Martín

Carretera de Barcelona, noviembre de 1990

 

No había pasajes para viajar de noche. Así que Martín hace lo posible por no notar que al salir de la ducha, incluso antes de vestirse, ya ha empezado a transpirar. Se pone un perfume inútil, una remera blanca, y deja una nota para la familia. No se iban a perder un día de playa para despedirlo: alegan que la culpa es de él, que tiene que volver a Buenos Aires a recuperar un parcial de Psicología en pleno verano.

Bajo el sol cenital de febrero, resulta difícil recordar el olor de la lluvia de otoño en los pinos. Por las calles de arena y arcilla que cuadriculan el bosque Martín escucha sus pisadas, el roce de sus pantalones y el tintineo de las llaves. El paisaje parece detenido en el tiempo; todo Miramar se ha llevado el almuerzo a la playa.

De golpe, el ruido de un motor que se acerca, del otro lado de la cuesta. La nube de polvo se asoma un segundo antes que el auto de los Boschiglia, que maneja Santiago.

-¿No la viste a Cecilia?

-No hay un alma. Debemos ser los únicos tarados que no estamos en la playa.

-No, si yo voy para allá, pero quedé en que la pasaba a buscar para que no se me insolara por el camino. ¿Y vos adónde vas?

-A la terminal. Me vuelvo.

-Subí que te llevo. Si no vas a llegar derretido. Che, ¿y por qué tan pronto? Te perdés mi cumpleaños...

-Uy, cierto. Tengo que preparar un examen. Además quiero despedir a mi hermana.

-Sí, claro. La coartada ideal, pero después, la casa para vos solo, festival, despelote.

-No, en serio.

-Vamos, Martín, un tipo como vos, fachero, independiente, se tiene que embolar acá. Y me parece genial que hagas la tuya, ojo; pero, ¿a mí con versos, man? Eso a los viejos. Yo la tenía reclara, que tus historias las tendrías en Baires. ¿Cómo se llama la minita?

-Te digo que no es ninguna mina.

-Bueno, el flaco.

-¿Qué?

-Que cómo se llama.

-Fernanda.

-Lindo nombre.

Martín estira las piernas después de seis horas de viaje y confirma su sospecha de que Lautaro no vino a buscarlo como le prometió. No importa; por Libertador son diez minutos. Llega con la respiración agitada de los cuatro pisos por la escalera, aunque de día será peor, porque sabe que la casa estará tibia y cerrada, como al horno, bajo un sol despiadado cuya luz se puede detener pero cuyo calor consigue retorcer la madera del parqué. Abre con esas llaves que ya son casi suyas. El primer olor es el de algo que ha pasado mucho tiempo al fuego, la casa tal vez, porque es siempre el mismo olor. A mediodía, cuando se despierten, reverberará en el pasillo una luz de cal, que irá destiñendo sin tregua los lomos de los libros de la biblioteca y los afiches. Se mete en el baño, enorme, incongruente, y se desnuda. Atraviesa el saloncito empapelado por el dueño anterior con un papel de rosas color té que nunca se molestaron en arrancar. En la penumbra de la madrugada las máscaras parecen mirarlo. Sobre la mesa se recorta contra los faroles de la calle la única rosa verdadera, la que Lautaro compró para recibirlo a última hora, de regreso del bar, y el reloj despertador preparado para ir a buscarlo. Llega por fin al cuarto; sus ojos tardan en acostumbrarse a la oscuridad. El lo espera roncando, completamente vestido, en el colchón de las visitas que dispuso al lado de su propia cama. Martín se sumerge a tientas en el abrazo sonámbulo; está en casa. Recorre con las yemas de los dedos un rostro familiar y al llegar a los labios advierte que no son los de su amante.

La sorpresa le abre los ojos sin darle tiempo para reconocer aquellos rasgos. Y el ruido del despertador se convierte en el bocinazo con que el chófer lo devuelve a la realidad obligándolo a poner pie en la Estación Sur de Autobuses de Madrid.

 

 

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