Tango

Madrid, noviembre de 1990

 

Mar, Tango, Rafael, Santiago y Pampa suben por la calle Huertas hacia la Plaza de Santa Ana cantando a viva voz. A instancias de Mar el repertorio pasa de Contigo aprendí a Los mareados. Rafael calla y los argentinos, no sin cierta dificultad, intentan recordar la letra entera.

-Tus ojos, en un eléctrico ardor... Tus bellos ojos que tanto adoré...

Coinciden en la Plaza con un grupo de tunos que persigue a fuerza de serenatas a cinco o seis alemanas ruborizadas. Rafael se une a ellos y el tango queda inconcluso.

-¿Vamos? -dice por lo bajo Mar a Tango.

-Vamos.

A solas, Mar toma a Tango de la cintura y lo guía por uno de los múltiples caminos hacia su casa.

-Acá es más difícil ir borracho -dice Tango-. Cada vez que me llevás a tu casa agarrás un camino distinto.

-¿Es muy geométrica Buenos Aires? -Tango asiente-. Me encantaría conocer esa ciudad. Tiene que ser una pasada.

-Los extranjeros me hablan maravillas de Buenos Aires y yo reacciono como los madrileños cuando les digo que no saben la ciudad que tienen.

-Será porque no soy de Madrid que me lo paso tan bien aquí.

-Todo es cuestión de saber vivir la ciudad. Y de lo que te toca vivir en cada ciudad. En este momento, aunque no distinga la luz de las farolas de la de las estrellas, o a lo mejor por eso...

-Vaya vida disipada la que llevas.

-... estoy con vos y me parece que Madrid es mío. ¿No es aquél el farolito de la calle en que nací?

-Marguerite Yourcenar dijo una vez que se nace en el lugar donde por primera vez uno echa una mirada inteligente sobre sí mismo.

-A lo mejor tiene razón.

-Seguro, vamos. De mayor me gustaría ser una viejita tan sabia como ella.

-La ciudad también tiene que dolerte. Como a mí cuando llegué y todo me parecía tan hostil.

O rompés la noche o te rompe a vos, se dice Tango. Madrid, testigo de euforias y de abismos... Cierro los ojos y te veo. Sos verdad. Me adueño de vos y de tu caos, de tu ocio noctámbulo y canalla, de la sorpresa boquiabierta de los vómitos de madrugada y los besuqueos en los atascos.

-¿En qué piensas?

-No estoy acostumbrado a sentirme bien. A lo mejor por eso no encuentro palabras para expresarlo en mi léxico sombrío...

-Yo estaba pensando en cuestiones más prosaicas... ¿Habéis pensado dónde váis a meter al hermano de Pampa?

-Calculo que como pasé de la cama al sofá ahora sólo me queda el suelo. Claro que últimamente duermo poco por allá...

-Tango, se me ocurre algo. Pero no quiero que lo interpretes mal. Ahora que Pilar se fue del piso y lo de tu trabajo parece que sigue... ¿te apetecería que compartiéramos?

-¿Te animás?

-Cuidado: digo compartir piso, no vivir juntos. Hay una sutil diferencia y quiero que lo tengas claro de entrada.

-¿Cuánto me cobrarías?

-Treinta mil más gastos. Lo que pagaba Pilar.

-¿Estás segura?

-Sí. Vamos, creo. No sé, ahora mismo me parece cómodo; entre tú y un desconocido no hay lugar a dudas...

-Cada uno en su cama, ¿no?

-Eso sí. Bueno, si coincidimos en el pasillo te diré hola, y esas cosas.

-Hecho. Mañana traigo mis cosas. El trato empieza mañana, ¿no? Como ni siquiera me mudé...

-Eso es. Tu cama la estrenas mañana. Para hoy... tengo otros planes.

 

 

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