viñeta
El proyecto de la bruja de Blair (1999), dirigida por Daniel Myrick y Eduardo Sánchez.
Con Heather Donahue, Michael Williams y Josh Leonard
Título original: The Blair Witch Project

AH ESAS BRUJAS MINIMALISTAS



protagonistas Los estudiantes sonríen para la bruja



No sé el lector o lectora, pero por mi parte prefiero a las brujas maximalistas. Esas que como Circe vuelven cerdos a los hombres de una buena vez. No sucede así con Heather Donahue y su búsqueda de la Bruja de Blair. En el fingido documental The Blair Witch Project (El proyecto de la bruja de Blair, 1999), Heather Donahue, estudiante de dirección cinematográfica, hace el papel de sí misma y su obsesión de documentar a la bruja de un bosque de Maryland.

El proyecto de la bruja… se presenta de manera ostentosa como una cosa “real”. Con dos cámaras (una de vídeo, otra de cine) que testimonian el material documental logrado por tres estudiantes de cine (Donahue, Michael Williams, Josh Leonard). En realidad es lo que los gringos llaman un mockumentary, es decir, un documental de mentiritas o bromitas. Opera prima notable, eso sí, de dos recién graduados de una escuela de cine: Daniel Myrick y Eduardo Sánchez.

Estos muchachos demuestran un talento bastante decantado y revisionista, si se piensa en las categorías convencionales del género de horror. Sobre todo por el alarde de minimalismo con que arremeten la búsqueda de la bruja. Un cartel previene el pacto previo con el espectador desprevenido: “En octubre de 1994, tres estudiantes de cine desaparecieron en los bosques cerca de Burkittesville, Maryland, mientras filmaban un documental. Un año después, el material fue encontrado…”

No nos informan los realizadores si los estudiantes cargaban con moviolas u otra tecnología para editar el material. El hecho es que el espectador ve un material muy bien editado. Aunque no faltará quien explique que también las brujas saben usar la moviola. El objeto encontrado (la película encontrada) resulta ser, entonces, una convención con la que hay que medir la flexibilidad creativa de Myrick y Sánchez.

De inicio hay que decir que creatividad la tienen mucha Myrick y Sánchez. El proyecto de la bruja… es una película perfecta y excesivamente interesante si de estudiantes de cine se trata. Pero es obvio que no todos los espectadores andan en clave de dárselas de listos y “autores”, como suelen los estudiantes de cine. Y mucho menos de suponer que la fingida “tajada de vida” bien servida, da para abandonar responsabilidades ulteriores.

El proyecto de la bruja… embruja a mucha gente porque parte de la capacidad de creencia, la afirmación de que “esto es real”. Tres estudiantes de cine parten a filmar un documental sobre una bruja. Entran a un bosque en el que se extravían. Sucesos extraños, como ruidos en la noche, o señales de prácticas vudú, los circundan. Todo concluye cuando uno de los aspirantes a cineastas desaparece, y al dar con una casa abandonada, los otros dos también son atormentados, no sabemos si muertos porque la película termina ahí.

Lo más atractivo de la cinta es que los puntos de vista únicos son los de las dos cámaras que cargan los supuestos documentalistas. Así, no tenemos en Las brujas… las miradas convencionales del cine ficcional mayoritario. Es decir, no hay mirada “exterior”. Todo lo que se ve, lo está mirando a la vez uno de los protagonistas. Y, lo más importante, es lo único que ve el espectador.

Tenemos pues un cine amparado en las subjetivas, más que en la subjetividad. Las subjetivas son, por supuesto, convenciones del cine narrativo, en el que las miradas del personaje o personajes, y la mirada de la cámara se confunden. Las brujas… llevan esta metodología a su límite estético, de manera que uno cree asistir a los eventos junto a los personajes. Cree ver lo que ellos mismos ven. Sentir lo que ellos sienten.

