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Inocencia Interrumpida (Girl, interrupted,1999). Película de James Mangold. Con Wynona Ryder, Angeline Jolie, Whoopi Goldberg, Vanessa Redgrave.
En esta página también Todo el poder de Fernando Sariñana. |
LOBOTOMIA NO INTERRUMPIDA(O WINONA PERDIDA ENTRE SUBNORMALES)Plana y con fuertes tendencias al bostezo, Inocencia Interrumpida (Girl, Interrupted, 1999) puede competir para las sobrevaloradas de la temporada. Ofrece, en efecto, un producto “lobotómico” (es decir, desactivado de su potencia somática) en un escenario que parece entumecer por contagio a su director James Mangold. Winona Ryder, en su continuada e interminable adolescencia tipológica e icónica, es encerrada en una sala de manicomio para muchachas, a causa de su vida disoluta en los locos años 60. Su “vida disoluta” consiste en cosas bastante provincianas y tontas. Acostarse con su profesor, quedarse dormida en el acto de graduación, fumar interminablemente o bailar música de rock´n´roll. Ya con esto es evidente la intención de los guionistas de tomarnos el pelo. Aparte de los calvos y los embrillantinados, tampoco los lacios y peinados pueden terminar de creer en estas “transgresiones” de Winona. El planteamiento narrativo inicial quiere justificar esta falla estructural fundamental, mezclando los tiempos. ¿Ella recuerda? ¿Ella sueña? En todo caso durante toda la película, y de una forma poco elegante, Winona fuma. Con poco arte, con poca higiene, con poco sentido narrativo, Winona sigue fumando.
Entre subnormalesInocencia Interrumpida, es la adaptación del libro autobiográfico de Susanna Kaysen sobre sus experiencias en una época conservadora. Lo extraño es que su historia, retratada según James Mangold, es tan conservadora como la época que condena. Con la complicidad de sus padres Susanna (Winona Ryder) es internada en el manicomio, visto un intento de suicidio a base de vodka y aspirinas. La película es nula al retratar la crisis existencial que puede llevar a una muchacha al suicidio. Narrativa cinematográfica y narrativa autobiográfica coinciden de tal forman que debilitan cualquier distancia crítica del realizador cinematográfico. Como en otra película reciente muy sobrevalorada (Huracán, de Norman Jewison, con Denzel Washington), la adaptación dogmática del libro empobrece la narrativa cinematográfica. Inocencia interrumpida es la historia de un viaje al submundo por parte de una muchacha “normal” en problemas. Esa distancia entre “normales” y “subnormales” (las otras chicas del manicomio) resulta algo cínica. Inocencia… es una película para espectadores no desesperados con ideas sobre la diferencia y los diferentes. En el manicomio Susanna conocerá las situaciones de las otras muchachas, convivirá en algunos sentimentales encuentros, y sólo mejorará de salud al reencontrar su estatus de normalidad, dejando atrás esa turbulencia. Esta película niega, pues, de manera categórica todo reconocimiento profundo de la alteridad. Si algún crítico gringo comparó Inocencia interrumpida con Atrapados sin salida (Alguien voló sobre el nido del cuco, Milos Forman, 1977), lo hizo sin advertir la crasa llaneza de la primera, y dejando a un lado la excelencia formal de la segunda. En Inocencia interrumpida no hay el mínimo hallazgo en la recreación de época, o la superación de la media formal del drama para televisión. Ya antes James Mangold había entregado otra dormida recreación de la fluctuación entre la paz y alteración de la vida apacible del corazón WASP (blanco, anglosajón, protestante) en Tierra de policías (1997, con Silvester Stallone). Inocencia… es aún más inerte, frívola y deshumorada. Si Angeline Jolie, la inexplicable fugada compulsiva del manicomio, roba el poco corazón de la película, se debe no sólo a sus indudables dotes histriónicos, sino a que pertenece a las mínimas partes “vivas” que escapan al dogma autobiográfico. Desaprovechadas son las apariciones en esta película de Whoopi Goldberg y Vanessa Redgrave. Ni la enfermera práctica (Goldberg) ni la psiquiatra filósofa (Redgrave) articulan acciones, sentimientos y cambios en la protagonista principal. En esto se ve lo mal construido del argumento, y la falta de resolución en los planteamientos del realizador. Los 90, y ahora los años 0, son tristes en el cine muchas veces por ese afán compulsivo de los productores de no alterar a los espectadores con elementos que perturben sus identidades. Es el gran drama de las malas películas con que abunda Hollywood las pantallas. En Inocencia interrumpida este designio se cumple sometiendo todo el filme a la “inocencia” o la “interrupción” de la normalidad, encarnado en Winona Ryder. La “adolescencia” interminable de la actriz, su belleza y bondad abundantes (es algo que ella busca siempre para su icono), suponen una inalterable identificación en el espectador o espectadora medios. El problema es que la memoria de este “medio” espectador, es generalmente pobre. Y los que recordamos somos otros. La película deja entrever, de manera oblicua cuando no hipócrita, las posibilidades dramáticas (en sentido literal) del encerramiento en el manicomio. Desde la drogadicción practicada con entusiasmo, hasta el suicidio y las relaciones lésbicas. El beso discreto de Winona Ryder a Angeline Jolie, cuando huyen juntas, prefiguran la posibilidad de una relación más allá de las miraditas obsesivas de Jolie. Pero todo se descarta en nombre de la sanidad. Un suicidio, una narcodependencia o una relación sexual entre mujeres, era demasiado para Winona Ryder, era demasiado para James Mangold, era demasiado para el espectador medio, era insostenible en un filme mediocre. Articulo recomendado: En contra de las biografias filmadas
En Managua la Cinemateca no funciona. Uno no puede recordar, por medio de retrospectivas, lo que se va acumulando (y, ¡ay!, deformando) en la memoria. O entusiasmarse con cinematografías, extensas geografías del cine, que no son de Hollywood pero que resuenan en el mundo, alterando paradigmas y visiones. En esas circunstancias ha sido enriquecedora la intención de algunas salas de poner cine un poco diferente. Fue en estas mismas salas (si no las menciono con su nombre es para que no me confundan con el cazador de venados de Deer Hunter) que se han pasado, entre otras, las excelentes o buenas Ojos bien cerrados, El proyecto de la bruja de Blair, y más recientemente, Todo el poder (México, 1999, dirigida por Fernando Sariñana).
El cine mexicano pasa por un “boomcito” entre propagandístico y culturológico. Después de El coronel no tiene quien le escriba (Arturo Ripstein, 1999), multiconsagrada adaptación del Gabo, vino Santitos (Alejandro Springall, 1999) que a mí me pareció, aparte de la entregada Dolores Heredia, un road movie con fábula mal filmada (mal iluminada, con poca creatividad formal) y alabanzas proxenéticas mal disimuladas. Todo el poder es casi todo lo contrario, que es como decir formalmente impecable, aunque abultada y adiposa en algunos de sus planteamientos.
En la película Gabriel (Demian Birchi) es un director de cine obsesionado con la criminalidad. Con ayuda de varios compinches, sobre todo Sofía (Cecilia Suárez) logra desenmascarar el crimen organizado desde los aparatos de poder (¡qué parecido a Nicaragua!). Todo el poder pretende ser una fábula poliédrica sobre la vida actual del mexicano DF. Si bien este objetivo sólo lo logra a medias, deja indudablemente establecida la creatividad y el tacto cinematográfico de su director Sariñana. Por otra parte, la aparición de Cecilia Suarez (hace, por ejemplo, una envidiable recreación de Geena Davis en Thelma y Luisa), tiene mucho de revelación.
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