Tango
Madrid, diciembre de 1990
Tango no escribe. No ha escrito una página desde que llegó a España. Ultimamente la necesidad real de ganarse la vida le venía sirviendo de excusa. Lo que lleva en la mochila es una excusa todavía mayor. Esta noche cruza la Plaza Dos de Mayo hacia la casa con el manuscrito de Kundera.
Lo lleva a escondidas, como algo robado; de hecho Kundera le prohibió expresamente que se llevara el trabajo de la oficina. La tarea de transcribir la novela de Kundera a WordPerfect lo obligó a leerla con suma atención y ha llegado a la conclusión de que no puede ser suya.
No se lo ha dicho a nadie, mucho menos a Kundera porque su afirmación se basa en la hipótesis de que una novela tan rica y tan humana no puede ser fruto de la imaginación de un ser levemente insoportable.
La luz de la tarde se va apagando pero Tango, sentado junto a la ventana, no despega los ojos del manuscrito. Tiene en sus manos la novela que siempre había soñado escribir. ¿Con qué ganas va a sentarse frente a una página en blanco?
Tengo que hablar con este tipo. Si la novela es realmente de él tengo que descubrir cómo es en realidad, sacarlo a la superficie, o averiguar cómo se puede ser a la vez un consumado escritor y un consumado hijo de puta. Argentino renegado tenía que ser, de esos que se olvidan de cuando el cielo se decía con ese.
¿Cómo puede haber escrito esto un tipo así? ¿Cómo termina un tipo tan brillante en una revistita de mala muerte? Mientras Tango cena en silencio, a solas y a oscuras, la pregunta se va convirtiendo en obsesión. ¿Cómo pudo confiarle esto a un desconocido, encima sudaca manifiesto y no encubierto como él, con el odio que nos tiene? ¿Será con odio o con amargura que se levanta cada mañana?
Tango da vueltas en la cama hasta que se hacen las tres. Antes de dormirse duda en llamar a la editorial a ver por qué tarda tanto Mar, con la fama que tiene Kundera de no pagar las horas extras.
Un par de horas más tarde se despierta al oír por el balcón un bolero de Los Panchos cantado a los gritos por dos voces de mujer.
-¿Por qué no me llamaste? Estaba preocupado.
-No quise interrumpirte- dice Mar-. Recuerda cómo te pusiste aquel día cuando puse música y se te cortó la inspiración.
-No me vengas con ésa, Mar. A la madrugada se avisa. Además no tenés pinta de venir de la editorial, precisamente.
-Era el cumpleaños de Pampa. Pampa es mi amiga.
-Estás en pedo otra vez.
-¿Y qué pasa? ¿Acaso tenemos la obligación de emborracharnos juntos? En la salud y en la enfermedad, en la cogorza y en la sobriedad... Venga ya -Mar se afirma en las paredes del pasillo y llega al baño.
-Ya mismo te preparo un café negro sin azúcar -Tango va a la cocina.
-Pues se lo beberá tu padre -grita Mar desde el baño-. No puedes tener todo bajo control, ¿te enteras? En lo que escribes haz lo que quieras. Esta es la realidad, así que déjame en paz -abre la canilla y se lava la cara.
-Mañana cuando te calmes volvemos a hablar -Tango se acerca y Mar ve en el espejo la mano en su hombro.
-Pues no hay nada que hablar. No pienso cambiar mis hábitos por ti.
-No empecés a defenderte que nadie te lo está pidiendo.
-No, claro. Hablas como si no te conociera -Mar esquiva a Tango y se dirige al cuarto luchando contra el mareo que sacude el pasillo -. Un silencio tuyo me pesa más que mil discusiones. Me digo que está todo bien pero nada está bien.
-Hacéme caso, Mar. Calláte que después te arrepentís, como siempre. Tuvimos un mal día, nada más.
-Pues no veas qué día -Mar se deja caer en la cama y empieza a llorar-. Nadie sabe qué mierda va a pasar con la editorial. Voy a tomarme unas copas para distraerme y luego llego aquí y no oigo más que reproches. ¿Cómo quieres que me sienta?
-¿Qué estás diciendo?