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Los cronistas españoles describieron ritos y bailes
que encontraron en el Caribe y Mesoamérica los cuales
eran acompañados de tambores Teponahuaste y huhuetl,
sonajas de mano y de pie, trompetas de caracol ocarinas,
flautas de distinto tipo, entre otros.
El uso de instrumentos musicales de comprobado origen
prehispánico en nuestras expresiones folclóricas se
ha reducido al minino con la única presencia del teponahuaste
en el Santo Tingo de Sensembra, Morazán. Otras percusiones
identificadas en códices y relatos antiguos son las
sonajas y los instrumentos elaborados con huesos animales.
Las maracas de los emplumados de Cacaotera y la quijada
de burro en el Tabal y el Cuche de monte de Izalco,
son descendientes de aquellos. Los cascabeles metálicos
en las polainas de los negritos de Cacaopera, podrían
ser una sustitución de ayacaxtli (pulseras de muñeca
y de pie).

Acerca
de los instrumentos de viento, conocemos que los caracoles
se usan en algunos ritos de Izalco. Los pitos de carrizo
son los mas comunes (Cuche de monte, Negritos, Historiantes).
En su mayoría tienen embocadura, seis agujeros al frente,
miden entre 25 y 35 cm. En relación con el temperamento
aceptado mundialmente (base La 440Hz) un pito de Cuisnahuat
por ejemplo presenta afinación inexacta con notas fronterizas
que dan una pátina de antigüedad a la música.
Un
aspecto importante reflejado en las entrevistas de esta
investigación es la desaparición de artesanos que fabrican
instrumentos como el teponahuaste y los tamborcillos
a la usanza antigua, como los que se encuentran en Sensembra,
Cuisnahuat, Izalco y Cacaopera.

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