Tango

Madrid, noviembre de 1990

 

La discusión entre sus padres despierta a Tango a las dos de la madrugada. Al incorporarse en la cama ve que Santiago también está escuchando.

Cuando oyen el golpe de la puerta de calle salen al pasillo. En el otro dormitorio, el doctor Boschiglia comienza a vestirse con lentitud. En eso se detiene, mirándose los pies.

-No encuentro mi zapato izquierdo -le dice a Tango cuando el ruido le hace levantar la mirada ida.

-¿No la vas a ir a buscar? -se atreve a insinuar Tango.

-¿Para qué? -dice Santiago a sus espaldas.

Tango no aguanta más y sale descalzo a buscar a su madre. Cuando llega al asfalto de la costanera el coche ya se pierde de vista.

No quiere volver a la casa. De repente su padre y su hermano son dos conspiradores. Sólo le queda una persona a quién recurrir.

¿Dónde está Pampa? La luz del faro de la biblioteca, señal de furtivos encuentros nocturnos, está apagada. Los pies de Tango se hunden en la arena fría.

En las afueras de Miramar hay una playa tan interminable que parece que la marea no va a subir nunca. Bajo la luna que enfría los médanos, Tango espera. No sabe qué. Lo separa del mar una llanura de arena mojada y oscura. El viento hace flamear sobre ella un velo de arena seca, que dibuja vetas como en el mármol.

A lo lejos se recorta una figura. Una mujer. ¿Su madre? No. Pampa.

Camina contra el viento, alejándose de Tango. Tango grita su nombre, pero no logra siquiera escuchar su propia voz. Echa a correr hacia Pampa. Sin razón, ella se detiene, gira la cabeza y lo ve. Tango no se explica cómo alcanza a ver lágrimas en sus ojos de noche y a esa distancia, ni por qué tiene la sensación de que sus pasos no lo acercan a Pampa. Entonces comprende. La luz que le permite verla proviene del interior de Pampa. Cuando su piel alcanza el límite de la incandescencia, comienza a arder.

Ahora Pampa camina hacia el mar. El viento que aviva sus llamas zumba en los oídos de Tango, que sigue corriendo y se siente cada vez más lejos. Pampa corre hacia la orilla, mientras el viento le arranca el vestido y lo arrastra hasta los pies de Tango, que se detiene a recogerlo.

Es absurdo. El vestido, blanqueado por la luna, no arde; apenas conserva el calor natural de Pampa, su olor. Tango se lo lleva a la cara y por un momento cesan el viento y el frío.

Cuando vuelve a abrir los ojos, ya es tarde. El mar es una mujer muerta. Entre los puños apretados, las sábanas.

 

 

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