Relatos :


A Través de mi
Ventana


Quejas de Zampoña


Tiempos de Ausencia


Luz Eterna


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Gabriela Cuba
Exposición de
«Esculturas en Cerámica» y
«Obra Literaria»


«Almas Gemelas»


El sol se oculta de una forma diferente y suaves ráfagas enfrían el espacio, amanece más tarde y los árboles se están quedando desnudos, también escasean las flores y las calles oscuras y húmedas despiertan cada mañana con pereza y somnolencia.

Hoy, junto a la ventana de mi habitación y con la mirada perdida a lo lejos, recordaba el medallón que me regalaste una tarde de otoño, ¿cuántos años han pasado? casi un siglo seguro. Recuerdo los álamos que nos rodeaban y justo detrás de ti había un grupo de ellos que me fascinó, tenían las hojas entre amarillas y anaranjadas que no se cansaban de volar. Ellas se iban desprendiendo de su nido, era una lluvia de colores, una cascada de luciérnagas doradas, una brisa que nos susurra al oído la canción interminable de la vida. Recogiste unas cuantas hojas en tus manos y me dijiste acercándolas a tu oído, como deseando escuchar algo: «siento los suspiros de su alma, que así se abandonan a la batalla de la vida y se aferran al silencio del olvido; me hablan de la última tibieza de los campos como un preludio del frío, de la soledad y de la nieve».

«¿Serán estas hojas que cuelgan de mi mano las que hacen imaginarme lo que te estoy diciendo? - ¿o son mis manos las que cuelgan de las hojas como algodones engarzados a una rama? no lo sé; hoy me siento perdida entre este bosque crujiente, sobre esta alfombra tornasolada que aún palpita bajo mis pisadas, que la hieren y la acarician imperceptiblemente. Hojas secas y hermosas que serán desterradas de su paraíso terrenal, cumpliéndose así un ciclo más de renovación».

«Huelo a madera joven, a resina fresca, a hierba mojada, a flores silvestres cuando exhalan su último aliento y se desmayan entre las ramas. Me invade el día y la noche al mismo tiempo y este olor a raíces profundas me trae el aroma de la lluvia cuando baja de la montaña y se esparce generosa entre las entrañas desconocidas de la tierra y ese vaho que se levanta invade mis sentidos por completo».

Luego ... te quedaste pensando en silencio y tu mirada me hablaba un idioma que no pude entender, había una sombra desdibujada sobre tus ojos y sin saber qué decirte sólo atiné a sacar una foto de lo que veía en ese instante. Esa tarde estabas más hermosa que nunca, llevabas el cabello suelto y leonado que jugaba entre el viento y a tus labios afloraba una tenue sonrisa.

Ahora, después de tantos años, reconocí esa mirada de aquella vez y la suelo confundir con el cielo en un día de tormenta, fuerzas encontradas de sentires profundos, arreciando con furia pasiones adversas y aún hoy cuando te observo me suelo sobresaltar, porque yo estuve frente a esa tempestad y no la supe ver. Llevo tu mirada guardada en ese medallón que siempre conservaré conmigo, es lo más cerca que podemos estar por ahora.

Volviendo a esa tarde te diré que la sentí especial, porque tú estabas especial, aunque algo se intuía en el aire no podía determinar qué era. Hablamos como nunca, nos pasamos horas salpicándonos de emociones, de recuerdos, de vivencias, de fracasos, temas tratados en diferentes momentos y desde diferentes enfoques; pero lo que en verdad te afligía, ese dolor interno lo guardaste para ti. Pienso que quizá no deseabas reconocer una verdad inminente y como te hacía daño tratabas de apartarla, de esa forma no existía.

Hubo un momento en que algo llamó mi atención y me desconcertó. Entonces no lo sabía, pero se nublaron tus ojos y una sombra te ocultó a pesar de que me esforcé para que te sintieras bien. Pobre pequeña mía ¿por qué me ocultaste la verdad?, ¿por qué no dejaste que la vida nos marcase al mismo tiempo con la herida más cruel? Al final del paseo te quitaste el medallón que colgaba de tu cuello y me pediste que siempre lo llevara conmigo ... y sabes, así ha sido desde entonces, sólo que he puesto esa foto que te saqué y cuando deseo hablarte lo abro y ya estamos juntas otra vez.

