Santiago
Madrid, octubre de 1990
A veces Santiago se encuentra en el Parque del Oeste. Otras veces va a perderse.
Está al borde de Madrid, el Parque. Aunque es más pequeño y no tiene estanque, Santiago lo prefiere al del Retiro porque tampoco tiene quioscos, músicos, asfalto, bicicletas. Se dan cita allí, en cambio, muchísimos perros, sobre todo los domingos. Santiago conoce a muchos de ellos; son, como le gusta llamarlos, sus perros adoptivos. Los dueños parecen leer en la mirada de Santiago que tener un perro propio en su piso de Madrid es tan necesario como imposible y, manteniéndose a distancia, lo dejan jugar con ellos. Santiago pasa por el Parque todos los domingos, muy temprano y casi siempre sin dormir, para ver a sus perros y de paso despejar la resaca antes de ir al Rastro (le gusta el contraste: de aquel banco en la profundidad del Parque donde sólo existen los perros y apenas se oyen los autos, a las multitudinarias aglomeraciones de raza humana en la Plaza de Cascorro). Según Santiago, uno no se adentra en el Parque del Oeste, sino que se sumerge. En su caso la metáfora es acertada por varios motivos: más que extenderse, el Parque entero se desbarranca entre la Avenida de la Victoria y la de Valladolid; durante los primeros minutos de descenso, se agita en torno a Santiago como un mar de tierra -éste ya no es el Parque del Oeste, sino el Parque del Oeste Visto por Santiago a través del Alcohol-. No obstante, Santiago se sumerge en él con la convicción de que es capaz al mismo tiempo de atravesar el oleaje superficial y caótico de su pensamiento y acceder a su verdadera esencia, una corriente profunda que serpentea silenciosa, tan alejada de la razón y tan próxima al instinto como sus perros adoptivos.
Pero hoy no es domingo -no es día de pensar-, y Santiago no está con sus perros. Como cada día después de la lluvia, ha quedado con Rafael para jugar al ajedrez.
Aunque Santiago siempre llega primero, cada vez espera a Rafael en un lugar diferente, y por un momento -el que tarda Rafael en encontrarlo- puede verlo sin ser visto, saber si silba por el camino, si mira al cielo o al suelo, si aligera el paso cuando llega tarde: sospechar cómo es en realidad, qué es lo que quiere. Cuando Rafael no lo ve o sigue de largo, basta que Santiago grite su nombre para ver aparecer en su expresión la máscara social: su buen humor, su cortesía, un cierto recato.
Al cabo de los saludos y un mínimo intercambio de novedades, la partida transcurre en absoluto silencio.
-Me he vuelto a olvidar la cámara. ¿Has visto la luz que hay hoy? Este parque es demasiado -dice Rafael hacia el final.
-Deberían obligar a la gente a pasar por aquí al menos una vez por semana.
-Fascista. Jaque -murmura Rafael, en un mismo tono.
-Se le daría a cada uno una especie de pasaporte, y no se le permitiría trabajar, votar o manejar sin el sello de esa semana, que hiciera constar que ha pasado al menos cinco minutos acá, en silencio, escuchándose el alma -una ráfaga de viento deposita tres agujas de pino sobre el tablero, entre el rey y la torre de Santiago, a punto de enrocarse-. Yo sellaría, gratis. O mejor dicho a cambio de ciertas prerrogativas.
-Ya está bien de sangrar por la herida, ¿eh?
A Santiago le preocupa su situación de extranjero indocumentado, pero no tanto como supone Rafael. Como tantas otras cosas que querría decirle a Rafael, es muy largo de explicar: prefiere no reaccionar.
-Algo han de tener los parques para que la gente que los visita para distraerse y jugar al ajedrez, tarde o temprano se ponga a filosofar. A lo mejor las elucubraciones de los visitantes se quedan enredadas en las ramas de los árboles, y la lluvia las hace bajar -dice sonriendo, pero sólo con los labios.
-Los argentinos sóis todos igual de plastas.
La frase reaviva en Santiago una cruzada particular: la de lograr que Rafael salga del refugio de lo nacional, de escudarse en comentarios como aquí en España tal cosa y en tu país tal otra, y se decida a pasar a la posición más vulnerable del tú y yo.
