El chou


Es un hombre sandunguero, que tiene la sal por arrobas; hablador y gárrulo de raza, es dueño de un palique irrestañable y raja como un árbol de loros, pero no a tontas y a locas, sino con tino. Sabe lanzar sus tiernos disparates con acierto y tiene un pedir que parece estar haciéndote favores. No se para en pelillos y conoce todos los registros del lenguaje cuartelero. Te puede albardar con tacos y arrancarte, al mismo tiempo, la más honda de las carcajadas.

No es un Apolo - ¿qué dices? -, anda metido en carnes, se le ve el cartón de la coronilla y no toca la gloria con el metro. Pero a él esto le trae al fresco y le saca punta al asunto con ese humor socarrón que gastan los finos contribuyentes: "la buena esencia en frasco pequeño".

Es toro corrido en muchas plazas y ha desarrollado sentido, no para embestir a lo zaíno, sino para defenderse de las puyas y bajonazos de los mal enseñados. Si quisiéramos retratarle en dos voleos, podríamos decir que tiene más tablas que la Pinta, la Niña y la Santa María juntas, a pesar de no ser viejo y de andar aún con sacos y mochilas.

Ha sido mozo sanferminero y pamplonés de chupinazo. Ha llevado con júbilo la faja y el pañuelico a la orilla del encierro; ha visto de cerca el sudor del adoquín y la fiereza de la jota; ha bailado la alegría peñera; ha aclarado las telarañas del gaznate con zurracapote de porrón; ha gozado del frescor inclinado de los glacis y el aire verde y redondo de los plátanos. Las tascas de Dormitalería le quitaron más de dos duros en mañanas de amistad y zuritos. En el Sadar ha gritado con su padre, Andrés: ¡aúpa rojillos!

¡Qué diré más! Conoció el tirón del pincel. En años de escolasticado y juventud en flor dejó huellas de su inspiración en cuadros de nota. Pintó paisajes de quietud medieval, con su alegre estanque de patos y su carreta de heno y su casita de humo dormido en la nostálgica paz de la tarde.

Ha olido el contrabando de la droga en las "corredoiras" de Arosa; ha pateado los piornos de Sierra Ubiña; ha contemplado el vuelo de la chova piquiroja en Santa María del Valle Urbión; y ha podido ver "engabriarse"a la cabra, golosa de la anavia, en las quebradas de la ruta del Cares.

Ha sido guía de "boy-scouts" y profesor de gimnasia; ha enseñado historia a orillas del Pisuerga y ha curado de pasotismo a más de tres docenas de imberbes zanquilargos.

Igual te cita a Serrat que a León Felipe y, cual discípulo inteligente, alérgico a la rutina del enterrador y al palo del telégrafo, sube las escaleras como quiere. Es tan humano como el que más: le puedes oír a ratos el borborigmo de sus amebas -gracias, Javi-; y tan perspicaz como para entender a la primera que la palabra es plata y el silencio es oro.

Es un genuino postconciliar. Estuvo -y ahí sigue- entre la teología de los genitivos: de la muerte de Dios, del ateísmo, de las realidades temporales, de la esperanza , de la liberación, de la negritud..., y los nuevos aires de la actual pneumatología y el ecologismo.

En Chihuahua se conmovió ante las Barrancas del Cobre desde el trenecillo charro que baja hasta Los Mochis y la "pacífica" Topolobampo sinaloense, y anduvo los caminos altos de la Prelatura de Madera con el obispo Goizueta: "Charrín, si no hay quórum, estamos de la fregada".

Le ha visto los sulfurosos gases gástricos al Irazú, y la mantilla de nieblas húmedas al Poás, y el orgullo perfectamente triangular al Arenal. En Costa Rica empujó la esperanza de centenares de jóvenes a la deriva en talleres de humanidad y aprendizaje de oficios técnicos.

Ha convivido con gentes que tenían más roña que el cogote de un chabolista, y nos ha dejado a todos lelos con su amistad correspondida con Gloria Estefan -¡ya vale tío, no empujes más!.

Vive siempre en ambiente tunero. Es maestro de la púa desde niño. Hizo gira con el conjunto tico "Cantares" y ha tocado la bandurria a las ancianas del asilo y a los vecinos del barrio. Tanto le da arrancarse con Granada o España cañí o la Jota de la Dolores como sacarnos al corro para bailar unas rancheras, popurris de la tierra o melódicas canciones de cantina.

