Martín
Madrid, diciembre de 1990
Cuando Martín abre la puerta del departamento despierta a Pampa, dormida acunando su bolso en la escalera.
-¿Qué hacés acá afuera? ¿Perdiste la llave? Hubieras golpeado.
Pampa se levanta y se acerca a su hermano.
-Entré -dice, acomodándole el cuello levantado de la camisa- y salí. No quise molestar.
-Perdonáme, hermana. Después de todo es tu casa y no tenía ningún dere...
-Tranquilo. No lo hice por vos, ¿sabés? Fue por Santiago... Le debía una. Bueno, por vos también... Feliz cumpleaños -Pampa descarga su peso en el abrazo. Martín la sostiene por los hombros.
-¡Qué cara! Andáte a dormir, que estás hecha mierda.
-¿Y vos adónde vas? -dice Pampa, con los ojos entrecerrados.
-A comprar cigarrillos.
-Dejá, yo tengo.
-Dame un par. Gracias.
-¿Te vas igual?
-A tomar un poco de aire, nomás. Ahora descansá.
¿Querés algo de la calle?
El eco de la pregunta y su temible respuesta vuelven a oídos de Martín una y otra vez. ¿Acaso no sabía antes de hacer esa pregunta que no tendría el valor de volver?
-Qué horas de llegar, ¿eh? Estos trenes... -dice Lautaro, recibiendo a Martín con un abrazo- ¿Y tu equipaje?
-Lo dejé en lo de mi hermana.
-Te veo muy bien. Linda camisa. Se usan mucho por acá.
-Vos estás como siempre...
-Un poco amodorrado, la verdad. Tu llamado me agarró en el quinto sueño.
-¿Qué tal te va?
-Ya ves... -dice Lautaro, dejando a Martín en la entrada mientras enciende algunas luces del café- Tengo trabajo, tengo amigos... -se detiene junto a la barra y extiende los brazos- Pero vení. Dame otro abrazo.
Martín escapa de abrazo en abrazo. Esta noche siente que por primera vez ha perdido el control de sus actos; tiene miedo pero no sabe si es de sus propios impulsos o de los que despierta en los demás.
-¿Seguro que estás bien? -insiste Martín.
-Soy el primer sorprendido, pero sí. Estoy en paz. Tranquilo, Tincho. Somos grandes. Y no estés tenso que me contagiás.
-Llevo así todo el día. A lo mejor con un porro me relajaría. ¿No tendrás chocolate?
-Creo que me queda una china. Lo que no sé si me quedan son puchos.
-Yo tengo. Papel también.
Martín se recuesta en un sillón y Lautaro se acerca con dos copas de coñac.
-¿Te vas a quedar? -dice.
-No sé, si no te molesta...
-Digo en el país.
-La verdad no sé si puedo. ¿Vos estás legal? -pregunta Martín pasándole el porro.
-Soy hijo de españoles, así que no hay historia. Pero lo que te pregunto es dónde tenés la cabeza, dónde situás tus proyectos. ¿Pensás volver a la facultad?
-Ni loco. Pero no por lo que pasó. Ese fue el detonante. Tengo el alma en otra parte.
-Eso te lo dije desde que te vi actuar. ¿Pensás intentarlo acá?
-A lo mejor. ¿Te parece que podría arreglar mi situación?
-Parece que va a haber una amnistía. La última antes del caos del 92... Te convendría conseguirte algo estable, aunque no vivas sólo de eso. Si pensás quedarte, es ahora o nunca.
-Qué cosa, ¿no? Cuando me dijiste que te venías conmigo o sin mí pensé que a lo mejor la única razón para venir a quedarme era la única que no podía explicar en el consulado. Y me di cuenta de lo desamparados que estamos ante la ley... por primera vez entendí a los embanderados, a los radicales.
-Hasta que no lo sentís en carne propia no te sentís parte de un grupo; yo también pensaba "¿qué carajo tengo que ver yo con esta gente?" "Tengo tanto en común con esa loca como el heterosexual medio con Palito Ortega". Pero no es tan simple.
Los dos se quedan en silencio. Lautaro termina el coñac.
-Qué cómodo el sillón, che. ¿Acá dormís?
-Lo junto con el de enfrente; los otros son más cortos.
-Me está entrando sueño y todo.
-No es para menos después del viaje. El único problema, y te sonará a excusa de película porno, es que tengo una sola manta.
Lautaro junta los sillones, extiende las sábanas sobre ellos y luego despliega la manta.
-Yo que vos me dejo algo puesto -dice mientras se desviste.
-¿Tanto frío tendremos? -pregunta Martín metiéndose entre las sábanas. Lautaro apaga las luces.
-Todo depende de lo que dure el efecto del coñac... -Lautaro se esconde bajo la manta a los pies de Martín y reaparece junto a su pecho -y de otras formas de generar calor que se nos ocurran.
Martín se sorprende de su propia reacción: de repente una proximidad que antes era familiar le resulta extraña, opresiva.
-Perdonáme Laucha, pero no puedo. No te lo puedo explicar, pero no puedo. A lo mejor vine en mala hora.
-No tenés nada que explicar, Tincho -Lautaro se deja caer boca arriba a su lado. En la oscuridad se oye un suspiro-. Te conozco. Creo imaginarme lo que te pasa.
-Qué se yo, a lo mejor es que ahora todo es tan distinto...
-En el fondo no debería sorprendernos. ¿O creías que daba para más? ¿Nos imaginaste alguna vez conviviendo, al final de las sorpresas?
-Te vas a reír pero el otro día en un sueño tenía esa sensación: de que tu casa era nuestra casa...
-¿Y cómo terminaba?
-No me acuerdo. Fue más bien una impresión.
La mano de Lautaro juega en el pelo de Martín.
-Mirá, Martín, no te engañes. Sos un transgresor compulsivo; para vos en este momento sería una mayor transgresión acostarte con una mina que conmigo, porque lo nuestro ya no va en contra de tu naturaleza.
-¿Pero cómo me enamoré de vos, entonces?
-¿Quién habló de amor? El amor no tiene nada que ver en esto. Cuando te enamores, cuando aprendas que el sexo y el amor no son incompatibles, te vas a dar cuenta. Lo que llamás enamorarte de mí fue meterte con un tipo quince años mayor que vos y expresamente prohibido: tu profesor. Y si ya no sentís ganas de acostarte conmigo es porque ahora sólo soy otro hombre.
-Si presentías que sería así, ¿por qué no me frenaste antes de que te arruinara la vida?
-En ningún momento supe hasta dónde íbamos a llegar. Eso fue lo que más me atrajo. Lo que sólo vos conseguiste fue sacarme de adentro a este tipo que tenés enfrente, que después de muchos años de cobardía tuvo el valor de preguntarse, de buscarse, de arriesgarse. Un tipo mucho más cuerdo, más entero. Fuiste un detonante, como dijiste hace un rato. Si a eso le llamás arruinarme la vida...