«Luz Eterna»
Raúl había tenido un día largo y ajetreado, por lo tanto se retiró a dormir temprano; ni siquiera tuvo ánimos para cenar aquel suculento guiso que le había preparado su madre y que olía tan bien e impregnaba las habitaciones con su aroma. Pensó que después de sacar a su equipo en el primer puesto de la liga nacional de balón mano, se merecía un buen descanso. Necesitaba aquel paréntesis para reiniciar al día siguiente una nueva jornada laboral en buenas condiciones físicas. El deporte lo mantenía sano y fuerte pero le demandaba una exigencia acorde con sus principios.
Rayando la madrugada se despertó súbitamente, con esa rara sensación de haber pisado en falso y caer al vacío. Fue tan rápida su reacción que al incorporarse abrió los ojos y volvió a la realidad con cierta violencia. A esas tempranas y desoladas horas sólo se escuchaba el piar de algunas aves y sus primeros aleteos. De vez en cuando Raúl era víctima de los peores insomnios y esta vez estuvo con los ojos abiertos hasta que la casa comenzó a cobrar vida.
Los familiares pasos de su madre, luego el olor a café recién pasado, la leche hirviendo y las tostadas empezando a calentarse lo despejaron aun más y estuvo tentado de ir a la cocina a charlar con su viejita -como él la llamaba- y comer algo, pero como era muy temprano y aun se sentía cansado, decidió volver a acostarse y tratar de dormir una hora más, así que se echó sobre la cama revuelta y se dispuso a reanudar su ansiado descanso.
Dio varias vueltas sin encontrar la posición adecuada, así que pensó que lo mejor sería leer un rato hasta que le viniera nuevamente el sueño. Encendió la luz y tomó el libro que tenía sobre la mesa de noche, lo ojeó tratando de retomar el hilo de la narración pero lo volvió a dejar en su sitio, pues no comprendía nada de lo que leía. Pensó en todo lo ocurrido durante el día anterior y su mente divagó entre la realidad y la proyección de sus sueños.
De pronto se encontró observando sus pies que los tenía cruzados sobre la cama. Vio algo atónito al principio y muy intrigado después, que en todo su contorno aparecía una transparente y difusa luminosidad y lo primero que le vino a la cabeza fue : «es mi energía, al fin he visto la aureola de mi propia energía, es verdad que existe, es cierto que estoy rodeado de ella».
Echado como estaba, además de entusiasmado y encantado con el descubrimiento, empezó a ver que esa aureola luminosa comenzaba a dejar translucir insignificantes partículas de su piel, una tras otra se iban levantando y perdiendo en el amplio espacio de su habitación.
Frotó sus pies con fuerza y al friccionarlos reparó que también sus piernas, sus manos, sus brazos y en general todo su cuerpo estaba sufriendo el mismo y escalofriante proceso. En ese instante también se horrorizó al pensar que ese podría ser su fin y que si no detenía aquel proceso, pronto quedaría reducido a nada.
Trató de tranquilizarse para hallar alguna respuesta coherente a ese hecho inusitado y no alcanzó a comprender qué le estaba sucediendo, ni cómo había empezado, menos aún el por qué, ni la razón para esa extraña desintegración de su cuerpo. Hizo un recuento acelerado, pero minucioso, de todas las comidas que había ingerido, las bebidas, los lugares en donde estuvo, enseres de aseo, personas cercanas con alguna enfermedad, sonidos distorsionados, clima; en fin lo repasó todo, pero nada anómalo aparecía ante los ojos de su pensamiento.
«Basta» - dijo alzando la voz - «No quiero desintegrarme, no hice nada para encontrarme en esta situación. No trabajo con productos tóxicos, no soy químico, médico, no cambio de temperaturas, no estuve al sol, no tomo remedios, no fumo ni bebo alcohol, no uso drogas y no llevo una vida desequilibrada».
Pensando en todo esto reparó en sus pies y un grito se ahogó en su garganta, porque vió que sus dedos habían desaparecido. Llamó con desesperación pidiendo auxilio, pero una fuerza desconocida lo mantenía inmovilizado sobre la cama, aún trató de mover los brazos pero fue inútil porque no le respondieron. A su alrededor todo era silencio, sus gritos no eran oídos y se dio cuenta con infinita tristeza que ni él mismo los escuchaba pues quedaban estrangulados en su garganta. Estaba atrapado dentro de un cuerpo que no sabía responder a su autoridad.
Sólo sintió resbalar por sus crispadas mejillas unas lágrimas tibias y seguramente saladas que habían caído de sus ojos para perderse en la almohada, una almohada que no había sido capaz de cobijar su sueño. Volvió la mirada nuevamente al espacio que ocupaban sus pies y se dio cuenta de que no le dolía, ni tenía heridas; todo estaba concentrado en esa extraña aureola luminosa que continuaba con su trabajo sin pausa ni descanso.
«¡ Qué barbaridad !» - pensó -, «cómo es posible que me pase esto a mí que soy tan cuidadoso, tan metódico; un hombre responsable, sano, ¡si parece cosa de ficción! ... pero ése que se está desintegrando soy yo, yo mismo y no es un sueño. Mi mente sigue lúcida, parece que esta aureola luminosa no le afecta a mis sentidos, a mi razón; quizá sea la parte más dura, quizá sí sea una pesadilla y sólo crea que me haya despertado, pero en realidad esté dormido o quizá tenga una mano sobre el pecho y por eso mis sueños sean angustiosos».
Pero no, lamentablemente no era así, y ese hombre que se estaba desintegrando, echado sobre la cama, era él sin lugar a dudas. Esa aureola de luz ya se había apoderado de todo su cuerpo y Raúl era la misma persona, que sin sentir ningún dolor, veía como se iba adelgazando todo su contorno y observaba con infinita tristeza que también se había quedado sin manos.
Qué impresión tan grande le daba ver cómo desaparecía ante sus propios ojos. Estaba perplejo, azorado, y lo que era peor, sin tener la posibilidad de hacer algo. Sus ojos se movían dentro de sus órbitas, tratando de hallar una respuesta física, quizá alguien de otro mundo, algún fenómeno que paso inadvertido, pero no, no lograba captar ni ver nada.
Inerme, agotado, sin fuerzas para moverse y casi abandonado, observaba con agónica melancolía que ya sólo era cabeza. Si nada había podido hacer hasta ese momento, ya nada podría hacer en el escaso tiempo de que disponía, ni recibiría una explicación de los hechos que lo estaban reduciendo ante semejante destino.
Dentro de lo que estaba viviendo, Raúl sentía una rara sensación de bienestar; ya sólo era él a través de sus ojos, de su pensamiento, de su alma, de su espíritu. Todo su ser estaba concentrado en sus ojos, en la claridad de su mirada ..... su energía vital ..... un punto de luz en el espacio ..... en algún lugar del universo.
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