Martín

Miramar, enero de 1985

 

Sobre la tabla, a cien metros de la rompiente, Martín Arregui busca en tierra firme el punto de referencia de La Marina: la torre de la biblioteca, que simula un faro. Desde que él, su hermana y sus primos eran chicos, la luz de la ventana de la biblioteca era la señal que les avisaba, por lejos que estuvieran, que la cena estaba lista en la casa de la playa.

Esa y otras costumbres domésticas de los Arregui se perdieron con su madre. Durante el año, el colegio y los horarios del padre en la constructora no les permiten pasar mucho tiempo en familia; los veranos, cuya rutina en vida de Clara llegó a adquirir proporciones litúrgicas, son ahora un simulacro concertado. Ver a Clara en todas y en ninguna parte es penoso y desconcertante; a cien metros de la rompiente, en cambio, parece que todo sigue igual: Martín no alcanza a ver que su padre ha dejado La Marina a merced del mar y que la familia ha naufragado. Pampa, Andrés y Fabián comparten la tácita consigna de pasar el mayor tiempo posible fuera de la casa.

Para huir, los chicos tienen la excusa de la edad: con el tiempo habrían ido alejándose, rebelándose, y tarde o temprano la señal de la biblioteca habría quedado en desuso. Es la edad de ir en patota, la edad del pavo -salvo para Martín-.

No hay nada peor en la edad del pavo que no estar en la edad del pavo, y alguien que cree saber lo que quiere, en una etapa en que cuanto más perdido mejor, se expone a la soledad. Martín no está preparado para los típicos veranos de la juventud: durante toda su infancia vivió sus momentos más felices dentro del útero acaracolado de La Marina. En plena adolescencia (¡y en pleno verano!), cuando es cuestión de ir con el montón porque desparramados-qué-hacemos, Martín no termina de encajar: cosas como la camaradería y el calor del grupo no están hechas para él.

El Problema, o mejor dicho, el problema -desde Lodemamá todo es minúsculo en la familia- es que Martín parece estar muy bien solo, y si por alguna razón tuviera que prescindir de la humanidad, todavía le quedan los animales y las plantas (pavada de reinos). Así, mientras en la caravana en la ruta dos rumbo a Miramar sus primos hablan del colaless y de los boliches, Martín sólo piensa en el mar: ha descubierto en él un nuevo punto de apoyo, y en el windsurf una forma de afirmar su individualismo. En el agua se siente seguro: distante pero alerta, ágil, autónomo. De hecho, ese deporte le permite pasar más horas en el mar que a su familia entera. Tal vez el único motivo de envidia de sus primos es la admiración femenina que despierta(a juicio de ellos, totalmente desaprovechada), además del atractivo natural de Martín, de su destreza sobre las olas.

-Lo de tu primo es un don -suspira la-que-le-gusta-a-Andrés, siguiendo boquiabierta la trayectoria de la vela a la distancia.

-A mi primo le pasa como a las focas -reacciona Andrés con crueldad adolescente-. Vas a ver cómo pierde la gracia en cuanto pisa tierra firme.

-Envidia pura -contraataca desde la arena Pampa, que hasta ahora parecía dormir bajo el sol-. Acordáte del arrastre que tenía el verano pasado cuando trabajó de guardavidas. Si quisiera les sacaría todas las minitas a vos, a tu hermano y al primo de éste. Y a todo esto, ¿dónde se metió Santiago? -pregunta Pampa a su novio.

-Se fue al agua, creo -dice Tango-. Mirá, Pampa, entiendo que defiendas a tu hermano, pero tenés que reconocer que un poco fanfa es. Si por lo menos se cayera una vez...

En ese momento, como si obedeciera, Martín se inclina demasiado y la vela pasa a su lado del aire.

Puaj. Qué salada.

O tengo mala memoria, o el año pasado yo no me caía tan boludamente. No, claro; es que el año pasado hacía la mía, no me distraía con exhibiciones y florituras. Basta que uno esté pendiente de que lo están mirando... ¿Es o no es, ése que está nadando para acá? Mejor me subo otra vez. En una de esas no me vio caer.

 

 

 

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