Pampa

Buenos Aires, febrero de 1990

 

En un restaurante de la Recoleta, Eduardo Arregui, un hombre de unos cincuenta años, ingeniero, ayuda a una mujer de veinte a ponerse el impermeable y le abre la puerta al salir. A Pampa, que en otras circunstancias se habría sentido halagada, la cortesía de su padre la violenta: tiene la certeza de que la gente del restaurante la ha tomado por su amante.

Otra escena equívoca: el padre de Pampa pasea a Kafka por la playa un verano en Miramar; en dirección opuesta se acerca Elisa, la madre de Tango, con su perro. A la distancia, Pampa presta atención al primer encuentro de su padre y la madre de su novio de hace tres días, a los gestos de la conversación entre dos desconocidos que todavía ignoran la relación entre sus hijos. Hablarán de perros, el único tema en común, piensa Pampa cuando la conversación supera la duración de un saludo. De repente, algo interrumpe el diálogo: Eduardo se da cuenta de que el perro de Tango está revolcándose sobre un pescado muerto. Al grito de ¡Golfo!, el perro se acerca al trote a los humanos. A los ojos de un observador, un matrimonio pasea a sus perros por la playa. Lo que Pampa registra, inconscientemente, es que el perro de otra familia obedece a la voz de su padre. Un mecanismo de defensa recreará la escena durante varios meses en un sueño que olvidará al despertar: la cara de su padre, de repente, es la de un extraño.

¿Por qué me regalás un viaje a Europa, a estas alturas? ¿Es un soborno retroactivo? ¿Qué regalo le vas a hacer a Martín? ¿Le avisaste que mi avión salía hoy? Más preguntas que Pampa nunca hará a su padre, desde aquella lejana ¿Conocías de antes a Elisa Boschiglia? que nunca se atrevió a hacer y los acontecimientos se encargaron de responder.

Martín, distante desde siempre, fue el precursor de la desintegración familiar. Ya había empezado a moverse por su cuenta incluso antes de la muerte de su madre. ¿Acaso una reacción precoz ante la infidelidad matrimonial de Arregui? Pampa nunca habló con Martín del asunto; la habitual frialdad entre Martín y su padre le parece prueba suficiente. Pero, ¿ni siquiera va a venir a despedirme? ¿O al menos a encargarme algo? ¿Cuándo se habrá cruzado con papá por última vez?

-¿Sabés algo de Martín?

-No. Le dejé una nota para que viniera pero creo que no pasó la noche en casa.

-Se habrá quedado estudiando hasta tarde en lo de Fernanda, como siempre...

-Por mí que se acueste con ella. Pero no le costaría nada avisar.

-Mirá quién habla. Como si alguna vez te hubieras molestado en avisarnos cuando empezaste a pasar la noche en lo de Elisa.

-Tenés razón, no soy el más indicado para recriminarle nada. Pero me preocupa. La última vez que hablamos me dijo que a lo mejor al mismo tiempo que Ingeniería hacía Arte Dramático.

-Y dejálo. Si da abasto...

-Lo que es inconcebible es que no se den cuenta de que Ingeniería no te deja tiempo para otra cosa. Lo veo muy perdido, Pampa. Vaya a saber en qué historias anda metido. Yo nunca supe llegar a él; encima ahora vos te vas... ¿Cuántos dólares llevás?

-Suficientes, pa.

-Prometéme que me vas a llamar si te hace falta algo. Y no te olvides que en cuando acabe la sucesión de tu madre se vende La Marina; contá con tu parte. Tené cuidado, Pampa.

-Sí, papá. Vos también -responde Pampa conmovida, como cada vez que su padre recurre al exceso de responsabilidad como torpe sucedáneo de la ternura.

¿Cuándo se perdió la ternura en la familia? piensa Pampa. ¿Acaso mamá se la llevó consigo, junto con la música y la risa de La Marina? A veces parece que vivimos bajo el mismo techo por casualidad. La edad, el parecido, los gestos, los hábitos compartidos: lo único que nos queda. O tal vez todos quisimos tanto a mamá que no nos sobró amor para los demás.

En circunstancias normales, Pampa y Martín ya habrían estado en edad de comprender la infidelidad, de perdonarla en la parte que les tocaba: la de las cenas frías y a solas, la de los sábados huérfanos. Pero en el fondo -los tres lo saben- Lodemamá, indisolublemente ligado al adulterio, ha convertido la falta en un daño irreparable.

 

 

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