Santiago
Madrid, noviembre de 1990
El café Larrea es uno de los sitios de ambiente más antiguos de Madrid. Juan lo abrió a sus cuarenta años, y ofreció el puesto de barman a Alberto, su amante de dieciocho. Cuando Alberto cumplió cuarenta, dejó a Juan por otro chico de dieciocho. Aunque Juan no se lo exigió, le pareció que también debía dejar el trabajo. Así fue cómo le propuso a Lautaro, un amigo argentino, que lo reemplazara: todos los demás tienen la vida demasiado hecha para cambiar de horarios, aunque vengan todas las noches desde hace años. Alberto también viene seguido; Juan se lo agradece porque sabe que para el resto de la clientela, salvo los pocos nuevos, el café no sería lo mismo sin él, aunque Lautaro ha hecho buenas migas con todos.
El Larrea está en el bajo de una vieja casa de la calle del mismo nombre. Es acogedor en invierno pero insoportable en verano, entre la madera, la alfombra, las paredes tapizadas y la falta de ventanas. Mucha gente joven viene una sola vez, un poco por turismo, pero entre la música de las folklóricas y las partidas de mus se sienten un poco fuera del club.
Santiago descubrió el lugar a través de Lautaro, a quien conoció en el ambulatorio cuando fue a hacerse las pruebas del sida. Le da no se qué cuando los habituales hacen rancho aparte y dejan a Lautaro solo en la barra (como a un barman), o peor aún, cuando no viene ni un alma. Y los lunes, cuando libra en el Memphis, no le cuesta nada hacer una escala en el Larrea antes de irse de marcha, o después, cuando Lautaro está a punto de cerrar. Esta noche lo sorprende encontrar a diez menores de treinta conversando animadamente.
-Son una coordinadora -le explica Lautaro-. Dicen que quieren reunirse en un lugar tranquilo hasta que la Comunidad de Madrid les dé un local. Chicos, este es Santiago, un amigo del país de origen. Jaime, Alejandro, Daniel, Emilio, Néstor, Enrique, Alvaro, Jose y Jose.
-¡Qué suerte que viniste! -dice Enrique, imitando como puede el acento porteño.
-Oye Gardel, ¿te apuntas mañana a la marcha?
-¿Qué marcha?
-La marcha contra el síndrome de la inmunda eficiencia, ¿cuál va a ser?
-Pasta de militante no le veo, la verdad...
-No milito. Es más, creo que si no fuera por el sida acá el movimiento ya se habría disuelto.
-Pero qué dices, tío...
-Y ahora que el sida ni siquiera es nuestra exclusividad...
-¿Te has oído? Has dicho nuestra.
Santiago sabe por qué discute, por qué se escuda en la polémica: en el fondo admira la cordialidad del grupo, que lo recibe como a uno más en menos de cinco minutos.
-¿Qué pasa que no respondes? ¿Te ha comido la lengua el gato o te has hecho donante de semen?
-Ese plural no prueba nada. Tenemos tanto en común como la otra mitad de la especie, que no va por ahí haciendo clubes.
-Vale ya. Para qué tanta discusión si cada uno hace lo que quiere. Aquí no imponemos nada, ¿sabes? Si vienes a militar, pues militas. Si quieres venir a las excursiones, pues vienes. ¿Que vienes a ligar? Apunta: siete dos cuatro...
-Un momento, Emilio. ¿No ves que es argentino? Igual hasta le gusta el fútbol -dice Jaime horrorizado.
-A mí lo que me va es el fútbol australiano. ¿Lo habéis visto?
-A ti lo que te va son los futbolistas australianos -aounta Néstor.
-Mira, pues sí. Mi fantasía es que el partido se suspende por lluvia, bajo a los vestuarios...
-Que ya nos la sabemos, Alejandro. Y a todo esto, no le hemos preguntado a Santiago la suya. Has de saber que un rito de iniciación en este grupo es que el neófito comparta con nosotros una fantasía.
-Lo cual para lo que es el grupo es bastante inocente, hasta tonto, diría yo. Lo mejor viene después.
-Cállate ya, Enriqueta, deja que nos cuente.
-Mi fantasía... no. No puedo.
-¡Venga ya! Jose nos contó la suya y no nos reímos. Quiere ser Santa Claus en el Corte Inglés para que se le sienten en las rodillas... todos los padres de familia de esos que andan por los treintaitantos.
-I'm dreaming of a Wild Christmas...
-Si necesitas más estímulos, te cuento la mía: estoy en un autobús de esos que van a la universidad y de golpe lo secuestran veinte estudiantes... y todos tienen abonos de transporte anaranjados... Los de menor de veintiuno, ¿sabes?
-A propósito del abono -dice Santiago-, ¿cómo funciona el tema?
-Pues por tres mil pelas o así puedes coger todos los autobuses y metros que quieras todas las veces que quieras en un mes...
-¿Y no se cansan de coger tanto y encima tan barato?
Después de las risas, Emilio vuelve al ataque.
-¿Habéis visto cómo ha cambiado de tema el muy cabrón? Sí, tú, Santiago. ¿Nos vas a contar tu fantasía o no?
-Otro día.
-¿Sabes lo que te digo? Que eres un cobarde, eso es lo que eres. Pareces maricón.
-Está bien, ahí va. Mi fantasía es hacer el amor a media noche, a la luz de las velas... -empieza Santiago.
-¿Y eso te pone cachondo? Pues no te hacía yo tan soso...
-Dejáme terminar. A media noche, a la luz de las velas... en una iglesia.
Por un momento, entre dos canciones, el bar queda en absoluto silencio. Lo rompe Lautaro:
-¡Muy bueno, doctor!
