Martín
Barcelona, septiembre de 1990
Por esta noche Martín ha cumplido con sus obligaciones: Nueva Escena, Angeles, y sobre todo Nuria están satisfechas con su aporte al sonido de la obra. La remuneración casi simbólica que recibe le permite mantener cierto contacto con la realidad y quedarse a conocer Barcelona haciendo algo provechoso y grato, que posterga la tentación de mandar todo a la mierda y fundir su capital en la búsqueda interminable.
Martín cree que acabar borracho en los brazos de Nuria no es parte de esa búsqueda, sino una saliente a la que aferrarse al borde del abismo. Escapa del vacío; esta vez, es la libertad absoluta que le ofrecen las calles de una ciudad desconocida. Juventud, atractivo, dinero, anonimato: las posibilidades de ese cóctel lo embriagan, y lleva mucho tiempo sin probarlo. Pasan por su cabeza las ideas más disparatadas: huir con su guita y la de Pampa y no mirar atrás; irse a Madrid no en busca de su hermana, sino de Lautaro.
-Eso voy a hacer, ¿sabés, viejo? Desaparecer sin dejar rastro. Así podés inventarme la leyenda que quieras.
-Cállate ya, Martín -dice Nuria-. Que no has parado de hablar desde la primera raya. Si por lo menos hablaras conmigo... Apaga y ven a acostarte antes de que rompas algo, anda. No me des la noche.
En la oscuridad el mareo es aún mayor. Pero una vieja bronca indigesta le quita el sueño.
-Digo lo que se me canta. No tenés que escuchar si no querés. Hacéme sitio.
Esta noche, al meterse en la cama, Martín podría dejar a cargo de Nuria todas las decisiones, limitándose a disfrutar, antes de la resaca, de que ante sus ojos puede ser lo que quiera dar a conocer. Al fin y al cabo, ¿no es eso a lo que ha venido? ¿A quién quiso engrupir su padre al encargarle la misión de entregar en manos de Pampa la parte que le correspondía por la venta de La Marina? Venir era la solución ideal: poner tiempo y espacio -el que hiciera falta- entre él y el escándalo en que se había visto envuelto. Aunque en ciertas latitudes y en ciertas instituciones el escándalo no se olvida y rara vez se perdona.
-Dicen que lo nuestro es escandaloso... -tararea Martín, y Nuria, que no conoce el bolero, se da por aludida y lo besa en el cuello.
Escándalo. Qué ironía. La única complicidad entre Arregui y su hijo, que se remontaba a su infancia, era el indigno secreto de que la relación entre su padre y Elisa, su actual madrastra, había comenzado en vida de su madre. Complicidad gratuita además: apenas un niño, Martín llegó a temer que su padre supiera que sabía, y había cargado desde entonces con el silencio.
-¿No quieres que follemos? ¿Estás cansado? -le susurra Nuria al oído.
Pero Martín sumaría en su haber secretos más indignos. Su aterrada adolescencia osciló entre el espanto ante su propia sexualidad y la culpa de la muerte de su madre. Que ella también hubiera sido cómplice le parecía entonces tan repugnante como la posibilidad de enamorarse de otro hombre. Cuando aprendió por experiencia que el engaño podía ser una virtud (su vida sería mentira, como la de su padre) decidió juzgarlo antes de ser juzgado y lo condenó a indiferencia perpetua.
-Toma. Ponteló. Dame. Te lo pongo yo, ¿vale?
Descubrió que castigarlo dolía casi tanto como llevar a cuestas su propio destino de solitario autodidacta; el día de las segundas nupcias de su padre no aguantó más. Como creía que el ataque era la mejor defensa y era incapaz de decirle "ya tengo dieciocho años; vengo a que hablemos de igual a igual, a que me cuentes y a contarte, a que nos demos la oportunidad de entendernos" prefirió decir "no es que te odie; es que siempre lo supe". La respuesta fue igual de cobarde. "No sé de qué me hablás", se defendió Eduardo.
-Despacio, Martín. Que me haces daño.
Pero al poco tiempo le dio la oportunidad de cobrarse un favor no pedido: aunque Martín no pensaba salir del país -cosa que los ahorros y su parte de la venta de La Marina le permitían- su padre le sugirió el viaje a España. "Le llevás su parte a tu hermana y se la das en mano, que siempre es una tranquilidad. Le hacés compañía, te desconectás un poco, conocés otra gente... En una de esas te conquista una gallega."
-Espera, ¿te vas a correr ya?
Sutil represalia, crueldad de familia. Para dejar de ser un monstruo ante su padre, Martín tenía que convertirse en un monstruo ante sí mismo. ¿Que había detrás de la actitud de Arregui? ¿Ganas de ayudarlo o de deshacerse de él? ¿Acaso no sabía que el escándalo había dejado sin trabajo a Lautaro, que había resuelto irse precisamente a España? Aunque no lo dijera, daba la sensación de que por fin podía hacerle una oferta que no rechazaría. Porque su hijo también era un farsante, y eso que insistía en llamar amor era más atroz que el adulterio.
-¡Tomá! -grita Martín, acabando su masturbación frenética y furiosa dentro de Nuria-. Ya somos iguales...