Prólogo
Miramar, diciembre de 1983
¿Por qué no te esfumás?
Clara Arregui está encerrada en el baño de La Marina, la casa de la playa, rellenando a escondidas una de las botellas de alcohol con ginebra y fumando Parisiennes. Le habla a su hermana Lucila, que está del otro lado del espejo. Ultimamente hablan largo y tendido, incluso más que en vida de Lucila. Cuando Eduardo se va a pescar y Martín y Pampa a juntar almejas, nadie las interrumpe.
Así pensamos los que hacemos Criollitas, le dijo Lucila la primera vez que le habló. Clara nunca pensó que una frase tan familiar pudiera sonar tan siniestra; muchas veces había visto la propaganda de esas galletitas en la tele, la del desayuno de la familia ideal, de mirada almibarada y sonrisa de dentífrico. Como la nuestra, pensaba antes Clara. Ahora le parece cursi. Desde que volvió Lucila a interrumpirle su vida de aviso publicitario, metiéndole otras ideas en la cabeza como que la dichosa familia de Criollitas sólo existe en su imaginación.
Pero fue la muerte de su hermana, no su reaparición, lo que la empujó al hábito clandestino del alcohol. De hecho, al principio las apariciones de Lucila no le molestaban. Al contrario; los días en que iba a la playa, cuando la charla de Julia, su cuñada, terminaba de aburrirla, dejaba a los chicos a su cuidado y se volvía a mediodía, con ganas de hacerle compañía a su pobre hermana, tan sola en el espejo y en parte por su culpa. Era una sensación rara: Lucila siempre se las arreglaba para aparecer con su misma ropa, como cuando eran chicas; Clara nunca sabía si estaba conversando con su hermana o con su propio reflejo. A veces se pasaba horas esperando el siguiente encuentro, preguntándose si el anterior habría sido el último. Otras veces dudaba de que hubiera sucedido; en el cada vez más etílico fluir de su conciencia las pocas ideas que se mantenían a flote pasaban a la deriva y Clara no lograba asirse a ninguna.
Clara abre desmesuradamente los ojos, poniendo especial atención en no derramar una sola gota delatora, con el placer infantil de lejanas travesuras. Esperando a su hermana, recuerda las aventuras y los juegos compartidos de la niñez, demorados hasta la adolescencia: juegos de gemelas. Clara nunca olvidó aquella vez a la salida del cine Paramount, cuando Eduardo vio a Lucila a su lado. El parecido lo ha dejado estupefacto al joven Arregui, había dicho su madre para llenar aquel silencio, y así corroboró Clara que no había sido la única en ver en la expresión de Eduardo más que simple estupor. Nada había sido una sorpresa desde entonces: ni el fin del idilio, ni el posterior noviazgo de Eduardo y Lucila, ni su boda. Tal vez el accidente de auto en que se mató Lucila, en plena luna de miel, sí sorprendió a algunos. Sobre todo a Clara, cuyas últimas palabras a Lucila habían sido Ojalá te mueras.
¿Cuál es el precio de alcanzar todo lo que se ansía? se pregunta Clara, tratando de leer la etiqueta de la botella, borroneada en trémulos descuidos. Tras el luto por la muerte de Lucila, Clara y Eduardo reanudaron el noviazgo trunco, se casaron y, con la llegada de Pampa y Martín, la pareja de mellizos, la dicha pareció completa.
¿Qué responsabilidades entraña un simple deseo? Ninguna, era la respuesta que había mantenido a Clara al borde de la cordura. Hasta que como un absceso de felicidad, regresó Lucila, a bajar a su hermana de la nube con la noticia de que Eduardo tenía una amante. Ahora Clara sabe que Lucila no la perdona, que recurrirá a cualquier golpe bajo para amargarle la vida.
Clara mira el reflejo del humo del cigarrillo en el espejo hasta que su vista se nubla. ¿Por qué será que estas ideas siempre sobrevienen en el baño? Lucila está inquieta, no contesta. ¡Tiene miedo!
¿Qué buscás? Dejá esa navaja donde estaba. Sabés que a Eduardo le revienta que le cambien de lugar las cosas.
¿Querés un poco de spray en plena jeta?
No, che. En serio, no jodás. ¿Qué estás haciendo con el dentífrico? Mirá, te pegoteaste toda... ¿Y ahora con qué te sacás estas manchas, eh?
Clara comienza a quitarse el camisón. En un momento en que le oculta la vista, siente frío en los muslos. Pero no el frío lógico de la desnudez; un frío húmedo. Huele a alcohol.
¡Pará! ¿Qué hacés?
Clara vuelve a asomarse por el escote del camisón; en el reflejo salpicado de alcohol nota que Lucila tiene su encendedor en la mano. Clara siente más frío, ahora en todo el cuerpo.
Pero enseguida se le pasa.