-La sublime transgresión. Siempre lo vedado: el menor de edad, el hombre casado, el cura... -teoriza Alvaro.
-No, si de curas no dije nada. Sería con un amigo.
-Esa sí que sería una pareja como Dios manda...
-Lo que le da más morbo es que sea en un lugar sagrado...
-O en un lugar público -agrega Lautaro-; yo llevo poco tiempo acá, pero creo que si estas mismas paredes hablaran...
-¿...se harían donantes de semen? -concluye Santiago, en medio de las risas.
-Macanudos los chicos, ¿no? -dice Lautaro cuando se quedan solos-. Le dan un poco de vida a esto.
-¿Te gusta alguno?
-De vista más de uno, pero son un poco tontos. Claro que siempre podés llevarte una sorpresa... Mi alumno era el típico nene bien con facha y con guita pero algo debió tener para que yo perdiera la cabeza.
-Nunca terminás de contarme esa historia.
-A lo mejor es porque en el fondo nunca terminó... Para mí empezaron muchas cosas, ¿sabés? -Lautaro sirve en dos vasos el fondo de una botella de Ballantine's-. Te hago una confesión: yo antes de ese flaco no entendía... Estuve casado, tuve un hijo y toda la bola.
-¡No me digas!
-Años de comer huevos fritos y de golpe descubro que los prefiero revueltos...
-¿Y lo dejaste todo por él?
-No. Mi mujer me metía los cuernos con el pediatra... Fue una putada grande; con decirte que me di cuenta por el pibe. Mi novia de la infancia, era cordobesa. Angélica se llamaba, como la de la zamba.
-¿La mataste? -ríen ambos-. Perdonáme. Tuve que intercalar una broma; te estabas poniendo muy trágico.
-A vos te lo perdono. Después de separarme anduve con varias minas. En la facultad tenía un arrastre increíble.
-Un poco arriesgado, ¿no?
-Según con quién te metás. A mí las taraditas ni fu ni fa, ¿viste? Pero al principio creía que Fernanda era diferente.
-¿Fernanda? ¿Y nuestro príncipe cuándo aparece?
-Lo conocí por ella; siempre estaba por el medio. Hasta el día de hoy no sé si ella se veía venir la historia y me hizo la cama o al principio lo metía de chaperón de puro tímida... La cosa es que cuando ya estaba más o menos cocinado el tema con Fernanda, va y se enferma. Y de golpe me quedo a solas con Martín en el camerino de un teatro...
-Actor, encima. La seducción empedernida.
-No, en el caso de él no importaba lo que hiciera. Creo que lo que me sedujo fue la desfachatez con que consiguió sacarme de mis esquemas...
-¿Y cómo se fue todo a la mierda?
-A Fernanda y a él les quedó pendiente el mismo parcial; lo iban a preparar juntos. Lo cierto es que Martín hizo un examen muy bueno y el de ella fue un desastre. Tuve que bocharla. A los pocos días habían llenado de anónimos las carteleras de la facultad.
-¿Y cómo se enteró?
-Nunca se supo. Supongo que me habrá visto salir de lo de Martín alguna mañana, cuando se reunían para estudiar. Le habrá hecho algún comentario a Martín haciéndose la que no sabía y él en lugar de legitimar mi visita con algún pretexto habrá inventado algo que le dio que pensar...
-¡Qué bajón! Claro, se quedó con las ganas, y...
-¿Pero sabés que fue lo peor? Cuando me explicaron por qué me expulsaban me dieron a entender que "en otras circunstancias" habría podido pasar...
-¿En qué otras circunstancias?
-Si me hubieran pescado con una mina.
Lautaro termina el whisky y enjuaga el vaso en silencio, con los labios apretados.
-¿Y a él no lo volviste a ver?
-No quise. Me fui de un día para el otro. Tenía que estar solo y decidir qué iba a hacer con mi vida; cómo volver a estructurarla. Eso no se hace en función de nadie -Santiago transcribe el tono con que Lautaro termina la frase en un punto final; el cordobés se ha desnudado el alma. Conmovido pero respetuoso, se obliga a cambiar de tema.
-Yo no sé que hacer con Rafa, el pibe que te conté. Ahora incluso trabajo con él, así que lo veo todos los días.
-Mal asunto- reacciona Lautaro un poco tarde, saliendo de la profundidad del recuerdo a la superficie de la conjetura-. ¿Estás seguro de que no entiende?
-Totalmente. Y de mí no sospecha nada: el otro día me felicitó por mi ex-cuñada, creyendo que había algo entre nosotros; como por un tiempo coincidimos en casa... Es la inocencia personificada.
-A veces me pregunto si algunas inocencias no esconden una estrategia muy meditada...
-No es el caso. Incluso me confesó que se quedó un poco metido con ella... Lo entiendo; yo mismo creí que estaba atrás de ella toda mi adolescencia, y no de su hermano mellizo...
-¿Y qué vas a hacer?
-Los voy a enganchar.
-¿Cómo?
-Ella se fue del Memphis sin darle el teléfono a Rafa y habían quedado en que le haría unas fotos, así que se lo di para que la llamara... A estas horas deben estar juntos en casa.
-Pero, ¿qué sos, mártir?
-Según lo que pase seré un mártir o un reverendo hijo de puta... El me quedó muy agradecido por el contacto. Si a ella le interesa, me lo saco de la cabeza; como creo que no le va a dar ni bola a lo mejor él viene a llorarme sus penas, et alors là...
-Ojalá, pero ¿si no? -suena el teléfono-. A ver bancá un segundo que atiendo.
-No, dejá, Lautaro. Me voy a dormir. Estoy molido.
-Como quieras. Gracias por escuchar.
-A vos. Nos vemos.