Martín
Buenos Aires, noviembre de 1989
-El tema del teatro de Sartre no se puede tratar así nomás, Arregui. Recuérdeme que volvamos a hablar sobre eso en la próxima clase. Si sus compañeros no se oponen, claro. Paramos acá. ¿Les parece?
En el auditorio casi vacío, un eco absurdo repite el ruido de dos carpetas que se cierran.
-A lo mejor tienen suerte... -agrega el profesor Riolobos- y los puedo alcanzar a algún lado.
-Gracias, la verdad nos viene bárbaro -dice Fernanda-. ¿Venís, Martín?
-No seas confianzuda -dice Martín-. El 114 nos deja bien a los dos -mira a Lautaro-. ¿Cómo lo vamos a desviar del camino con esta lluvia?
-¡Es que con más razón! -insiste Lautaro a una voz con el trueno-. Con la de calles que se habrán inundado por Belgrano. Me queda de paso, les juro -perjura.
-Y ahora díganme -dice, dirigiéndose a Martín por el retrovisor-. ¿Qué le pasó hoy al resto? ¿Había otro examen...?
-Bueno, por empezar, la lluvia... -comienza él.
-No, digamos toda la verdad -interrumpe Fernanda con vehemencia anteojuda, y por un momento ambos la creen realmente capaz de decir que las clases son un desastre, con semejante diluvio y en coche ajeno-. Porque a lo mejor vos pensás que la gente se borra de tus clases porque no le gustan -(suspiros de alivio mentales, dos)-. Nada que ver. Lo que pasa, además de la lluvia, es que el de Ética dijo que aprobaba sin examen, y como muchos se habían anotado en varias materias para tirarse el lance...
-Esto pasa siempre en el último trimestre del ciclo básico-explica Martín-. Si la mayor parte del curso quiere seguir carreras técnicas deja las humanísticas optativas como Introducción a la Psicología para el final, con la secreta esperanza de robarlas.
-¡Vaya ética! ¿Entonces de Letras sólo vienen ustedes?
-No -contesta ella, como disculpándose-, yo voy a seguir Bioquímica.
-Y yo Ingeniería -dice él, con cara de qué ironía.
-Es muy halagador -admite Lautaro, olvidando las distancias.
-Me podés dejar acá nomás -dice Fernanda en el semáforo de Blanco Encalada y Cramer.
-¿Seguro?
-Sí, gracias, Lautaro. Hasta el lunes. Chau, Tincho. Te llamo para lo de Introducción.
-Chau. Nos hablamos.
Fernanda se queda en el semáforo luchando con el paraguas. El auto cruza Cramer.
-Tendría que haberme pasado al asiento de adelante.
-¿Delante de ella? No te entiendo. Al principio te ibas a ir en colectivo.
-No seas paranoico. ¿Qué tiene, pasarse adelante?
-Te habrías empapado. ¿Adónde vamos?
-Déjeme donde le venga bien, de verdad -bromea Martín.
-Muy bien -dice Lautaro, y frena. Se vuelve a mirarlo, serio. -Acá mismo.
El, sin entender:
-¿Lo decís en serio? ¿Qué te pasa?
Lautaro pone primera y sigue viaje hacia Barrancas. Ahora sonríe.
-Nada. Creí que me habías dejado de tutear.
-Boludo -dice Martín, abriéndose paso entre los asientos.
Ya desde antes de su divorcio, Lautaro se había descubierto culpable de una debilidad, bastante más peligrosa para su salud que la predisposición a acostarse con sus alumnas: se enamoraba de ellas. No de las minifaldas ni de los escotes, deliberada táctica de alguna que otra trasnochada para aprobar sin examen, sino de la inocencia, de la ignorancia, del hambre de experiencia.
La vehemencia anteojuda de Fernanda lo había atraído desde un primer momento, pero ella parecía no darse cuenta. Buscando oportunidades para estar a solas con ella, siempre acababa encontrándola con su inseparable compañero de estudios, un tal Martín. El colmo fue cuando sin saber muy bien a santo de qué, se comprometió con ambos a ir a un teatro de San Telmo a ver una obra sobre Wittgenstein -en la que Martín hacía un pequeño papel- y Fernanda cayó enferma.
Al cabo de la representación, otros actores reprocharon a Martín su actuación parsimoniosa, sin comprender que había actuado exclusivamente para Lautaro, que por una vez él tenía la oportunidad de ser objeto de su atención y de descansar su propia mirada, clavada en los ojos del profesor durante las clases.
Desde la platea, Lautaro podía mirarlo como un espectador más, sin la inquietud o la certeza de que sus miradas se cruzaran. Como Arregui en la facultad. Acostumbrado a ciertas miradas fijas durante sus clases, Lautaro se había impuesto un recorrido invisible que las sobrevolaba haciendo escalas en los cuadros y en las ventanas del auditorio. Al principio del curso había pensado que lo que desviaba su vista del recorrido, poniéndolo a merced de los ineludibles ojos de Arregui, era que casi siempre se sentaba al lado de Fernanda; cuando no era así, Lautaro atribuía su descuido a la curiosidad de comprobar si en algún momento Arregui bajaba la vista para tomar apuntes, o a la objetiva belleza clásica de los rasgos del alumno.
Con el correr de los días, Lautaro fue sumando a aquellos rasgos el brazo levantado, la voz firme, la pregunta incisiva. Luego comenzaron las interrupciones, los debates después de hora y las charlas al salir de la facultad con Fernanda. Por fin, ya en el teatro, la última revelación: Lautaro no se había sentido defraudado por la ausencia de Fernanda, ni había atinado a inventar excusas para romper el compromiso. Pudiendo haberlo hecho.
-Perdonáme pero voy a tardar un poco -Martín se asoma a la antesala al final de la obra-. Voy a ayudar a guardar los decorados. En compañías como ésta los que recién empezamos hacemos de todo... -explica-. Si querés esperáme en el camarín, ya no queda casi nadie.
Lautaro acaba el tercer cigarrillo sentado frente a los espejos. Por el suelo de tarima del pasillo llega el crujido de pisadas que se acercan. En el espejo sus ojos se encuentran con los de Martín, que cierra la puerta tras de sí. Sin apartar la mirada, Lautaro casi oye en el silencio los furiosos latidos que le golpean el pecho. Como un relámpago en su cabeza, se le ocurre pensar que Martín también los oye; que lo sabe, que lo supo incluso antes que él. Al cabo de un instante, en la voz de Martín, el trueno:
-Sacáte la ropa.