Relatos :


A Través de mi
Ventana


Almas Gemelas


Quejas de Zampoña


Luz Eterna


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Gabriela Cuba
Exposición de
«Esculturas en Cerámica» y
«Obra Literaria»


«Tiempos de Ausencia»


De lejos la casa parecía igual que siempre, nadie diría que algo hubiese cambiado en su interior. A medida que se fueron acercando pudieron apreciar cómo las arañas habían tejido sus telas en algunos de los rincones más cobijados de la vivienda. Las ventanas, opacas de tanto polvo, no permitían el paso de la luz; y la puerta las recibió con el quejido inconfundible de un dolor guardado por años. Cuando entraron poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y casi tropezaron con dos cajas de madera que había en medio del salón; seguramente fueron olvidadas en la mudanza o quizá sobraron y quedaron allí para una posteridad sin testigos.

Teresa abrió dos ventanas porque el olor a humedad que había allí dentro no era bueno para su salud; a pesar que había llevado su inhalador, no quería arriesgarse a sufrir otro ataque de asma. La cercanía del mar no favorecía su enfermedad, pero este recorrido se lo debía a su hermana y además le hacía ilusión volver a ver la vieja casona. Primero dio unos pasos husmeando lo que había detrás de cada puerta y después de un prolongado silencio pegó su espalda a una de las paredes y cerró los ojos apretándolos con fuerza, pero a pesar de que se esforzaba por contener las lágrimas, éstas resbalaron por su pálido rostro hasta caer al suelo. Josefina la observaba sin atreverse a decir ni una palabra, sentía tanto respeto por la nostalgia evocadora de los recuerdos de su hermana que hasta reprimía la pregunta que le quemaba en los labios del porqué de su llanto, de esa angustia que no podía aliviar a pesar de tantos años de ausencia.

Pasaron unos minutos y Teresa más calmada y tras secarse las lágrimas empezó a hablar con la mirada perdida entre el vacío y el silencio que la tenía aprisionada en un sinfín de recuerdos. Estaba en su casa, esa casa que disfrutó desde su niñez hasta su adolescencia y solo vio sombras desdibujadas que se perdían entre la luz que se filtraba por las ventanas.

Sabes Josefina -dijo tras una larga pausa-, el aire aún lleva el olor a flores, a hojas, a tallos; aún escucho en el silencio y en este espacio de la casa vacía, los susurros, el murmullo de la gente cuando habla en voz baja, los gemidos y el llanto, esa congoja que asfixia cuando se pierde una parte del alma; aún flota en el ambiente la adrenalina que despide el cuerpo por el miedo a lo desconocido; y aún estas paredes guardan en cada una de sus partículas los suspiros y los pensamientos de todos los que una vez habitamos la casa. No te alarmes pues si se te eriza el vello al sentir una presencia extraña, cuando tus ojos vean algo que se mueve en la nada, o si tus oídos escuchan una voz o un ruido que no viene de ninguna parte, en ese momento ten presente que no estás sola ..... estás contigo misma.

Ahora si quieres, en este preciso instante, te puedo describir aquel día en el que murió nuestro padre; me lo has preguntado en varias ocasiones y siempre soslayé la respuesta. Hoy es un día distinto y me siento motivada para el recuerdo. Fue una fría mañana de invierno, la niebla todavía no había ascendido del suelo y la ciudad, atestada de edificios y gente, era un espectro vivo salido de las tinieblas. Tú eras muy pequeña, quizá no lo recuerdes, pero no escuchamos ningún ruido, ninguna queja; él se fue solo, sin una mano que consolara la suya; sin una mirada que se uniera a su alma; sin un beso cálido que sintiera en la piel; sin una palabra de amor que le diera confianza; sin esa lágrima escondida que espera un milagro. Queda la carga en la conciencia de no haber podido hacer nada, tantas manos, tantos ojos adormilados por la noche se despertaron cuando ya era demasiado tarde. Han pasado los años y aún sigue la imagen viva en mi recuerdo.

Esta casa vacía, sólo está vacía por fuera; porque estas paredes han recibido la energía de nuestros cuerpos; los sentimientos han impregnado las columnas, las alegrías se han adherido a los marcos de las ventanas; las tristezas aún palpitan bajo las baldosas que pisamos; y las ondas que generamos aún siguen rebotando entre los árboles del jardín hasta llegar a aquellas distantes colinas en un vaivén continuo de estremecimientos y calma. Por eso te digo que no estamos solas ..... estamos con nosotras mismas, con nuestras vivencias, con nuestros recuerdos; estamos en las interminables arrugas del tiempo, entre el ayer y el ahora, entre lo que fuimos y lo que seremos.

Nuestra madre estaba echada sobre la cama, le habían dado un calmante porque no se resignaba a pasar el resto de su vida sin el pilar más importante que la componía y aún dormida sus ojos seguían inundando la almohada. La gente iba y venía de un lado para el otro; quiero pensar que deseaban consolarnos, atendernos para que estuviéramos bien; pero sabes, yo sólo quería mirar por la ventana, necesitaba darle mi último adiós, decirle que me sentía sola y desamparada, que la tristeza no me dejaba respirar. Deseaba que mis ojos se desbordaran de dolor y que la pena lastimase mis tibias carnes. Supongo que era una especie de castigo por seguir viva, un desahogo para la angustia, una revancha contra la pena y la incertidumbre que afloraba por nuestros poros hasta oprimirnos el corazón. A pesar de mis sentimientos vino alguien y me retiró de la ventana, me dijo que era mejor que no viese el cortejo fúnebre, y claro, como yo también era pequeña, no pude oponer resistencia a esa falta de humanidad, a esos brazos ajenos que creían tener la razón, a la buena fe de los entrometidos que sería mejor que se quedaran en sus casas rezando y poniendo flores en los pequeños altares que fabrican para adorar a sus mil divinidades. Dioses o santos que son sordos al dolor y a la injusticia humana.

Josefina escuchaba a su hermana en silencio, tenía los ojos húmedos y el pulso acelerado. Luego, sin mediar palabras, las dos se acercaron y se estrecharon en un cálido y largo abrazo. Se sentaron sobre esas cajas olvidadas que seguían inmóviles en medio del salón y con el paso de las horas la luz fue corriendo de lugar hasta que unos cuantos rayos del atardecer iluminaron sus cabellos rojizos. Se quedaron un rato más recostando sus espaldas la una en la otra, apoyando así sus cuerpos como apoyaban sus almas en las sensaciones que estaban evocando, en el sentir de cada palabra que salía a la luz después de tantos años.

No habían llevado nada en las manos, sabían que su estadía iba a ser corta, pero al regresar tomaron como equipaje las dos cajas que habían encontrado, quizá como el testigo más fiel de que el sueño vivido fue real. No sabían exactamente lo que contenían, pero dentro de esos cubos llevaban lo más valioso que poseían, pues ellas representaban toda la emoción, los sentimientos y los recuerdos de dos niñas, que con ayuda del espacio y del momento, fueron capaces de revivir uno de los acontecimientos que más hondo caló en sus vidas.

Cuando el sol se fue ocultando del otro lado del océano, se levantaron, cerraron las ventanas y se despidieron de la casa con el mismo dolor con el que las recibió la puerta de la entrada principal cuando cruzaron el umbral. Pusieron el cartel de que la propiedad estaba en venta y se fueron alejando lentamente, teniendo la certeza de que una parte de ellas quedaba para siempre entre esas paredes que aparentaban estar desnudas y solitarias.



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