- I -
No sé muy bien por qué me he puesto a escribir esto. Supongo que porque necesito contarlo a alguien, porque me hace falta que alguien más comparta, aunque sea desde la lectura personal, silenciosa y aislada, estas cosas que me pasan por la cabeza ahora que, finalmente, creo que todo ha terminado. Y si esta creencia mía es verdadera y realmente todo ha acabado ya, ha acabado de la única manera que podía hacerlo, de repente, en silencio, tal y como empezó, casi sin darnos cuenta, ni ella ni yo, que nos estaba pasando algo demasiado serio para tomárnoslo tan en broma. Pero aquellos que me conocen (y posiblemente el que esté leyendo estas líneas no figure entre ellos, o igual sí, pero no lo sabrá porque, obviamente, no voy a dar mi nombre) saben que si algo me caracteriza es una falta de seriedad enfermiza en aquellos acontecimientos que supuestamente la requieren (bodas - bautizos - comuniones y otros momentos socialmente duros como los funerales o las visitas al médico). Siempre he sido de la opinión de que ya que nos intentan convencer de que esta vida es un valle de lágrimas, deberíamos intentar desecar ese valle cuanto antes. No somos inmortales, nada lo es, todo pasa, todo fluye. Y me parece una pérdida de tiempo atravesar ese fluir con el ceño fruncido por las innumerables preocupaciones que podemos montarnos a lo largo de nuestra vida.
Esto no quiere decir, naturalmente, que sea una persona inconsciente de la realidad, un personaje fatuo de la novela que alguien, sin mi permiso, ha querido que protagonice. Mirando hacia atrás en mi vida, cualquiera puede constatar que mi currículum académico justamente muestra lo contrario. A mi doctorado en historia de la ciencia y mis años de docencia se unen los artículos con los que he ido poblando las páginas de varias revistas especializadas -y debo reconocer que también alguna de divulgación-, amén de conferencias y congresos varios, que ponen de manifiesto mi valía en mi campo de estudio, y la estima en la que, hasta hace bien poco, se me tenía en los ambientes académicos. Si se tiene en cuenta que todavía se me podría considerar joven (treinta y cuatro años no son, realmente, demasiados), el cuadro que de mi existencia queda dibujado parece dejar claro a los ojos de cualquiera que no soy, en absoluto, un tarambana. O no lo era, porque ahora no lo tengo muy claro. Parece que esta mañana han aparecido demasiadas dudas.
Primero, la de no saber donde está Marta. Tan sólo una nota y un vacío en el armario. La nota no puede ser más escueta: "finalmente, tenías razón. Nos equivocamos." Cinco palabras que parecen decirlo todo, pero que realmente, atendiendo a nuestra historia pasada en común, no dicen demasiado. O al menos, no dicen nada realmente nuevo. Ese "tenías razón" hace referencia a miles de conversaciones en los lugares más diversos, donde ya había apuntado mis miedos, miedos que en ese "nos equivocamos" dejan de ser miedos para ser realidad. Porque se teme a lo que aún no está, a lo que no ha llegado -y no tendría necesariamente que llegar. Pero a veces, como ésta, de mano de Marta, acaba llegando-. Cuando aquello a lo que tememos finalmente llega -hoy lo ha hecho- ya no se le teme: se sufre. O igual, si el miedo estaba injustificado, ni siquiera eso. Tristemente, mis miedos eran justificados, como lo muestra este trozo de papel que tengo doblado por la mitad delante de mí ahora. Por eso la falta de Marta no es sólo una ausencia, sino el sufrimiento de esa ausencia, una ausencia de su persona, de su maleta y de su ropa (todo menos el último vestido que le regalé, aunque no sé muy bien por qué lo ha dejado: parece obvio que yo no lo voy a gastar, y sería de pésimo gusto el pensar que lo voy a regalar a una supuesta futura amante).
