Santiago

Madrid, noviembre de 1990

 

-Pues si vienes aquí hace cinco años, es que alucinas -dice Rafael, buscando con la mirada lo que ya no existe-. Es que vamos, entrar aquí al Memphis era como entrar a un bar de Estados Unidos en los años cincuenta.

-A mí me gusta así -dice Santiago-. Claro que si decís que antes estaba mejor...

-Es que antes, ¿cómo te diría yo? Antes era todo más real, era lo auténtico.

-¿No será al revés? He de recordarte que acá en Madrid lo auténtico, más que el rockabilly, es el chotis.

Rafael no escucha. Está en el Memphis, pero el de hace cinco años. Es decir, el de hace cuarenta.

-Yo es que era venir todos los sábados. Todos los sábados, macho. Con la camiseta blanca, los levis, el peine en este bolsillo de atrás, ¿sabes? Antes también tenían espejos aquí abajo, y veías chavales que se tiraban horas peinándose el tupé. Antes entrabas vestido como tú o como yo ahora, así normal, y te miraban de arriba abajo como a un bicho raro.

Santiago mira los discos clavados a la pared, las fotos de los Cadillacs, la máquina de tabaco, que sólo vende Marlboro, y la gramola. Elvis Presley canta el Rock de la Cárcel para las dos parejas que bailan.

-Sí -concluye-. Supongo que venir vestido así como nosotros o fumar Fortuna les debe romper la ilusión.

-¡Qué pasa, Rafa!

-¡Hola, qué hay! -Rafael saluda con entusiasmo a una amiga del barrio.

-¿Así que ahora estás currando aquí?

Rafael asiente con inocultable orgullo. A los quince le servían la Budweiser tibia y nadie lo saludaba primero. Ahora, detrás de la barra, Rafael se reserva el derecho de admisión, aunque de momento no se ha planteado ejercerlo.

-¿Le pones una caña, Santiago?

Santiago empezó a trabajar en el Memphis ayer. Atiende la barra del subsuelo junto con Rafael, que ya lleva seis meses. Rafael sabe lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo; puede dar instrucciones a Santiago, incluso órdenes. Pero ése -intuye Santiago- es otro derecho que no piensa ejercer.

-Mejor ponme un cubata, gracias. Tú también eres nuevo, ¿no? Pero tu cara me suena. Soy Mar.

-Santiago. Si viniste en el verano a lo mejor me viste algún sábado... Tocaba con Los Imperdibles.

-No recuerdo. Oye, ponle otra copa a esta compatriota tuya.

-¡Negro! ¿Qué hacés acá? ¡Cómo te borraste, guacho! Ya te daba por muerto.

-¡Pampa! Perdonáme, tuve mil historias desde que nos vimos.

-¿Has visto, Rafa? No es que Madrid esté lleno de argentinos: son los cuatro gatos de siempre. ¿Pero de dónde me suena esa cara?

Pampa hace un gesto imitando a un mono.

-Calláte, después te explico.

-¿Os conocíais? -pregunta Rafael a Santiago.

-De pibes. Pampa, Rafael. Me consiguió este laburo.

-No le hagas caso. Por aquí se le quiere mucho. ¿Tú también eres música?

-Canto. Me acordaba de haber venido a ver a Santiago y pensé que a lo mejor necesitaban una cantante... Pero acá curten más rockabilly que blues, ¿no?

-No creas. La idea ahora es ampliar un poco las miras, sabes. Hacerlo más mainstream.

-¡Ahí va! ¡Si ahora hasta Rafa entiende de música!

-Qué va. Lo que sé lo sé por Santiago. Lo mío es la fotografía.

-Otro esclavo de la realidad, como servidora... -se queja Mar.

-¡Qué va! Si la fotografía de objetivo no tiene más que la pieza, tía. Es la realidad que eliges recordar, de la forma en que quieres recordarla: con o sin colores, filtros, profundidad, enfoque...

-¿Hacés books? ¿Cuánto cobrás? -pregunta Pampa sin rodeos.

-Eso es lo que yo llamo "ser rápida para los mandados". ¡Que lo parió! Éste hablándote de su arte y vos a los papeles.

-De eso nada, Santiago -dice Mar-; lo que quiere Rafa es ligar o vender, que con o sin cámara no se come una rosca, ni literal ni de las otras.

-Eso, Santiago, no te metás -interviene Pampa-. ¿No sabés que en este siglo el arte y el interés van de la mano? Vos mucha dodecafonía pero a la hora de verdad no sólo de partituras vive el hombre. Te voy a presentar a mi agente, a ver si te asesora. Así te ven, así te tratan.

-Mi consejo, Rafa: si querés ver un sope mejor no te metás con esta mina.

-Uy uy uy... ¿Ves lo que te digo, Rafa? Son cuatro gatos y a la menor oportunidad, se arañan.

-Dejá nomás, Mar. Tenía una sorpresa para él y ahora no se la voy a dar.

-¿Sorpresa? ¿Qué, alguna carta importante? -dice Santiago.

-Más bien un paquete...

-Un paquete simiesco, que ya me lo figuro yo -dice Mar-. Oye por cierto, Pampa, ¿será de familia?

-Calláte que se aviva.

-¿Un paquete de Tango? Decimeló, no seas jodida.

-Mirá, depende. Si te portás bien con nosotras, si me servís de una vez el bitter KAS y después nos invitás a otra, a lo mejor, y dije a lo mejor...

-¿Bitter KAS? ¿Te gusta ese brebaje?

-Because it is bitter... and because it is my heart.

-Oye, Pampa, que Rafa sabe inglés pero sólo si lo dijo Elvis, ¿vale?

-Antes de que me olvide te dejo mi teléfono, Rafa. Por lo de la música y por lo de las fotos. ¿O.K.?

-Hecho.

-No sé si es por provocarte, Santi, pero creo que me va a encantar hacer negocios con tu amigo.

-¿Pero me lo vas a contar o no? ¿Tenés un paquete de Tango?

-"Un", no; ¡"el"! -dice Mar, y las dos sueltan la carcajada.

 

 

 

<< Lectura lineal >>

 

<< Por personaje >>

 

Hosted by www.Geocities.ws

1