Para eso, Santiago decidió que de un tiempo a esta parte el Parque dejara de ser para ambos el sitio de marcha obligado de las noches del verano madrileño, para convertirse en el foro de interminables disquisiciones a la luz del día. Pero Rafael se mantiene en la superficie y Santiago se cansa de tirar hacia abajo. Nada mejor que discutir estupideces y generalidades para no hablar, hablar de simulaciones e hipocresías que Santiago creía superadas e ignora por cuánto tiempo más podrá mantener en pie.
El ritual de dos viejos: un torneo de ajedrez, al parecer la única pasión en común. Y como en otoño el Parque es más selva y menos ciudad después de una tormenta, las partidas tienen esa fecha aleatoria: el día después de la lluvia, a las diez de la mañana. A veces transcurren semanas entre partida y partida, a veces horas. Pero desde que Rafael empezó a trabajar en el bar todos los días no se pueden permitir esa otra terapia madrileña de escaparse a la sierra, y han convenido en que el torneo es una buena excusa para oxigenarse. Lo decide la lluvia, pero en este país de ludópatas, como dice Santiago, bien podrían decidirlo los ciegos o la primitiva.
-Pensamos demasiado. ¿No seríamos mucho más felices si sólo dependiéramos de la cosecha de nuestros propios tomates? -postula Santiago, lamentando el acto fallido de pluralizar.
-¡Ya lo creo! No nos preocuparía el terrorismo, ni la cuestión de las autonomías, ni Europa, ni los alquileres... Jaque.
-¡Eso! -Santiago juega sin pensarlo, pendiente de su triunfo dialéctico.
-... y tendríamos preocupaciones aun más impredecibles: las heladas, el granizo, la sequía... Vivir es sentir el germen de la insatisfacción, tío. Y a propósito de insatisfacción... mate.
Santiago gruñe fastidiado. No por la derrota, cada vez menos ocasional, sino por la pontificación del aprendiz, socarrona pero pontificación al fin. Absortos en la competencia, los ajedrecistas no han advertido que el cielo se ha vuelto a cubrir.
-Che, Rafa, ¿ya consiguieron a otro pibe para la barra?
-No, ¿por qué?
-Ando mal de pelas. La verdad no sé si hice bien en dejar de dar clases, pero ya no puedo volver al instituto.
-Claro que has hecho bien. Lo tuyo es la música.
-¿No le hablarías de mí a tu jefe?
-Ni falta que hace, tío, si te conoce de cuando tocabas los sábados... Pero ¿a ti te va lo de poner copas? Igual sacas más pelas que tocando de vez en cuando, pero... no sé. Yo encantado, oye, sí que estaría bien. La pasaríamos pipa...
Las miradas de Santiago y Rafael se cruzan durante un instante demasiado largo. Rafael aparta la suya.
-¿Quieres un pucho? -Rafael sonríe al usar la palabra prestada; Santiago asiente. La mano de Rafael tiembla levemente al ofrecer el cigarrillo y el fuego. ¿Siente la misma tensión o es sólo temor a la proximidad?
-Parece que va a llover otra vez -dice Santiago, poniéndose a recoger las piezas con prisa torpe. Cuesta arriba, saliendo del Parque, no dicen palabra. Es como si ya se hubieran despedido; cuando Rafael se queda sin el papel de rival de Santiago, que dura lo que cada partida, vuelve a su timidez adolescente. Santiago, cubierto con el tablero, lo deja adelantarse unos pasos y en secreto observa su cuerpo en movimiento. Al llegar a Isaac Peral, Rafael se detiene ante la boca del metro.
-Bueno, Santi, en cuanto sepa algo te doy un toque. Oye, a ver si la próxima vez traigo la cámara y te hago algunas fotos, que necesito más práctica con humanos.
Santiago baja un escalón y se vuelve.
-Gracias por lo de humano -bromea. Cuando sus miradas coinciden cede al impulso-. Decíme una cosa, Rafa. Pero decíme la verdad. ¿Vos nunca te preguntaste por qué yo...?
-¿Qué?
Con su prisa, la gente arrastra a Santiago escaleras abajo.
-Nada, nada. Mañana hablamos.
Rafael sigue viaje hasta la parada del autobús. Por primera vez, la lluvia concluye un encuentro, en lugar de propiciarlo. El día después de la lluvia, sigue lloviendo.