Tango
Madrid, octubre de 1990
-Parece que va a llover otra vez -dice Tango en voz alta. Desnudo en el balcón, enciende un cigarrillo mientras observa el Paseo del Pintor Rosales bajo la lluvia, con la mezquina satisfacción de quien está bajo techo. Es una tormenta repentina que da a todos algo que hacer: el dueño de un quiosco desmantela su terraza rezagada del verano quizás ya por última vez, sus clientes interrumpen el ocioso aperitivo. La gitana del puesto de flores improvisa su retirada, mientras emergen del parque hombres, mujeres, niños y perros. Las mujeres, guareciéndose de la lluvia con los objetos más diversos: un diario, una bolsa, un maletín. Los hombres, como si no lloviera, excepto uno que se cubre con algo que parece un tablero de ajedrez.
Seguro que es extranjero, podría aventurar Tango en unos meses, tras ver a los hombres de esta ciudad salir sin paraguas aun al cabo de días y días de lluvia. A los madrileños no les molesta el impermeable ni siquiera en un día de sol, pero el paraguas les parecerá una muestra de cobardía, o de premeditación burguesa (llevar gabardina no; es casi un acto reflejo). Así, empaparse se convierte en una especie de estoicismo contemporáneo, como el de los muchachos de antes, que no usaban gomina.
La lluvia y el viento echan a Tango del balcón. En la cocina apura un mate ya casi frío y se levanta para ir al baño. Encuentra la crema de afeitar sin duda olvidada por Santiago, su hermano. Al lado, una caja de forros. Por un momento Tango contempla la siniestra posibilidad de que no sean de su hermano, sino de Pampa, o peor aún: que sean de ambos. Resuelve no afeitarse y regresa al cuarto donde duerme Pampa. Las sábanas la cubren por completo. Tango la imagina por un rato y después decide inspeccionar el piso. Es la primera vez que puede verlo de día y con detenimiento. A Santiago atribuye las dos o tres reproducciones de Dalí y de Magritte en la pared. A Pampa, un sofá vuelto a tapizar, con más buena voluntad que resultados. Cassettes, libros, ropa, fotos pegadas en la pared, una silla sin respaldo, una precaria mesa de caballetes y otras adquisiciones procedentes de las cacerías de muebles ya habituales en Santiago. Pero de la vida de Pampa y Santiago en Madrid todo es un mar de conjeturas para Tango, que llegó a Europa hace unas horas y buscando a su hermano sorprendió a Pampa en pleno sueño a las cuatro de la mañana.
La de Tango y Pampa es una historia real (donde las haya): nadie llamaría así a una pareja de argentinos a menos que existieran. Pero lo notable no es sólo que se entrecruzaran sus historias sino que hubieran ido creciendo hasta hacerse merecedores de sus respectivos sobrenombres, cuyo origen no se remonta, contrariamente a lo que suele suceder, a los trémulos balbuceos de hermanos menores: Pampa lo fue en honor a la provincia natal de su abuela materna; con el tiempo llegaría a ser tan salvaje como ella. En la cuna, Tango sólo dejaba de llorar si le ponían un ídem; la amargura, el rencor y la nostalgia le vendrían con los años.
Todo empezó por casualidad. Se conocieron en un partido de voley, en la playa; las dos familias veraneaban en Miramar. A los quince y diecisiete años les pareció un juego: Pampa y Tango empezaron a salir un poco por seguirle la corriente a la coincidencia, por consentir al destino. Con el tiempo llegó otra sorpresa: las ganas de ser fieles. Mejor, pensó Tango. No debe ser motivo de alarma, sino todo lo contrario. Sin embargo, al cabo de cinco años en que fueron inseparables, Pampa no pudo más y decidió poner diez mil kilómetros entre ella y todo lo demás, Tango incluido, y él por primera vez se planteó la posibilidad de que su análisis de la situación no hubiera sido del todo acertado. Pero como todo momento de lucidez, la sensación fue fugaz. Tango había llegado a España con una beca casi en el bolsillo, ganas de ver mundo y la misión de encontrar a su hermano, del que no se tenían noticias en Buenos Aires desde que su madre se había vuelto a casar. Tenía entendido que Pampa estaba en Barcelona y no había querido pensar demasiado en la posibilidad de ir en su busca. Pero el destino se había puesto de su lado, o eso creía; buscando a su hermano había dado con su antigua novia. Por irreal que le pareciera, se paseaba ahora por su departamento; anoche habían dormido juntos.
Para Tango la mujer es esa venus manca, un objeto de culto que el hombre ha puesto en un pedestal. Imaginando bajo las sábanas la forma de Pampa en su sueño quieto, murmura Nunca te voy a dejar, nunca voy a dejar que te pase nada, sin advertir que una parálisis le prometería lo mismo.