepa, no me has follado.
- A mi merluza siempre me la follaba así.
- Pero yo soy una mujer, y tu un hombre. Los humanos no follamos así...
- ¿Ah, no?
- No.
- Y entonces, ¿cómo?
- Te enseñaré.
La joven se acercó al flácido miembro del muchacho, estimulándolo oralmente. Ante tal novedad, el chico no pudo retenerse: entrar en erección y vaciarse en su boca fue todo uno.
- Yo creía que era por el otro agujero -dijo mientras ella tragaba el semen.
- Vaya... Va a ser difícil enseñarte -comentó para sí misma la bella. Después, se dirigió hacia Hermafrodito-. A ver, semental... Piensa en el pato Donald, anda, a ver si así aguantas algo más...
- ¿El qué qué?
Hermafrodito no sabía qué era un pato ni, mucho menos, qué era eso de Donald. La muchacha buscó algo que pudiera comprender.
- Piensa... en un tiburón blanco... ¿Sabes lo que es?
- Claro.
Con el pensamiento del escualo -o con su escuálido pensamiento- la bella feló y feló, masturbó y masturbó, sudó y sudó como una condenada, peleando con aquella verga que se obstinaba en mantenerse flácida.
- Y ahora, ¿qué te pasa?
- Chica, que estoy acojonado... ¿Tú sabes lo qué es un tiburón blanco?
- Joder... Vale... Vamos a ver... ¿Tú te follas a los pulpos?
- ¡No, por Dios!
- Vale... ¿Y te acojonan los pulpos?
- No...
- Pues piensa en un pulpo...
Así consiguió que Hermafrodito mantuviera la erección durante las distintas fases de la iniciación a la sexualidad humana que la muchacha quiso dar al joven: se la comió, le hizo una cubana, dejó que la penetrara analmente y, como colofón final, puso la polla dura del muchacho en la entrada de su sexo.
- Ahora, mi niño, clávala hasta el fondo...
Por miedo a que Hermafrodito hiciera cualquier barbaridad con eso del "clavarla" y el "fondo", dirigió las caderas del muchacho mientras éste le penetraba. Comenzaron a moverse en un típico mete-saca del que no daremos más datos porque, la verdad, un mete-saca es siempre muy similar a otro, y todos sabemos ya de qué se trata.
- Así, así, mi vida... -decía ella.
Y él, con el mete-saca, mete-saca, mete-saca.
- Me corro, me corro... -decía ella entre jadeos-. Córrete conmigo...
- ¿Que me corra?
- Que tires tu semen, que hagas lo que has hecho antes... Vamos... ¡No voy a aguantar más!
Hermafrodito la sacó inmediatamente de ella y se vacío entre sus piernas.
La joven hija del Faraón de Egipto se quedó mirándole con un cierto odio. No sólo la había dejado a medias, sino que entre la anterior corrida y ésta estaban las sábanas como para dormir en ellas.
- Mira, chaval -dijo ella ya pelín cabreada-, había pensado en hacerte mi amante, porque me has caído en gracia y porque, a qué negarlo, tienes un rabo que sin duda debe haber sido la envidia de los siete mares, pero...
- ¿Pero qué? -dijo él compungido.
- Que no sabes follar, y que me da la impresión de que la costumbre adquirida en tu vida en el mar no te la voy a quitar yo en bastante tiempo. Así que, hale: viento.
Hermafrodito fue consciente de su abandono total. Con un hilo de voz, dijo:
- No me hagas esto... No tengo dónde ir y entre los humanos no conozco a nadie...
Ella se apiadó de él.
- ¿Cómo te llamas?
- Hermafrodito Culicursí Cutillas.
- Mira, me has caído en gracia, ya te lo he dicho. Así que te voy a ayudar. Vendrás conmigo a la corte del Faraón, pero no como mi amante. Ya te he dicho que para eso no sirves. Te adoptaré: serás mi hijo. Tendrás acceso a los mejores colegios, estudiaras con los mejores profesores y podrás ir a la Universidad.
- Mola...
- El problema es que con ese nombre, que suena a griego, en Egipto vas a caer algo mal. Haremos una cosa...
- Dime, dime... Yo hago lo que sea con tal de ir a la Universidad y hacerme arquitecto.
- Como te he encontrado en las aguas, te llamaré Moisés.
Unos años después, Hermafrodito Culicursí Cutillas, más conocido en Egipto como Moisés, trabajaba de arquitecto en la construcción de unas pirámides adosadas con piscina comunal cuando se rebeló ante el maltrato que se daba a los obreros judíos que trabajaban en aquella empresa.
Con un preclaro pensamiento social, fundó un sindicato con el que libró de la esclavitud a los judíos de Egipto y comenzó lo que después se ha venido llamando "Éxodo". Pero eso es otra historia que además ya está escrita, y no voy yo ahora a dedicarme al plagio.