Buscando una metáfora correspondiente, diríamos que el cine de terror convencional es una ópera, y El proyecto de la bruja… el “unplugged” (concierto con instrumentos acústicos) correspondiente. Por cierto, esta película prescinde de música. Prescinde también de cualquier dramatismo que trascienda las acciones funcionales del “mockumentary”. Y, escándalo, si no fuera por una que otra huella, casi prescinde de las brujas.

UN ARTEFACTO DE OLVIDO


Los pleitos entre los participantes y el horror que sienten ante lo inexplicable de las situaciones, son los únicos elementos dramáticos, en el sentido de desarrollo del relato. Todas estas carencias hacen de El proyecto de la bruja… un fervoroso artefacto minimalista, en donde “el olvido del ser”, la categoría que los existencialistas opusieron al desarrollo tecnológico, recibe su correspondiente mirada sardónica.

El proyecto de la bruja… es, ante todo, un artefacto de Olvido (uso las mayúsculas como homenaje a nuestros más destacados poetas nacionales). De mirada dubitativa y escéptica sobre la posibilidad de abordar el mundo desconocido: la cultura tradicional, familiar, el bosque y hasta las brujas. Una película sin poesía, que exalta, usando el disfraz de la artesanía, y de manera remolona, el funcionalismo tecnológico del cine.

El formalismo de la cinta ampara, como en parecidas ocasiones, el vacío de la mirada. Vudú, brujas, habitantes, casas, estudiantes de cine. Todos parecen haber sido embrujados de previo por la necesidad de armar el artefacto. Todos son incapaces de romper con su estructura fatalista. No tenemos cámaras embobadas ni extasiadas con los árboles ni con las marcas del vudú, ni con los cuerpos. Son cámaras “aterrorizadas” de previo. El idealista de Dziga Vertov dijo una vez que la cámara no tenía prejuicios burgueses. Lo que no significa que uno no pueda advertir cuándo una cámara ha sido sobre alimentada por los prejuicios.

Con tres personajes en escena se podría esperar que las tensiones superaran los lógicos pleitos en contra de la protagonista principal, como responsable del extravío y de aferrarse a un proyecto tan peligroso. Pero no. No hay tensión racial, ni cultural, genérica o sexual. Es extraño, dado que los grupos humanos, aún los más pequeños, sometidos a semejantes aventuras, engendran los más disímiles apetitos y sentimientos.

Pero el particular diseño del filme precondiciona una ausencia de complicaciones individuales, más allá del “terror” que atenaza las circunstancias. Las brujas en todo caso son bromistas y conocedoras de ritos culturales distintos. Pero el dogmático “realismo” cinematográfico de El proyecto de la bruja de Blair no deja entrever ni siquiera qué proponen ellas.

Queda, eso sí, la sospecha de que la verdadera bruja de la película es la propia Heather Donahue. Casi al final lo confiesa frente a su camarita de video: yo soy la responsable de todo, perdón, perdón… Perdón por haber insistido en un proyecto que revelara lo brujo que es todo, o lo bruja que soy.

El proyecto de la Bruja de Blair es una película singular no sólo por su planteamiento, sino, ya en el ámbito local y de la exhibición, porque se proyecta muy poco cine de este tipo en Nicaragua. En los Estados Unidos, la cinta ha sido aclamada quizá muy exageradamente. No hay cosa que emocione más a los gringos que un objeto que ostentosamente revele sus calidades funcionales, y cuya relación con el mundo sea una especie de patente que demuestre su originalidad (y que también provoque un éxito económico).

Si esas son cualidades que deban tenerse en cuenta, y qué jerarquía darles a la hora de determinar la calidad de una película, es otro asunto. El proyecto… minimalista de estas brujas funciona de maravillas. Es casi una recompensa a los excesos del cine de los noventa. Pero a la vez, nos aleja tanto de las posibilidades poéticas del cine, su taumaturgia y su sueño, que difícilmente puede uno sentirse satisfecho con su afán socarrón de desaparición de personajes y espectadores. Todos tragados por brujas invisibles y cobardes.

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