Pampa

Madrid, octubre de 1990

 

En un restaurante del barrio de Salamanca, Javier Peñalver, un hombre de unos cincuenta años, actor, le quita el abrigo a una mujer de veinte años y le acerca la silla para que se siente. Pampa esconde su irritación tras un gesto afable. Recuerda y comprende el motivo: está segura de que la gente del restaurante cree que es la hija de su amante.

Para qué habré venido, piensa Pampa cuando le traen la caipirinha. Distraídamente, advierte que esta noche toca el mismo cuarteto de cuerdas que ha visto más de una vez en el Café del Prado.

-¿Se puede saber por qué me citaste acá? ¿Querías presentarme a alguien?

Pampa alza la voz en esta frase, mirando nerviosa a su alrededor. Javier enciende la pipa con lentitud, como si una cortina de humo bastara para separarlo de esa joven y de su agresividad acumulada.

-No es lo que yo llamaría discreción. ¿Qué querés demostrar? ¿A quién? No, si la idiota soy yo, por venir igual...

-He quedado a cenar con la gente de Sincronía. ¿Recuerdas?

-No.

-Los del estudio de doblaje. Me acaban de encargar una serie. No sé si llegué a comentártelo pero les encantó tu voz. Me pareció una buena oportunidad de que volvieras a verles, así como por casualidad... Pero si vienes en plan de montar números, casi mejor lo dejamos, ¿eh?

-Es curioso. Creo recordar un número que habías montado vos... Fue en aquel rincón, ¿te acordás?

Seguro que se acuerda. Tres semanas atrás, en la cena de la compañía, de regreso de la gira por Cataluña. El vino, las llamas de las velas rítmicamente estremecidas por un ventilador, el productor que Javier había sentado al lado de Pampa para que ella le hablara de su música. El pie izquierdo de Javier, descalzo, explorando por primera vez la entrepierna de Pampa.

-Necesito a mi familia, Pampa. Eres demasiado joven para entenderlo.

-Para oír lo de siempre me quedo con tu contestador.

-Si pudieras dejar de castigarte te darías cuenta de que te mereces otra cosa.

-¿Que una despedida por teléfono o que vos? Esta cena me sabe a premio consuelo.

-Carmen se lo ha pensado. Ha dicho que me perdona.

-Típico. Como te perdona te olvidás de todo lo que te hizo. Hace dos semanas era nada más que la madre de tus hijos, y ahora resulta que es nada menos.

Pampa nunca pensó que tendría que decirle algo así. ¿Cuándo se convirtió su amante en padre ejemplar? ¿O siempre fue así y ella no se dio cuenta?

-Pues no era ese el tema que tenía pensado tratar, ¿sabes? Te llamé porque estaba preocupado por ti.

-Te lo agradezco, pero sé cuidarme sola. Sé que fue loco lo de seguirte a Madrid pero por suerte caí parada. Ya conseguí que me subalquilaran un piso; el hermano de un novio mío de Buenos Aires. Y el trabajo ya sabés cómo es, vos también tuviste veinte años y elegiste la bohemia...

-Pues yo en tu lugar me pensaría esto del doblaje. Tiene mucho futuro y te daría muchos contactos. También tengo un amigo en publicidad que está buscando músicas para anuncios...

-Gracias otra vez, pero no me hace falta. Estoy tratando de buscar exactamente la música que quiero hacer, y todo lo demás son distracciones, cuanto mejor pagadas, peor. Dentro de diez años pasar el hambre del artista va a ser ridículo, así que dejáme pasarla ahora. ¡Camarero!

-Pampa, Pampa... -suspira Javier-. Qué poco tenemos que ver tú y yo en el fondo, ¿no crees? Si te hubiera conocido hace veinte años...

-Habrías acabado en la cárcel; yo tenía tres.

-Tú y tus chorradas -protesta Javier guardando la pipa-. Siempre escudándote en una broma. Yo quería hablarte en serio, pedirte perdón otra vez si alguna vez te di a entender algo que no fue, decirte que nuestra relación me quitó años de encima, que no voy a olvidarte y espero poder seguir viéndote...

-Mejor no. No sé... No. No me llames.

-Si así lo prefieres, respeto tu decisión. De todos modos ya sabes dónde encontrarme. ¡Quita! Pago yo.

Para eso el aborto lo pagué yo, piensa Pampa, y si no lo dice en voz alta es porque sabe que esta vez la culpa fue sólo suya, por torpe, por impulsiva, por querer creer más en los instantes de pasión que en las promesas de eterna armonía.

De regreso a casa Pampa hace una lista mental de errores cometidos: acudir a la cita (conocer a Javier, enamorarse de él sin reparos, seguirlo a Madrid), volver a casa sin cenar (despreciar sus contactos laborales, no durar en ningún trabajo, no desesperar de la música), acostarse sin sueño (hartar con su amor a los otros, hartarse del amor de otros, irse del país). El cansancio puede más que el vacío, y Pampa se queda dormida entre la una y la una y cuarto. Tres horas más tarde la despierta el timbre.

 

 

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