Su sueño han sido las misiones. Él tenía mucha prisa por irse con los "negritos" pero los superiores, tan prudentes, le parecían más lentos que el caballo del malo. Tanto les dio la lata, que lo tuvieron que llevar por la buenas. ¡Ah, Siera Leona, qué madre tan híspida! Nuestro hombre alardeaba de sus potentes lomos, levantados a base de parrilladas de costillas y tablas de queso roncalés, gambas a la plancha y jamón de Cantimpalo. El reloj biológico marcaba exactamente sus horas dos veces al día. Le sobraba tanta vida que se volvió un acérrimo devorador de pomelos. Le retaba a Cárdenas, amigo hospitalario: "no me vas a ver aquí ni en pintura". "Ya vendrás, ya vendrás", le repetía con sorna el hermano cordobés. Y ¡vaya que sí fué!.

Nos hacia reír con sus camisetas de lemas increíblemente fanfarrones: " Una tierra tan pequeña (Navarra), ¡qué gigante creó! (Induraín)" o "No solo soy perfecto; también soy navarro". Pues bien, tuvo que meterse todo ese orgullo regional en la "Cámara de los Comunes". Lo llevamos a bendecir una choza-capilla y lo hicimos puré. No estaba en forma, y hubo que subir lomas de infarto bajo un sol que acuchillaba y una humedad terrible. Vino deshidratado, hecho unos zorros. Se bebió el Nilo y enseguida comenzó a pagar sus pecados. Faringitis y fiebre pertinaz, falta de apetito, dolor de junturas y desmadejamiento general. Le llevamos a un galeno, pero no resultó. Una noche se la pasó echándose jarras de agua para bajar la temperatura y con ganas de gritar: ¡Ayudadme!" Al borde de la impotencia, me pidio llevarlo a Mabesseneh, a pesar de las burlas y cuchufletas que allí le esperaban. Eso no fue, sin embargo, lo peor. El 14 de febrero, fiesta de San Valentín, mientras dormía, vinieron los rebeldes y, en vez de flores, lo secuestraron. Él ha contado paso a paso su historieta de prisionero. Nosotros nos hacíamos cruces: ¡Vaya entrada en Africa, Chou de nuestras entretelas!.

Dicen que la masiega es una hierba difícil de erradicar. Lo mismo enseñan los psicólogos del carácter. Creo que nuestro hombre le tiene inquina al inglés; por eso, con tozuda insistencia, evitó estudiar el idioma de Becket y Moro en la "Pérfida Albión" y se quedó en Madrid en una Academia de prestigio. No pudo engañar al obispo Biguzzi con su lengua de trapo, pero se lo metió en el bolsillo con dos sesiones de simpatía natural.

Le han colocado varios apodos de "guerra": el "Indio", el "Pulga"..., pero el que más ha barrido con mucho ha sido el "Chou". Y bien ganado se lo tiene. Nadie como él le saca tanto partido al más banal de los sucesos.

Sabe de primeros auxilios y de cómo sobrevivir con el mínimo en la selva. No digamos nada de la golosina audiovisual. Las mejores fotos de la misión son suyas. ¡Qué primeros planos!. Hay que descubrirse.

No sé si he dicho que nació en Fálces, que pasa de los cuarenta, que los taxistas le regalan el recorrido por famoso, que ha puesto al día su inglés en la diócesis yanqui de Las Cruces , que nos sacó la emoción a los ojos en el funeral de su padre, y que su nombre es José Luis Garayoa. Ahí queda.

Santi Marcilla.

... La historia continúa

Lo que en principio parecía un paréntesis breve en mi vida se convirtió por voluntad de Dios en un nuevo reto: dirigir espiritualmente la parroquia de Little Flower, en El Paso, Texas. La gente es sencilla, generosa y con una bondad natural que anima a servirles y darles lo mejor de uno mismo. A fuerza de ser sincero, debo reconocer que la ilusión por regresar a Sierra Leona sigue viva, pero que el diario vivir con mi pueblo hace de la espera un tiempo gozoso de maduración personal. Voy a intentar plasmar en imágenes esta nueva etapa de mi vida.

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