Pampa
Madrid, diciembre de 1990
-Hay que ver cómo desaparecieron esos dos -dice Pampa.
-Pero igual la pasamos bien, ¿no? -dice Mar.
-Un poco triste esa idea de poner boleros al final.
-La verdad -dice Mar como entre comillas, para hacer notar que es un giro que se le ha pegado-. Yo hasta me puse tierna y me vino la culpa de no haber pasado a por Tango... Es que no sé cómo decirle lo de Kundera... No lo trató mucho pero por lo que me contaba admiraba su obra. Y ahora... -con un suspiro, Mar se recuesta en el sillón.
-Prendé la tele.
Pampa y Mar están sentadas en un sofá abandonado junto a un contenedor en una esquina oscura de la calle de La Palma. De La Habana salieron con el último empleado.
-Pues sólo nos falta la tele -dice Mar tratando de descifrar la hora en su reloj-. En la sesión de madrugada echaban una peli que te cagas. En la segunda cadena.
-¿O sea que echan la peli, te cagas y tiras de la cadena? -dice Pampa, y Mar, que se ha puesto de pie para reírse, comienza a doblarse en dos. Intenta decir algo que sale entrecortado por la risa.
-Otro ataque de estos... y Mar... ¡La Palma!
-Bueno, menos mal que esta vez nos da por reírnos... ¿Quién es la que sale a la superficie cuando estás en pedo? ¿Será la verdadera u otra máscara?
-Oye, pues no lo sé. A mí me da por decir grandes verdades pero como si se me escaparan, aprovechando que no las van a tomar muy en serio... aunque después misteriosamente el otro se acuerda como si él no hubiera estado pedo. ¿Sabes lo que te digo?
-¿Por ejemplo?
-El otro día le dije a Tango que quería tener un hijo suyo.
-Mirá que te tengo dicho que no mezcles, ¿eh? Bacardí y gasoil... ¿a quién se le ocurre?
-Basta, Pampa, por favor -ruega Mar, a quien la risa ha puesto de rodillas en el suelo.
-Bueno. Hablemos en serio. Mar.
-Qué.
-Yo voy tirándote preguntas y vos me batís la justa. Como el oráculo de Délfor.
-Delfos.
-Eso dije. Con la lengua hinchada, claro.
-Vale. Soy toda oídos.
-Espejito, espejito... ¿qué hago a diez mil kilómetros de mi cuarto?
-Ver un poco el mundo, mientras tengas ganas... Conoces gente.
-Póntelo y Pónselo, por ejemplo. A propósito, ¿por qué nos acostamos con Póntelo y Pónselo?
-¿Quiénes?
-Los dos forros. Ed y Ted.
-No sé... ¿En busca de la inocencia perdida? ¿En busca del punto G?
-Otro año más, Mar. Me siento tan vieja... El otro día enseñaba a mis alumnos las fechas en inglés y me di cuenta de que no había nadie de mi década. O sea que los de la del setenta ya caminan, saben usar el baño, van a la escuela... Si hasta Rafael es del setenta.
-Y ligó con una tía como tú, y estará que no pasa por la puerta del Memphis. ¿Y a ti qué? ¿Estuvo bien o no? ¿No te carga las pilas? Los años son lo de menos.
-Decíselo a mi vieja.
-Hablas como si el suicidio fuera hereditario. Atrévete a llegar a vieja, tía, y cuando veas a tu madre se lo cuentas. Hay todo un movimiento de consumo destinado a idealizar la juventud, a eternizarla, pero no como valor en sí sino para que sigas siendo parte del mayor grupo de consumidores... Míralo de este modo: tienes la edad de tus proyectos. Eso me dijo una vez un amigo cuando le dije que tenía la edad del último polvo de mis viejos...
Mar se sienta y busca sus cigarrillos. Pampa arranca hilachas imaginarias del forro de su abrigo.
-Mejor me callo, que ya te contagié el melodrama. Vos por lo menos sos un poco más joven...
-Kundera era joven. Tenía cuarenta y ocho años. Yo a los veintiuno ya he fumado y bebido el doble.
-A veces pienso en mí hace un par de años. Era otra mina, te juro. Con decirte que Tango era todo para mí. A propósito, ¿tenés la menor intención de serle fiel alguna vez?
-La infidelidad no existe, Pampa. Antes era como una profanación, tener acceso al último estadio de intimidad... Ahora el polvo es lo más accesible; lo valioso, lo sagrado, es la complicidad, la convivencia...
-O sea que ser infiel es desayunar con otro.
-Lo cual es a todas luces imposible, o al menos complicado.
-¿Y esa teoría tan rebuscada de dónde sale?
-Rafa.
-Ah. Brindo por eso.