Te echo mucho de menos, sabes, es como si hubiera perdido una parte de mi ser, un miembro vital de mi cuerpo. Cuando supe lo de tu enfermedad creí que el corazón se me había paralizado, pues no respondía a los golpes que le daba a mi pecho una y otra vez, hasta que reaccioné y me fui corriendo al patio de atrás de la casa y pude llorar con furia y dolor, con la horrible sensación de que mi alma se iba desgarrando, como un animal herido que aúlla de terror al ver tan de cerca a la muerte.

Sé que caminé horas sin sentido arrastrando mi tristeza por las calles de la ciudad. No escuché ni a a los coches, ni a la gente que me rodeaba, y de pronto me hallé parada delante de la puerta de tu casa sin tener conciencia exacta de lo que hacía; llamé con unos golpes casi mudos y me hicieron entrar. Al pasar a tu habitación te vi, ¿recuerdas?, estabas sentada en una silla junto a tu cama, la ventana estaba abierta de par en par y tenía una hermosa vista que daba de lleno a un caminito de arces rojos como el fuego y las cortinas se movían de vez en cuando levantándose con el viento otoñal.

Nos miramos al tiempo que nuestros ojos se nublaron y con un alarido mal disimulado nos abrazamos largamente y nos quedamos solas y en silencio. No hubo palabras ni reproches, sólo nos sentimos, nos quisimos en ese apretado y cálido abrazo. Horas después me marché, sé que sabías lo mucho que sufría, pero hermana mía yo sólo sabía que tú te morías y no podía hacer nada para remediarlo.

Te fuiste casi en silencio, como una nube que se evapora, como un reloj que se detiene en la noche, como una luz que se apaga, como un suspiro que al ser exhalado se pierde en medio del bullicio; cerraste los ojos como si durmieras y un manto invisible te cubrió por completo, tu rostro reflejaba una gran serenidad, y de pronto no te vi más, me quedé sola y sin saber qué hacer.

La verdad, no comprendía la injusticia, la sinrazón de tu partida; no te perdoné que me dejaras tan sola, tú, justamente tú, mi alma gemela. No podía asimilar tu ausencia, la nostalgia se convirtió en mi compañera y la soledad en mi sombra. Sólo atinaba a buscarte día tras día dentro de ese medallón; hasta que una mañana abrí los ojos y supe que el otoño había regresado, aquel temprano otoño en el cual quedaste atrapada en mi memoria.

Otra vez volví a ver las hojas desprendiéndose de los árboles en su continuo adiós y un siempre renovado hasta pronto; los mismos colores mágicos que cambiaban con el tiempo, la misma brisa fresca que regresaba para envolverme, los mismos olores que tan bien describiste aquella vez; y de repente, todo cobró otro sentido, como la luz que se hace en medio de la oscuridad y entonces te relacioné a la materia y sé asimismo que la materia no se destruye, sólo se transforma.

Desde ese día salí a buscarte por todas partes. Ahora te veo revolotear entre las flores del campo, entre la lluvia y las estrellas, parada allí en el primer copo de nieve que se derrite hasta evaporarse, entre las piedras del camino y la brisa que me despierta. Estás en las hojas que caen de los árboles y en la yema que aguarda por otra primavera, en las semillas que vuelan buscando un destino y en el planeo suave de las aves cuando divisas los cielos, estás en los surcos que deja el agua al inundar los baldíos y en las miradas claras y puras de todos los niños. Estás en los colores con que se viste mi alma cada vez que se estremece al sentir tu llegada, en el aire que respiro, en el latir de mis sentidos y en este frágil recordar de mi doliente humanidad.

He encontrado la calma y de alguna manera he hallado que podemos seguir compartiendo el mundo, te quiero y eso es maravillosamente irreversible y he aprendido a querer y a respetar todo lo que me rodea, porque sé que puedes estar en cualquier lugar en que te busque, en cualquier punto en que pose los ojos sé que se encontrarán con los tuyos. Ahora sonrío a la vida y ya no me siento tan sola, ahora la herida ya no me duele tanto y sé que podré sobrevivir ..... aun a costa de tu ausencia.



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