Pampa
Madrid, octubre de 1990
Nunca te voy a dejar. Nunca voy a dejar que te pase nada, me dice Tango en el sueño. Pero qué sueño, si estoy despierta, piensa Pampa. Entreabre un ojo y sólo ve sábanas. Oye que Tango se está vistiendo, y decide fingir que duerme hasta que se le dé por bajar a desayunar, hasta que su casa vuelva a ser sólo suya. Me lo tengo merecido. Me hubiera ido a dormir al bulín de Javier (¡todavía no le devolví la llave!) y sí, Tango me habría encontrado, pero a la mañana siguiente, del todo lúcida y con tiempo de conseguirle un colchón o la casa de otro. Pero la noche es débil y la carne larga, y a las dos de la mañana me agarró con la mente zombie pero el cuerpo insomne, y bueno, fue una especie de golpe bajo, o un abuso de confianza consentido. Lo cual me recuerda peligrosamente al incesto, sobre todo desde que se casaron los viejos.
¿Cómo explicarlo? Fue como un mecanismo de defensa. Como hacerme la dormida, ahora. Para no hablar. A lo que hemos llegado: ahora resulta que hacer el amor se ha convertido en el supremo acto de incomunicación. Muy bueno lo suyo, Pampa.
Es que he tenido una infancia difícil, se oye murmurar entre las sábanas, y sonríe. Esta frase que ahora emplea a todas horas para disculpar a cualquiera cualquier cosa -desde las declaraciones de los políticos hasta el malhumor del taxista- no ha sido siempre una broma. Pampa ha tenido una infancia difícil, pero como no sabe mentir lo afirma en tono risueño, para que no la tomen muy en serio. La infancia difícil había empezado bastante antes de Lodemamá; tres cambios de escuela en dos años demostraban que hacía honor a su apodo. Después de Lodemamá fue todavía peor, pero no tenía gracia: todo se le perdonaba. Llegó un momento en que las caras de circunstancia y la compasión no buscada acabaron por cansarla. Pampa tomó las riendas de su existencia, casi sin darse cuenta, el día en que a la vuelta de un fogón decidió reunir a su padre y a su hermano en el porche de La Marina y pedirles que en lo posible y en lo sucesivo Lodemamá pasara de la calidad de recuerdo a la de secreto, sin que por eso perdiera intensidad la entrañable memoria de Clara. Así cambió Pampa condolencias por caricias y lástima por afecto, dejando de ser a los ojos de los demás el adorno frágil que sólo existía para ser objeto de la protección ajena. Y sin embargo Tango...
Por supuesto que Tango sabe los pormenores de Lodemamá, aquella noche en Miramar no quedó otra y alguien se los habrá explicado, pero por tácito acuerdo nunca lo hablamos y así es mejor. Sea como fuere, no puede ser esa la única explicación de su amor parapolicial, razona Pampa.
Soy traficante, Tango. ¡Ahí está! Estoy fuera de la ley y vos tenés tus lealtades. No. Si además le pongo peligro se me hace héroe y no me lo saco más de encima.
Tengo novia, Tango. Eso sí que lo mata. No, pobre. Dada su manifiesta inclinación a la autoflagelación es capaz de hacerse responsable y tampoco es cuestión de ponerle el látigo en la mano.
Ando con un tipo casado, Tango. No. Aunque hace unos días hubiera sido verdad es ponérselo fácil. Tendría que ser un obstáculo insalvable, algo contra lo que no pudiera luchar.
¿Y si me esfumo?
A lo mejor me estoy acelerando. A lo mejor podemos tener una relación más... europea, qué se yo. Más abierta, más consciente...
En su ideal, Pampa combina el cuerpo de Tango con la mente de Javier, la juventud de uno con la madurez del otro. Pampa siente por Tango una atracción física sólo equiparable al rechazo que le produce recordar la institución que representó aquel noviazgo de su adolescencia. Con Tango había jugado a replicar el recuerdo infantil del matrimonio de sus padres. Cuando la verdad se encargó de desmitificarlo, Pampa juró que se alejaría cuanto pudiera de aquel modelo antes de que se repitiera la historia. Por eso quiso jugar con Javier a ser ella la adúltera, sólo para confirmar con el aborto que en su familia adulterio rimaba con muerte.