«Quejas de Zampoña»
Aquí estoy nuevamente, recostada en el viejo y desvencijado cajón del tiempo; mis oídos escuchan el aire que silva, que pasa y se abre camino entre la tarde tan típica de la sierra que se va recogiendo para dejar pasar a la noche que se enciende con las primeras estrellas. El sol se pierde detrás de los picos nevados de los Andes y la temperatura desciende varios grados bajo cero hasta hacernos encoger de frío. Mis notas aún flotan en el eco que dejan escapar las montañas, por allí va danzando mi alma entre campos de retamas, entre laderas que se abrazan, entre misteriosos apus que se encuentran, entre lejanas ventanas de silencio donde nace el mito y la leyenda.
Ya escucho como vibra la tierra por las pisadas cansinas de aquel labrador que regresa a casa cargado de cosas útiles para su hogar; ya sea unas piedras, unos troncos, un hato de alfalfa, matas para hacer fuego, costales de paja, no importa qué, siempre está llevando o trayendo algo en las manos, en la espalda. Su pecho alberga el hondo anhelo de su esperanza, el mismo que mis notas dibujarán como reflejo de un alma hecha de sentimientos en el bello y profundo lamento de sus canciones. Se va acercando la hora en que me vestiré de fiesta aunque sea para acompañarlo en su soledad.
Llegará la noche, cómplice de los recuerdos y la nostalgia, y las manos conocidas del hombre que me posee se moverán al compás de su vida, a través de su aliento y hará que emita los sonidos más dulces y los más tristes que se hayan escuchado alguna vez; su melodía traspasará los límites de su comarca y el espacio se llenará de una presencia lacónica y lastimera. Él, con sus roncos quejidos, me arrancará el llanto que guardo por siglos; brotarán las lágrimas que esconde detrás de sus ojos aguileños y caerán entre las cañas que dan forma a mi cuerpo como una cascada de agua que más tarde se perderá en el silencio de la brisa cuando se ondula contra el tiempo.
Su alegría y su tristeza resignada y humana se irán vertiendo a la vida, como se vierte la lluvia en pequeños arroyos que correrán a sus pies formando los surcos de una vida austera, de unas manos agrietadas, con huellas de haber trabajado una tierra inhóspita y difícil, donde los granos del maíz han reventado como un grito de libertad y justicia.
Después de la cena se sentará a la entrada de su morada hecha de adobes y cañas, se abrigará con un poncho de lana de alpaca que le guarde las espaldas y un chullo que le proteja la cabeza; luego encenderá a su lado una hoguera hecha de yareta, y bajo un cielo que se oculta cada noche con el último aleteo de algún cóndor, me tomará entre sus manos para saber que está vivo, que existe, y mis notas esparcidas en el vacío inundarán los valles a través de la distancia, se regocijarán en las profundas quebradas, en los ríos que transportan la música en interminables suspiros y las hojas de los sauces se mecerán al ritmo de esa canción repetida por años, la misma que irá pasando de una generación a otra, como un camino hecho de postas. Hasta que un día llegue a la orilla de cualquier destino para seguir hablándole al viento entre risas de deshielos, entre abras y cañadas, entre cortinas de lluvia y de granizo, bajo el manto milenario de las estrellas, entre susurros sin nombres .... entre quejas de zampoña.
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