Cuento

FuMo De oTrOs


12.30. El último autobús dejó tras de sí su característica nube negra. Corrí esperando alcanzarlo. Diez metros, dos cuadras. Pero todo fué inútil. Su velocidad al arranque fue mayor. Volteo y el tren del metro también había abandonado el andén. Imposible alcanzarlo. Afuera, todo parece interminable. Caminar es la única esperanza. Tal vez dos kilómetros. Una hora posiblemente.


Enciendo un cigarro y pienso un poco. Más valdría controlarme. No había notado algunas miradas que seguían mis movimientos. Nervioso, doy el golpe al cigarro y me encamino a la primera avenida. Será eterno el regreso a casa por la orilla. No hay viento. La luna permanece silenciosa en el infinito. Es apenas una uña... Si hubiera tomado otra línea, talvez tendría opción. Ahora debo intentar el gran escape. Del frío, de la noche incierta, y de esos tres tipos que emprenden los mismos pasos que he iniciado.


Acelero el paso. Es inútil. Uno de ellos, con mayor zancada, aunque sin correr, me ha dado alcance. Tienes un cigarro. Pregunta. Asiento mientras, sin dejar de ver de reojo, observo al par que viene algunos metros atrás. Cada vez más cerca. Tomo la cajetilla. La golpeo en su parte inferior y los cigarrillos asoman. El desconocido se acerca. Toma el pitillo, mientras con la otra mano enciendo lumbre. Apenas de reojo, alcanzo a ver un brillo en su cintura. Trágame tierra. Es un fogón, un revólver. el bulto es característico y la cacha inconfundible... Qué hacer. En la erspina dorsal un frío recorre totalmente. Enciendo su cigarro sin comentar nada. Está bueno el frío, alcanzo a escuchar de tal acompañante. Asiento con un mmjú. -Más frío siento yo-. No hay escapatoria. Estoy a su merced. Solo resta esperar. El sujeto, sin embargo, fuma más nervioso que yo. Es obvio. Se esta jugando mi vida, comento para adentro.


Podría cortarse el silencio con una hoja de alfiler. No se me ocurre nada. Tenemos aún la comitiva detrás de nosotros. Guardia mortífera y acompañante peligroso. Qué preocupación. Las piernas flaquean. Sería inútil correr. Apenas han sido unos segundos. En el avance, veo que se aproxima un puente. Maldita sea. Se aproxima la hora. Pienso en lo que traigo. Nada de valor. Una mochila cargada de libros y algunas cosas que comer. Dinero. Escaso. Sería una afrenta, y una lástima arriesgar más que eso. Debí tomar otra línea del metro, me reclamo...


Los dos de atrás casi nos dan alcance. Uno de ellos silba. Nos detenemos mi acompañante y yo. Instintivamente le miro al cinto. Asoma la pistola. La acaricia levemente y se dirige a mí. ¿Sabes qué es esto?, pregunta. Estoy helado de pavor. No atino a decir nada. Es un duelo, reinicia. Una apuesta, continúa. Sólo quería fumar un poco y contarle a alguien antes que termine. Apareciste tú, y aquí estamos. Yo quedo más perplejo que al principio. Se nota mi cara blanca. Incomprensible. Te tocó ser mi testigo. Pero a la vez, el juez, y la última cara que vea. No te pasará nada, me conmina. Tú solo dirás que fue un duelo justo y lo comunicarás a mis familiares. Es todo. ¿Es todo? Ahora ocurre que de cualquier forma estamos atrapados. No esperaba tener que presenciar una muerte...


Avanzan unos pasos. En los extremos del puente quedamos uno de ellos y yo. Los jueces. Se acercan los duelistas. No hay palabras. Las miradas se ponen de acuerdo y dan media vuelta... Diez!! Grita, en solitario, el juez del otro oponente. Los nervios se me tensan. Es tan ilógico esto que pasa. Ni en los libros podría expresarse la confusión que inunda el espacio... Nueve!! Los dos aun muy cerca uno del otro. Con una ceremoniosidad asombrosa, siguen el conteo con el oído y la fusca preparándose a reventar... Ocho!! y sopla el viento... Siete!! La luz se distancía y quedo mudo... Seis!!! como una película del siglo XVIII... Cinco!! a mitad de este barrancoso abismo que es la vida... Cuatro!! como si fuera fácil decidir estas cosas... Tres!! se agita el torrente sanguíneo... Dos !! se detiene el espacio y el tiempo y se reduce todo en un evento... Uno!!!


... y ya nada más importa. Los disparos se suceden. Dos, tal vez tres, después silencio. Una nube blanquecina flota en el ambiente. La muerte atraída por la pólvora. El rigor del escenario cala hasta los huesos. En algún momento tiré el cigarrillo que tenía. Tal vez en el disparo. Busco otro entre los bolsillos. Tendría que acercarme... recoger los cuerpos, Avisar a familiares. Declarar. Nada importa. La responsabilidad quedó en mis manos sin permitirme una opinión. Pero después de la muerte, lo demás son historias. El otro sujeto también quedó inmóvil. Nos acercamos a cada uno de los cuerpos postrados. No hay nada por hacer. Ambos están muertos. No hay vencedor. Sólo la muerte. Victorioso, el silencio cae como una lápida. Sopla el viento. Enciendo el cigarro y despido la muerte con una lágrima.

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