Santiago
Madrid, octubre de 1990
De regreso del Parque, Santiago se detiene en la esquina de Isaac Peral y Fernández de los Ríos. Hay un tramo de Isaac Peral que ya no es doble mano, y todos lo saben, menos los semáforos que se han quedado de espaldas y pasan las horas ciegas creyendo servir de algo.
Hablando de inercias vanas. Otra mundáfora, piensa Santiago, y se entretiene unos minutos buscándole un significado. Santiago llama mundáforas a los símbolos que forman el lenguaje gestual del mundo. Algunas mundáforas, como los terremotos y las tempestades, son más burdas que otras, pero el mundo también cuenta con formas más sutiles de expresión para quien quiera entender. No existen las analogías, ni los sentidos figurados; esas distancias verbales no son más que las anteojeras que protegen a quienes preferirían que el mundo no hablara tan claro.
Santiago es un iniciado en la materia, y si por la calle parece distraído, o directamente estúpido, es porque encuentra una mundáfora a cada paso que da. ¿A quién se le puede escapar el significado de que ésta sea la boca del metro y no la entrada?, se pregunta mientras baja las escaleras.
Antes de subir al metro, compra Segundamano. En el vagón abre el semanario en la sección Casas Compartidas.
-¡Hola! ¿Cómo andás?
-¡Lautaro! Qué hacés... Yo ya ves, buscando piso...
-¿Otra vez? Pero si la última vez que viniste al café...
-No, al final ese piso se lo subalquilo a mi ex-cuñada... Se me estaba yendo la guita en alquiler y entre una cosa y otra tampoco lo disfrutaba mucho, pero ahora me arrepiento. Ahora comparto con otros tres flacos...
-¡Qué morbo! Cuando te parezca cambiamos.
-Mirá que te tomo la palabra, ¿eh? Que en el café se debe ligar un montón.
-No te creas... O será que ya no soy el de antes. Me quitaron hasta la libido, puta que los parió.
-Salí, chanta. Ese verso no te lo creés ni vos.
-¡Pero a veces funciona! Con vos veo que no, ya no queda gente inocente.
-Es que cerca tuyo mucho no dura...
-Bueno, hablemos en serio, che. No te puedo alojar porque ya ves cómo estoy; yo tampoco debería estar durmiendo en el café, pero si no te queda otra ya sabés...
-Te agradezco, pero espero encontrar algo decente...-contesta Santiago con sorna.
-¡Pero tú de qué vas, tío! La decencia es casi tan aburrida como la docencia, y ojo que sé de lo que hablo. Un día tenemos que charlar, vos y yo... Bueno, me bajo, digo salgo. Señor, ¿SE PUEDE CORRER? Me encantan estos equívocos... Chau.
-¡Qué queda si no para divertir a los sudacas! Chau. No te pierdas.
-¡No te pierdas sin avisarme!
Lautaro. Ahí tenés un tipo sano, un cordobés gaucho y sin neuras, piensa Santiago. Encima recapaz y macanudo. Qué cosa. Lejos de Argentina se sabe enseguida y no hay término medio: los demás argentinos te llegan al alma o te revuelven las tripas. ¿Será que a falta de tierra uno busca arraigarse en los compatriotas y no les perdona la boludez?
Opositor no fumador comparte piso en Atocha con persona normal. Nómina. 34000 ptas. Llamar noches. 575 20 11.
¡Hola! Llamo por el anuncio. Soy una persona normal, qué le voy a hacer.
¡Hola! Llamo por el anuncio. No soy una persona normal, pero un opositor que no fuma tampoco así que estamos a mano; vos, yo y el descuartizador de Milwaukee, que no prendió un pucho en su vida.
¡Hola! Llamo por el anuncio. Ah, ya está alquilado. Vale, gracias.
A los veintidós, tener piso propio y exclusivo en Madrid -donde prácticamente no existen las casas- sería un privilegio. La opción es alquilar fuera de Madrid o compartir.
Santiago comparte piso con tres extranjeros. El alemán trabaja en otro bar y ambos duermen de día. Esto es posible gracias a que los dos estudiantes norteamericanos pasan el día en la Universidad Complutense y en los intercambios, lo cual no les impide ir de tapas todas las noches, siguiendo uno de los múltiples itinerarios de Hemingway.
Lo primero que un estadounidense sabe acerca de España es que el héroe de las letras norteamericanas participó en la Guerra Civil Española, y quedó hechizado por la cultura hispánica, en especial por los toros y las fiestas. Alrededor de la Plaza Mayor no hay tasca que no se precie de haberlo tenido de cliente, excepto una que exhibe con orgullo la inscripción "Hemingway NEVER ate here". Los toros y las fiestas subsisten, pero el principal embrujo español, al decir de muchos estudiantes norteamericanos, consiste en que a los dieciséis ya se puede consumir bebidas alcohólicas.
Ed y Ted tienen dieciocho, y han venido con unos treinta compañeros a pasar el curso 90-91 en Madrid. Sólo aparecen por el piso para dormir, por lo que Santiago y Hans llevan la peor parte en la distribución de tareas. Si alguna vez coinciden los cuatro en la cocina, es para discutir sobre las compras. El Berlín de la posguerra fría ha resurgido en la heladera -otra mundáfora-; la comida de ambos bandos se conserva en estantes separados. Lo cierto es que hasta que surgieron los conflictos trilingües, cuando el almuerzo de unos empezó a coincidir con el desayuno de otros, no había mucho de qué hablar. Santiago está contento de estar en guerra porque en su escala la caricia y la trompada no son opuestos sino grados: todo contacto es bienvenido, por aquello que citó Hemingway de que los hombres no son islas.
Pese a sus indiscriminadas ansias de confraternizar, a la hora de la verdad (la de ir al baño), Santiago preferiría vivir con menos gente. Quiere mudarse a un piso más chico, pero para eso necesita más trabajo, y había decidido no vivir para trabajar. Por algo había dejado de enseñar informática en el instituto. Hasta ahora las clases de saxo no han ido mal, pero no bastan; además, no quiere pasarse el día metido en casa. Quiere renovar su apuesta consigo mismo, intentar vivir de la música. Pero primero ¡oh verdad burguesa! está el tema del piso.
En su momento se le había ocurrido compartir piso con Rafael, que no quería seguir viviendo en casa de sus padres. Pero ahora teme -porque en el fondo desea- que él comprenda que los motivos de la propuesta no serían meramente económicos.
Hoy, de regreso del Parque, Santiago se desconoce. Ha caído en lo imperdonable: mantener una imagen frente a Rafael. Aunque nunca lo pregunte, Rafael no termina de entender qué es lo que los une, por qué se van de copas todos los días pero el argentino, que es mayor, nunca le ha propuesto ir de ligue. Santiago se conformaba pensando egoístamente que con su confesión sólo conseguiría acabar con los principales atractivos de Rafael: la asexualidad despreocupada, el optimismo a toda prueba, la convicción adolescente con que exponía sus absurdas paradojas -la variedad hace posible la atracción e imposible la unión, decía muy serio- y compartía sus ingenuas pequeñeces -cómo no ser feliz si el sol del otoño aún calienta, mira cómo he dejado la barra del bar de impecable, cosas así-.
Otros días, los de flojera, Santiago se odia porque su deseo es más fuerte que él, pero no lo suficiente para acabar con la farsa. Y odia a Rafael por no interpretar en el lenguaje de sus gestos, el ritual de los cigarrillos compartidos, las nerviosas cortesías mutuas y sí, las mariconadas, una paciente y civilizada seducción.