Santiago
Madrid, diciembre de 1990
-Sacáte la ropa.
-Sacámela vos.
Entre una frase y la otra no transcurre un segundo. Martín suelta la primera bruscamente pero Santiago, en lugar de dar el respingo que tal vez esperaba Martín, lo sorprende con la réplica.
Santiago no siente la sorpresa del hallazgo, sino la confirmación de una sospecha. Desabotonar la camisa de Martín, sentir en el cuello el roce de su barba de dos días, tiene la familiaridad del déjà vu. Cuando por fin el perfil de Martín coincide al tacto con los intangibles rasgos de la fantasía, la única sorpresa es estar despierto.
-Tranquilo -responde Santiago al afán impaciente de Martín, que lo arrastra del cinturón hacia la alfombra-. Que de consumar a consumir hay una letra.
Martín comprenderá que su parsimonia es hija del miedo a perder, cuando se dé cuenta de que es la primera persona que Santiago ha deseado y tenido en la misma noche.
Santiago y Martín están sentados en la ventana. Dos siluetas desnudas enmarcan la luz de la calle en el cielorraso.
-Lo sabíamos desde siempre, Santiago. Todos nosotros. Lo que pasa es que no queríamos saberlo, que es distinto. Como lo de tu vieja y mi viejo. Por eso les seguimos el juego a los demás, vivimos en función de sus expectativas... La gente quiere una cosa y hace otra, y acaba neurótica; no hay tu tía. Yo por lo menos siempre fui medio oveja negra, pero en tu familia, donde todo era perfecto...
-Yo creo que el primer golpe que se dieron fue lo de mi vieja y tu viejo. Hasta entonces no se imaginaban que pudiera haber algo más fuerte que las instituciones -Santiago duda por un instante y luego prosigue-. Aun así tuve que irme lejos para poder encontrarme.
-¿Entonces en Argentina nunca...?
-Sos mi primer argentino. Hasta mi vocabulario en la cama es extranjero... Para vos habrá sido distinto; eras más independiente.
-A lo mejor te daba esa impresión porque las cosas me resbalaban un poco. Pocas cosas nos parecían tremendas desde lo de mi vieja, ¿sabés? Pero aunque a raíz de eso siempre me aislé un poco de alguna forma me las arreglaba para llamar la atención: las minitas que me levantaba, el windsurf... Me acuerdo una vez que me pasé la tarde haciendo acrobacias en las olas y ni siquiera habías ido a la playa...
-¿Lo hacías para mí?
-Sí, pero era como un juego, ¿entendés? Era porque no sabía comunicarme de otro modo; no había un deseo consciente. Eso vino después, cuando ya nos habíamos dispersado...
-¿Y qué tal te fue? -pregunta Santiago.
-Y, creo que allá es un poco más jodido. Hay que estar un poco más alerta... Como me decía siempre un amigo, cuidarse como los gatos. Ese es el problema. De golpe te enamorás como un perro y adiós defensas.
-Es que de eso se trata, ¿no?
-Andá a saber -Martín se queda en silencio-. ¿No tendrás chocolate por ahí?
-No. Y no es de virtuoso que no fumo porros. Es de pobre -Un escalofrío estremece a Martín-. Vení a la cama que te vas a enfriar. ¿No tenés sueño?
Dos horas más tarde, Martín se levanta sin hacer ruido y comienza a vestirse. Como no encuentra su camisa pero no quiere encender la luz se pone la de Santiago.
-¿Adónde vas?
-¿Vos también estás desvelado? Necesito fumar.
Al ver a Martín poniéndose su camisa, Santiago llena aquel gesto, vacío de significado por lo accidental, con el tremendo contenido que atribuye a la palabra amor.
-¿Sabías que siempre que te imagino es con un cigarrillo? Desde mi cumpleaños del 85. Esa noche entendí que quería estar con vos, no con tu hermana. Vos también estabas en los médanos, ¿no?
Martín recuerda y asiente lentamente con la cabeza. Santiago se levanta de la cama para abrazarlo.
-Todo ese tiempo perdido tratando de desear a quien amaba en lugar de atreverme a amar a quien deseaba... -frenando la emoción a tiempo, Santiago se refugia en una pregunta trivial- ¿Sabés adónde ir?
-Sí. ¿Querés algo de la calle?
Santiago demora la respuesta con los ojos fijos en los de Martín.
-Ya no.