Tango

Miramar, enero de 1984

 

-Enseguida se le pasa -dice Martín, y echa a correr en pos de su hermana. Tango y Santiago Boschiglia no entienden lo que sucede. Es el verano de 1984 y esta tarde acaban de conocer a los Arregui: Martín, Pampa y sus primos Andrés y Fabián. Los seis perdieron un partido de voley juntos y organizaron este fogón nocturno en la playa, frente a La Marina.

-La de veces que habremos pasado frente a la casa de ustedes...-dice Tango-. Le decíamos el faro.

-Antes estaba mejor. Le falta mantenimiento -dice Fabián.

-A mí me gusta como está -dice Pampa.

-żTe acordás cuando éramos chicos? -le dice Martín-. Decías que cuando fueras grande nos ibas a comprar nuestra parte y te ibas a quedar a vivir acá todo el año.

-De monja de clausura la pasarías mejor... -dice Santiago- żY al hombre de tu vida dónde lo pensabas encontrar? żAbajo de una almeja?

-No lo pensaba buscar. Esperaría que me encontrara... Total, esas cosas se deciden solas; si tienen que pasar pasan.

-Tenés razón -dice Martín-. Mirá como conocimos a los chicos. Podríamos haber pasado otros tantos años veraneando en el mismo balneario y nunca nos habríamos visto...

-Bueno, yo sí me acuerdo de vos -le dice Tango a Pampa-. żNo tenías una malla roja hace unos años?

-ˇNo sabés lo podrido que me tenía Tango con la de la malla roja! -protesta Santiago, y los Arregui colman de burlas el sonrojado silencio de Tango y Pampa.

Cuando se acaban los juegos, la comida, la guitarreada y los chistes, llega la hora de las anécdotas sobrenaturales y las historias para no dormir. Tango fue el de la idea.

-Nunca me la voy a olvidar. Hasta sueño con ella, muchas noches -confiesa. Hace muchas pausas al hablar, pero no para crear suspenso, como creen los otros chicos, sino para mirar a Pampa, cerciorarse de que lo escucha. Pero ella, que antes se reía de los chistes, ahora tiene otra expresión-. Fue en la playa, muy cerca de acá. Yo tendría unos seis años, y vos cuatro -mira a su hermano-. Pero estabas en casa.

-żY qué pasa, no ibas a la playa, vos? -interrumpe Martín, dirigiéndose a Santiago.

-Mi última frivolidad fue usar chupete -bromea. Y como siempre desde entonces, los Arregui le festejan la ocurrencia, pero Santiago no puede disfrutarlo, porque siente a la vez la necesidad y la culpa de robarle la atención a su hermano mayor. Tango sonríe a la fuerza, como para acortar la interrupción.

-Era uno de esos días grises en que no se mete ni el bañero a hacer facha porque total la playa está desierta. Pero justo ese día las almejas casi salían solas y mamá y yo nos fuimos con los baldes a cosechar. La bandera estaba roja, y el mar picadísimo, casi corría de costado. Ya casi nos íbamos cuando me meto hasta la rodilla para enjuagar las almejas, y siento algo que me roza la pierna.

-Una aguaviva -dice Andrés.

-No, esto era duro. Rígido -Tango vuelve a alzar la vista para observar el efecto de sus palabras en Pampa. Ella parece no escuchar; acaricia a Kafka y dirige su mirada a lo lejos, hacia las luces de La Marina-. La cosa es que la corriente lo lleva un poco más allá y choca con un pescador que se pega un susto bárbaro, y llama a gritos al bañero. Mamá se aviva enseguida de lo que pasa y cuando yo corro a ver qué sostenía el bañero a los pies del pescador me quiere frenar, pero no llega. Es una sirena, dice mi vieja.

-ˇQué versera! -protesta Martín- żNo sabe que a los chicos no hay que mentirles?

-Y en eso la ola la da vuelta...

Tango se detiene sólo para observar las caras expectantes en torno al fuego. No llega a ver la de Pampa, que de repente se incorpora y echa a correr hacia la casa.

-Enseguida se le pasa -la disculpa Martín, y sigue a la carrera a su hermana. Desaparecido el objeto de su interés, y al parecer por su culpa, Tango concluye la historia de la ahogada con apagado entusiasmo.

También por obligación, Andrés relata el desenlace de la tragedia que los Arregui llaman crípticamente Lodemamá: por un descuido de los adultos -alguien quiso frenarla a tiempo, pero tampoco llegó-, Pampa alcanzó a ver el cadáver todavía humeante de su madre cuando tiraron abajo la puerta del baño.

Los dos hermanos escalan en silencio el médano hacia La Marina, y Santiago, para no hablar, va a mojarse los pies a la orilla. Tango se queda un rato mirando el fuego, sabiendo que desde entonces tendrá otro significado para él y para Santiago, como para los Arregui desde Lodemamá.

Mentalmente, Tango ata los cabos sueltos: su madre le había dicho que la mujer muerta era una sirena -en su momento le habría parecido la única forma de justificar la sonrisa del cadáver y a su hijo no se le había ocurrido decirle que las sirenas no se ahogan-. Diez años más tarde, por fin, la singular simetría: la sirena había vuelto al mar a ahogar las llamas.

 

 

<< Lectura lineal >>

 

Por personaje >>

 

Hosted by www.Geocities.ws

1