Tango

La Coruña, abril de 1991

 

Desde la mesa, a través de la ventana del bar, Tango alcanza a ver el faro de la Torre de Hércules. Recuerda inevitablemente el faro de la biblioteca de La Marina, y el significado mítico que había adquirido cuando conoció a Pampa. La simplicidad sin equívocos de un primitivo idioma de señales, el diálogo entre la rumorosa inquietud del mar y la silenciosa quietud de la roca.

Tango escribe una carta a su padre en respuesta a la que recibió con la noticia de la beca y su felicitación.

Con la guita de la beca decidí empezar los reportajes en La Coruña. El alquiler es mucho más barato que allá y no necesito mucho espacio. A Mar, la chica gallega con la que estoy saliendo, la conocí en Madrid, pero después se vino para acá y tenía ganas de volver a verla. Allá vivíamos juntos pero ahora que Mar está en casa de sus viejos sólo pasamos juntos un par de noches por semana. Creo que la quiero.

Te escribo en el bar; en pocas semanas ya me aficioné a tomar unas cervezas mientras espero que Mar salga del diario.

La sensación de que me muevo y me las arreglo solo es nueva y grata. Con la excusa de las entrevistas he ido conociendo a algunas personas con el ritmo pausado y la intimidad que permiten las ciudades de provincia.

Antes me daba seguridad afirmar mis diferencias, poner distancia. Ahora me gustan las queimadas, y no me importa tanto que se me acabe la yerba, o que al final del mate me falten las plantas del jardín de casa para tirarles la yerba usada...

Me gustaría que volviéramos a hablar de un montón de cosas. Creo que estás bien pero como me contás poco no sé qué pensar. Mandáme el teléfono del hospital y algún horario a ver si hablamos. Pero no como padre e hijo. Para eso ya es tarde. Lo que sí podemos es hacernos amigos. Te resultará raro que te plantee esto por carta pero no sé cuándo nos volveremos a ver. La beca es por un año pero no sé qué voy a hacer después.

Cuando se le enturbia la mirada Tango levanta la vista del papel. Unos días más tarde se enterará del infarto de su padre, pero en este momento su encuentro más cercano con la muerte, desde el recuerdo lejano de la sirena ahogada, es la desaparición de Kundera. La experiencia le abrió los ojos a otras complejidades de la naturaleza humana que había dejado fuera de su campo visual.

Por otro lado, el manuscrito inédito de Kundera le dio la oportunidad de probar su integridad, cuando en lugar de intentar publicarlo como propio, lo entregó a su viuda : la mujer no tenía idea de su existencia y en la editorial Kundera había mantenido la actividad ilegal de Tango en el más estricto secreto. Comprendió la mísera vulnerabilidad de la memoria cuando se dio cuenta de que era el depositario del pequeño o gran legado de Kundera. Al poco tiempo la editorial de un amigo de Kundera se arriesgó a distribuir Catorce palabras con eme a título póstumo. Cuando hablaron por teléfono, Pampa le comentó a Mar que no le iba del todo mal en las ventas.

Además, el misterio nunca dilucidado de la identidad del autor se convirtió en el tema central de la novela que Tango escribe en sus ratos libres. No deja de encontrar irónico el hecho de que los primeros tiempos en Madrid, cuando su vida era un rato libre, no escribía una línea.

Cuando el faro se pierde en la oscuridad y sólo permanece su destello intermitente, Tango se vuelve hacia la barra y pide otra cerveza. En la televisión dan una película de De Niro.

Pronto llegará Mar. Hablarán un rato, luego discutirán y acabarán reconciliándose dando un paseo nocturno por la playa. Tango le contará la historia de la sirena ahogada. O mejor no. Tal vez intentará explicarle por qué le gustan tanto los faros.

 

 

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