Esa falta de Marta, agravada por su nota, me trae otra duda a la cabeza, en esta mañana de primavera que parece sugerir un paseo por el parque, o un callejear tranquilo bajo el tenue sol que ya comienza a calentar ligeramente, como desperezándose de su letargo invernal. Ese "finalmente"... ¿cómo se ha llegado a él? ¿Por qué ayer era un "nunca" y hoy un "finalmente"? ¿Cuando adquirió Marta la conciencia de error? ¿Y por qué? ¿Tuve algo que ver yo? Si repaso mentalmente la noche anterior, no veo nada anormal en ella, no veo ningún mohín, ningún gesto, ninguna mirada o palabra por su parte que pudiera indicar esa conciencia lamentablemente adquirida. Sólo recuerdo la cena, el ver un poco la tele, juntos en el sofá, abrazados -aún no llevábamos tanto tiempo juntos como para sentarnos sin buscar el mínimo roce, el mínimo contacto que nos recuerde la novedad del cuerpo que tenemos al lado-, el irnos a la cama, sin rutina pero sin alardes, el hacer un amor maravillosamente lento, como a los dos nos gusta (o quizá nos gustaba a los dos, ya que aunque a mí todavía me guste, no sé, y no sé si sabré algún día, si a ella le sigue gustando), el quedarse dormida a mi lado, mientras aún acariciaba su costado, el dormirme yo... y el despertar solo. Posiblemente sea esta la duda que más me preocupe de las dos. Porque Marta, esté donde esté, saldrá adelante. La conozco. Lo hará. Pero yo no sé cual fue el error, el disparador de ese movimiento desde la inconsciencia a la conciencia. Y eso me hace sentirme condenado a repetirlo más adelante, cuando tenga otra amante a mi lado y no pueda dejar de pensar que cualquier mañana dejaré de tenerla.
Es extraña la sensación de despertarte solo en una cama que fue de dos. No porque otros días no sucediera así: muchas veces ella se levantaba antes que yo. Pero desde la cama (enorme cama cuando se encuentra solo uno en ella), solía oír el ruido del agua correr en el baño, o el de los cacharros siendo usados en la cocina, cuando no olía el olor maravilloso del café recién hecho. Esta mañana no había sino silencio. Y cuando no lo esperas, el silencio es una especie de losa que te oprime, que te destroza. Y comienzas a pensar en dónde podrá haber ido, quizá a comprar, quizá sólo a por el periódico. Pero descubres entonces un trozo de papel doblado sobre tu mesilla de noche, y sabes que allí pasa algo raro, sabes que eso no debería ser así, porque nunca fue así antes, y nada indica que hoy deba serlo. Y tomas el papel y lo lees medio dormido, pero te despierta en seguida. Te hace levantarte de un salto, pensando a toda prisa un "¿qué está pasando?" para el que no creo que nadie pueda tener respuesta, o al menos yo no la tenía, y sigo sin tenerla ahora. Tampoco, por otro lado, conozco a nadie que me la pueda dar. Quizá Marta, pero ella es ya no-Marta a mi lado. Ya no es, aunque sea en algún lugar, quién sabe cuál, que sin duda no es éste. Y eso lo sé porque no está, y porque no estará, según parece decir la nota. Porque a no ser que quiera perseverar en el error -y ella no es de esas- supongo que no la volveré a ver, a no ser de casualidad. Pero en una ciudad como esta, de casi un millón de habitantes (más si contamos el área metropolitana), eso es difícil que suceda. Y es más difícil todavía porque, si como creo avalada mi creencia por la nota, Marta se ha ido para no volver, lo lógico sería que volviera a Barcelona, a su casa, de donde ella es, aunque siempre que ha sido presencia y no ausencia lo haya sido aquí, a menos de cuatrocientos kilómetros de su ciudad, ya en la mía.
Creo que esta mañana ha sido una de esas en las que te obligas a ti mismo a odiarte por esa mala costumbre de tener razón.