Martín
Madrid, diciembre de 1990
En el vagón del metro, antes de llegar a Sol, Martín aprovecha que la oscuridad del túnel convierte a los vidrios en espejo y se acomoda la camisa. El metro va lleno de adolescentes que se peinan o maquillan frente a su reflejo por última vez antes de enfrentarse a la noche del sábado. Los más ansiosos ya tienen preparado el cigarrillo en la boca y el encendedor en el puño para encenderlo en cuanto bajan. Martín es uno de ellos; su ansiedad se debe a que no tiene tiempo de buscar un teléfono para localizar a Lautaro a solas antes de encontrarse con Pampa. Si al menos pudiera ir por su cuenta al auditorio, pero encima Pampa no le quiso decir dónde es ni quién toca para que la sorpresa del cumpleaños fuera completa.
A la distancia Martín cree que quien está esperándolo con Pampa junto a la estatua del oso y el madroño es Tango, porque la última imagen que tiene de ellos juntos, la que precedió a su ruptura, es una tensión muda como ésta. Cuando Santiago lo ve venir la confusión de Martín desaparece porque la expresión grave que mantenía con Pampa cede paso a un genuino entusiasmo.
-¡Tincho! -el efusivo abrazo de Santiago termina de disipar el parecido con su hermano-. ¡Feliz cumpleaños! ¿Qué hacés, loco?
-Acá me ando, de mensajero... ¿Y tu hermano?
-Te manda saludos, pero a último momento me pasó la entrada a mí. Dice que a lo mejor viene a verlo otro día cuando pueda Mar... Es su novia gallega.
-¡No me digas! Sabés que de lejos pensé que eras él...
-No, lo hemos intentado pero lo nuestro no va -bromea Pampa, mirando a Santiago, que no hace caso-. Vamos yendo.
-Tu hermana también está de intercambio cultural. Ya te contará.
-Lo que me podría contar de una vez es a quién vamos a ver -dice Martín, tratando de cambiar de tema al volver a percibir la hostilidad.
-A ver si te acordás -dice Pampa-. Vamos a ver a mi primer novio.
-¿¡Qué!? -exclama Santiago-. Esa sí que no me la sabía. O sea que lo de acostarte con menores es nuevo...
-No me digas que Lito Vitale toca en Madrid -interviene otra vez Martín-. ¡Qué grande!
-¿Ex novio tuyo y pagamos entrada? -ironiza Santiago-. Andá a saber qué impresión le dejaste...
-Es por acá -señala Pampa, doblando a la izquierda por la calle de Atocha.
-¿Creés que se acordará? -dice Martín-. Fue hace mucho y por poco tiempo, ¿no?
-Más le vale -dice Pampa-, porque pienso ir a saludarlo y de paso dejo caer un demo.
-Ojo, hermana. Es cierto que con sutilezas no se llega muy lejos, pero tampoco la pavada.
-Tu hermana, Tincho, al decir de los españoles, tiene un morro que se lo pisa.
-No se pierdan el amontonamiento- dice Pampa frente al auditorio-. Cierren los ojos y escuchen si no parece la entrada del Opera.
A la salida del recital Pampa camina adelante, cabizbaja, y casi por inercia lleva a Santiago y a Martín hacia "No se lo digas a nadie".
-Dale, echános la culpa a nosotros, ahora -dice Martín-. Si no se acordaba, no se acordaba, y punto.
-Nosotros hicimos lo posible por que notara tu presencia -dice Santiago-. ¿O no escuchaste cuando tu hermano le gritó en falsete "¡Quiero tener un hijo tuyo!"?
-Eso. Y cuando Santiago le gritó "¡Viva la madre que te parió!", ¿quién se iba a imaginar que se le escaparía el sentido andaluz de la expresión? Los Abuelos de la Nada lo habrían agarrado a la primera.
Santiago y Martín no pueden más de la risa; el recital que Pampa se tomó tan en serio les pareció muy solemne. Entre las risas y el ruido consiguen hacerse entender y piden tres tubos de cerveza.
-Dejémosla un poco tranquila que es su cumpleaños -dice Santiago-; contáme cómo están los viejos.
-Me imagino que a la distancia todo este reajuste familiar te habrá parecido grotesco...
-No lo creas. Creo que a Tango le costó mucho más, y eso que estaba allá. Nunca entendió que mis viejos seguían juntos sólo por nosotros.
-Si viera lo bien que están tu vieja y mi viejo con el tiempo lo entendería... Con todo lo que pasamos, para mí es un alivio saber que mi viejo no está solo.
-Para eso tenés que llegar a verlos como personas, ya no como padres -interviene Pampa-. Eso es lo que Tango no puede. Se quedó sin modelos.
-Entonces le vendrá bien el viaje, ¿no? -dice Martín.
-Yo creo que sí -dice Santiago-. Poco a poco se va independizando, teniendo sus historias... ¡Mar! ¿Qué hacés acá? Che, Pampa, ¿pero esta mina no estaba trabajando?
-Salí antes y quería daros la sorpresa... ¡Feliz cumpleaños! Hola, Martín, soy Mar. Bienvenido. ¿Cómo la estáis pasando?
-Pampa un poco mal, la verdad -explica Martín-. Lito no le dio mucha bola.
-¿No se acordó de ti el muy cabrón? ¿En tu cumpleaños? Ya mismo devuelvo las entradas. Tango las pilló para mañana.
-¿Por dónde anda mi hermano?
-Estará en casa, me imagino. Quería ponerse a escribir algo.
-Me suena -dice Pampa-. No se te ocurra interrumpirlo.
-No, ya. Hoy menos que nunca. No sé cómo explicarle por qué salí antes del curro... La palmó Kundera, tía.
-¿Qué?
-¿Trabajás para Kundera? -pregunta Martín-. ¿No vivía en París ese tipo?
-No, Martín -dice Santiago- Es un sobrenombre.
-¿Cómo fue?
-Así, de repente. Esos chicos -Mar señala a dos chicos y a una chica que esperan en la puerta- trabajan conmigo; el rubito ése sabe todos los detalles. Ya os contará. Hay rumores de que se cierra la editorial, todos en la calle, bueno. Un follón de la hostia.
-Parece que tus amigos quieren irse -dice Santiago.
-Sí, habíamos quedado con más gente en ir al concurso de salsa de La Habana y ponernos ciegos mientras nos dure el ánimo pero insistí en pasar a ver si os encontraba. ¿Por qué no os venís? Estamos con coche.
-La verdad muchas ganas no tengo -dice Pampa sin entusiasmo.
-¡Venga, tía! -insiste Mar- ¡Es tu cumpleaños! ¿Cómo te crees que estoy yo, inminente desempleada, ahora que post mortem vengo a descubrir que le había cogido cariño al jefe?
El grupo sale del pub y hechas las presentaciones algo falla:
-Seré tonta. No va a haber sitio para todos... -dice Mar.
-Mirá, Pampa, andá vos con ellos y nosotros nos tomamos un taxi -sugiere Martín.
-Bueno. Nos vemos allá.
Martín y Santiago paran un taxi.
-Tu amiga. Nos dijiste que te hiciéramos acordar de llamarla por teléfono -dice Santiago antes de subir.
-No importa. Ya es tarde -Martín sube al taxi-. ¿Sabés la dirección?
-La verdad no me acuerdo. La última vez que fui me llevaron y además estaba en pedo.
-¿Tenés ganas de ir?
-No, ¿vos?