Tango
Buenos Aires, noviembre de 1983
Tango ya lo había soñado: encontraría a Pampa, pasaría la noche con ella y tras una muda reconciliación volverían a estar juntos. Al día siguiente le llevaría medialunas tibias a la cama. A diferencia de su hermano, Tango no se sorprende pensando ¡pero si esto me pasó en un sueño!, porque en su vida despierto los plagia descaradamente.
Pampa también había soñado el reencuentro. Despertaba de la recurrente pesadilla con una expresión desesperada, muy similar a aquella con la que recibe ahora a Tango.
¡En mi sueño no tenías esa cara! protesta Tango para sus adentros. Y muy, pero muy de a poco, empieza a despertar.
Las cosas ya no son tan sencillas. ¿Será eso crecer? ¿Prepararse para un mundo de líneas rectas y descubrir que sólo está lleno de curvas? La última noción de orden en la mente de Tango se remonta al año en que terminó la secundaria, y el primer síntoma del desorden que se avecinaba fue aquella conversación a solas con su padre -uno de los últimos recuerdos vívidos que conserva de él- a la salida de la entrega de diplomas.
La memoria de Tango está jalonada de instantes solemnes. Sí, ésa es la palabra: jalonada. Nunca se ha detenido a pensar lo que es un jalón, pero entre otros instantes solemnes su memoria ha quedado jalonada de homenajes a su abuelo, el general Ignacio Boschiglia, en que solían aparecer palabras como ésa. Se le figura que los jalones vienen a ser algo así como las estaciones de un Via Crucis, y que no deben confundirse con los galones, que ya sabía descifrar en los desfiles desde chico y desde lejos, para el deleite de sus tías gordas.
Este es uno de esos instantes solemnes. Esta noche Tango concluirá su escuela secundaria, y la emoción de la ceremonia se mezcla con la de la despedida de sus compañeros.
Qué contento estaría el abuelo en este momento, piensa Tango mientras lustra sus zapatos pensando en el coronel Boschiglia, que los sábados en que había fiesta en el club daba el repaso final con la franela a los zapatos de sus nietos antes de que se fueran a bailar, recriminándoles las horas de peine frente al espejo sin mucha convicción, porque en el fondo ése era otro ritual y él también había rendido culto a un uniforme.
Tango sabe que recordará los años de escuela como los mejores de su vida, al igual que sus compañeros, muchos de los cuales tal vez no vuelva a ver. Pero a diferencia de muchos de ellos, no se siente desorientado: amparado por la idea de que la vida consiste en una sucesión de órdenes, cree que se avecina el comienzo de otra etapa con reglas de juego claramente establecidas: de la secundaria pasará a la colimba y de ahí a la Escuela de Periodismo.
Consciente depositario del orgullo de su familia, Tango atesora el recuerdo de lo que han sido sus últimas horas de secundaria en una cena familiar (su madre logrará disuadirlo de seguir la carrera militar, pero conservará las nociones de honor, obediencia, deber y respeto como un uniforme invisible. En cuanto a la camaradería y al calor del grupo, no dejará de buscarlos en mucho tiempo y en todas partes, a veces con suerte).
-Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de vos -le suelta el Doctor Boschiglia en un momento a solas-. Te lo digo porque no sé si se me nota, ya sabés cómo soy. Hay muchas cosas de las que quisiera poder hablar con vos...
Por un momento Tango tiene escalofríos: entonces es verdad lo que dice Santiago, piensa. No quiere saber lo que su padre intenta decirle; no quiere convertirse tan pronto en un adulto a quien se pueden hacer confidencias sin previo aviso.
-Te veía con el uniforme y me acordaba de hace veinte años, de cuando conocí a tu madre. Vos y yo somos muy parecidos, ¿sabés? Un poco testarudos; a veces no vemos las cosas como son sino como deberían ser... Pero eso no significa que... Pase lo que pase, no te olvides de que hay cosas en la vida de las que nadie tiene la culpa, ¿entendés? Cosas que uno no elige; cosas que lo eligen a uno. A mí me eligió la Medicina, ¿sabés? No la manga de corruptos del hospital. La Medicina con mayúsculas, la incorruptible; la que no existe. Los Boschiglia somos así. Mi madre lo sabía; lo vivió con tu abuelo, que se desvivió por un ejército que ya no existía. Tu madre lo sabía cuando se casó conmigo. ¿Te das cuenta?
Eso no podrá impedir que la odie por meterte los cuernos, podría decir Tango, pero comprende que decirle a su padre que sabe exactamente a qué se refiere sería hacerlo aún más vulnerable. Así y todo, quiere darle a entender que está de su lado: en el mundo ideal que no se decide a dejar todavía hay buenos y malos.
-Contá conmigo para lo que sea, papá. Estoy con vos.
Lo que Tango tardaría en comprender era que las culpas se negociaban, al igual que los pactos y las avenencias, y que su padre, sin que nadie se lo pidiera, había sacrificado su matrimonio, y con el tiempo, su familia, por servir a media humanidad luchando no sólo contra la enfermedad, sino también contra otra media humanidad cuya miseria y podredumbre llegarían con los años a romperle literalmente el corazón.
Como cree que Eduardo y su madre se conocieron a raíz de su propia relación con Pampa, Tango se siente responsable de lo que sucede, y tal vez por eso más que nada no quiere admitirlo. No se le pasa por la cabeza que para Pampa el secreto, indisolublemente ligado a la muerte de su madre, es aun más penoso.
No, las cosas ya no son tan sencillas. Primero, sus padres se divorcian. Más tarde, su madre se casa con Eduardo. Y ahora, lo que no se atreve a preguntar: Pampa y Santiago han vivido juntos.