Santiago

Madrid, noviembre de 1990

 

Son las seis de la tarde. El cielo está cubierto y bajo la arboleda del Parque se cobijan las ardillas y las sombras. Empieza a refrescar. Sentado en una de las mesas para picnic, Santiago toca el saxo. La música flota en torno a él en la atmósfera dormida y vacante que preludia el aguacero. Rafael, desde el asiento, escucha las lánguidas frases que Santiago sólo se atreve a dirigirle a través del metal.

No te vayas, dice la música, ya sé que hay que ir a abrir el Memphis pero por favor quedáte, y Rafael, sin mirarlo y como sin poder evitarlo, se abraza a la pierna derecha de Santiago y recuesta la cabeza en su rodilla.

Santiago es todo latido. El saxo se le ha vuelto ajeno, le ocupa las manos. Pero el cerebro le murmura quieto, quedáte muy quieto si querés que dure, y no abras los ojos ni te muevas, porque Rafael nunca va a tocarte despierto.

 

Cuando una mano empieza a desabotonarle el pantalón, Santiago abre los ojos y no ve nada. Intuye que se acabó el sueño porque no está sentado en una mesa del Parque sino acostado en un suelo de madera, y porque en los sueños no duele la cabeza ni se tiene tanta sed, ni falta el aire. Poco a poco los jadeos, los gemidos y el olor acre le van recordando cómo llegó al cuarto oscuro de aquel bar de la calle Pelayo, y que Rafael se quedó con Pampa. Se frota los párpados con ambos puños y llega a la conclusión de que la mano con que se masturba no es la suya. Al cabo de un enorme esfuerzo, logra incorporarse y se recuesta contra la pared. Desde esa altura consigue ver el destello violeta que indica la salida.

Abriéndose paso a tientas entre los cuerpos invisibles llega a tropezones hasta la puerta. Atraviesa sonámbulo el pasillo frente a la barra y respira por fin el aire de la calle. A la luz de un farol advierte su camisa desprendida y sus bolsillos del revés. Le falta el reloj, la billetera, las llaves.

Por la vereda de enfrente, una figura borrosa, blanca bajo el farol, más familiar a cada paso. Un ángel de la guarda. Cordooobés, para más datos.

-¡Hermano, qué piltrafa estás hecho! Vení. Agarráte que en el primer desnivel te das un porrazo.

-¿Adónde vamos?

-Yo me iba para el Larrea. Vení y te tomás un café negro sin azúcar. ¿O querés que te acompañe a tu casa?

-No tengo casa -dice Santiago, y al escucharse decirlo rompe a llorar-. No te rías, hablo en serio. No me acuerdo si estaba en Quesada o...

-No hablés pavadas. ¡Taxi! Vamos para Moncloa.

En el viaje, Santiago vuelve a dormirse en el hombro de Lautaro.

-Despertáte. Ya llegamos.

-¿Eh? ¿Pero adónde me trajiste? -dice Santiago cuando ayudado por Lautaro baja del taxi en Pintor Rosales.

-Uy, claro... Si te habías mudado. Como siempre te encuentro por esta zona... ¿Estará despierta tu amiga? Me quedaría más tranquilo si te dejara con alguien.

-Ya lo creo que estará despierta... ¿No ves la luz?

-¿Es ésa azul?

-Sí. Para coger pone lucecitas de colores... La habrán engendrado en un telo -la risa floja de Santiago contagia a Lautaro.

-Ah, entonces mejor no molestemos.

-Mirá, yo me voy a acostar en un banco del Parque. Ya me acordaré mañana dónde está mi casa. Total hoy mucho frío no hace.

Lautaro desiste de razonar con Santiago y lo acompaña al Parque. Se recuesta en un banco y Santiago se acuesta apoyando la cabeza en sus rodillas.

La voz de Santiago despierta a Lautaro a poco de amanecer. Lautaro se incorpora y se sacude el pasto de la ropa. A unos pasos, Santiago habla con la estatua ecuestre de San Martín.

-¿Te das cuenta, Pepe? En algo nos parecemos. A vos medio Madrid te toma por Bolívar... Y a mí la vida me toma por boludo. ¡Lautaro! Buen día. Hablaba con el general.

-¡Qué tal, Don Simón! -le dice Lautaro al monumento, siguiéndole la corriente a Santiago, que vuelve a mirar a San Martín con resignación.

-¿Ves lo que te decía? Otro traidor. No, mentira... -con un atisbo de seriedad, agrega- Gracias, che.

-¿Gracias por qué?

Santiago no consigue mantener la seriedad y lanza la frase y la risa juntas:

-¡Por respetarme! Habrías podido llevarme a tu terreno y aprovechado la ocasión...

-¿Llevarte al Larrea? ¡Qué aburrido! Acá en el Parque tuvo mucho más morbo. Si no me creés preguntále al barrendero aquel.

Santiago duda por un momento; la carcajada es de Lautaro.

 

 

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