Santiago
Madrid, noviembre de 1990
Entre el círculo de curiosos que se reúne en torno a la tuna y el efecto de las copas, Rafael, Santiago y Pampa tardan en advertir la desaparición de Tango y Mar.
-Cómo se borraron -dice Santiago sin demasiado énfasis cuando abandonan la búsqueda-. ¿Ustedes qué van a hacer?
-Tendría que pasarme por tu casa -dice Rafael a Pampa- así recojo los contactos. Si ya elegiste de cuáles quieres copia.
-Sí, los marqué con una cruz. Me viene bien la compañía. Con este mareo no estoy en condiciones de llegar sola a casa.
-Pues ya mismo cogemos un taxi.
-Así que ya revelaste las fotos -dice Santiago frente a Plaza de España.
-Ayer mismo estaba en ello. Han quedado de puta madre. Ahora las verás.
-¡No revelarás mis intimidades así como así! -Pampa finge indignación. El taxista espía por el retrovisor.
-Es verdad, Santiago. Tendrás que pedirle permiso a Pampa.
-Si querés podés ponerles tiritas negras -dice Santiago-. Lo que me interesa es el trabajo de Rafael.
-Será un honor mostrarle mi obra, Don Santiago. Pero en realidad antes de exponerla al gran público tendré que recorrer algunos contenedores.
-¿Para? -pregunta Pampa.
-Quiero enmarcar tus fotos pero en marcos de ventanas. Como si te espiaran, o te asomaras por ellas, ¿sabes?
-¿Entonces iba en serio lo de exponerlas?
-Muy en serio. Eres la mejor modelo que he tenido.
-Querrás decir la primera -interviene Santiago.
-Pero bueno, tío, qué borde te pone el alcohol...
-Dejálo. A todos nos da por algún lado. A él le ataca el sentido del humor. A vos, en cambio, te da por hablar sin parar.
-¿Y a ti?
-A mí... -Pampa pone una mano en la rodilla de Rafael y le susurra al oído, pero Santiago alcanza a oir- ... me pone cachonda -ríe-. Pero no se lo digas a Santiago. Podría aprovecharse y consumar sus fantasías adolescentes...
-Yo creo que más bien te da por hablar pavadas -dice Santiago.
Bajan del taxi y Pampa revuelve el bolso en busca de las llaves. Mientras tanto Santiago da vueltas frente al portal.
-Mirá. Una cucaracha.
-¡Dónde! -exclama Rafael. Santiago la señala y Rafael se abalanza a agarrarla.
-¿Qué hacés? -grita Pampa, conteniendo las náuseas.
-No hacen nada -dice Rafael, tendiéndole el puño cerrado-. El asco es su única arma. Sin eso están perdidas.
-Si querés sonsacarme algún secreto acercamelá y vas a ver quién está más perdido -dice Santiago.
-¡Sería incapaz, Don Santiago! -Rafael se deshace de la cucaracha- Además, ¿qué secreto sería ése? ¿Que deseaba en silencio a la novia de su hermano?
-Eso de joven -dice Santiago sin entusiasmo-. Ahora ya soy Don Santiago, un hombre respetable. Incluso plasta, dirían algunos.
El ascensor no funciona. A paso lento e incierto y aferrados del pasamanos, los tres consiguen llegar al cuarto piso. Una vez en la casa, Pampa enfila para su habitación.
-Perdonen pero no aguanto más este vestido. ¡Cuando me lo puse era más flaca! Me cambio y vengo.
A solas en el salón, Santiago mira fijamente a los ojos a Rafael, con la súbita valentía que le presta el alcohol.
Rafael no entiende.
En eso se oye el ruido de un resbalón y una caída en el cuarto de Pampa. Rafael corre a ayudarla. Desde el salón, Santiago se queda escuchando las risas y las explicaciones. Después, silencio.
Santiago se deja caer en un sillón. Solo en la semioscuridad del salón, percibe los chirridos cada vez menos leves del elástico de la cama. En el suelo del pasillo, la luz amarilla proveniente del dormitorio de Pampa se apaga y sólo queda encendida otra luz azul, mucho más tenue.
Santiago es consciente de lo que pasa pero su capacidad de reacción está anestesiada: esta noche es un simposio de equivocaciones. Sabe que tiene que irse, como se sabe lo que no se debe hacer o decir, pero no consigue levantarse. Su presagio se está cumpliendo con tal precisión que en lugar de intentar evitarlo se limita a certificarlo, con la fascinación masoquista con que el coyote despeñado ve caérsele encima la piedra que lanzó contra el correcaminos.
La resaca borrará de su memoria de esta noche todas las imágenes menos una: Rafael sale corriendo desnudo del cuarto de Pampa, trastabillando en el pasillo hasta llegar al baño, donde se arrodilla frente al inodoro a tiempo para el primer vómito. Santiago se incorpora y va al baño. Agachado junto a Rafael, le pone una mano en el hombro mientras con la otra aparta un mechón de pelo y le sostiene la frente afiebrada.
Nunca antes ha tocado a Rafael y nunca volverá a tenerlo tan cerca. Tal vez porque lo sabe memoriza el contorno de su espalda encorvada por el esfuerzo, la contracción de los músculos de su cuello en cada arcada y la piel de gallina de sus muslos al contacto del cuerpo desnudo con las baldosas frías.
Estos escasos segundos son para Santiago como una migaja al cabo de varios días de hambre: con esto me basta, piensa. Pero el furor agolpado entre las piernas le hace saber que el cuerpo no se conforma, que el ansia es mucho mayor. En ese momento Rafael hace ademán de incorporarse. Rápidamente, Santiago se levanta dándole la espalda y descubre, como una aparición, la silueta azul e inmóvil de Pampa observándolos, envuelta en sábanas al otro extremo del pasillo, desfigurada por la mueca del lápiz de labios y las ojeras de rimmel.
Sin preocuparse por ocultar de Pampa el bulto en el pantalón, Santiago se acerca por el pasillo sin volverse a ver a Rafael de frente: prefiere imaginarlo, no saber nunca qué alteración le produjo en la sangre el contacto de sus manos. Antes de salir, deja a Rafael en manos de Pampa pronunciando sus últimas palabras con la solemnidad del rey que restituye el cetro fugazmente usurpado:
-Hacéle un café negro. Sin azúcar.