Santiago

Miramar, febrero de 1985

 

Santiago se acerca al calor invisible de las brasas casi extinguidas y vacía sobre ellas la hielera. Por un momento su brazo desaparece en la nube de vapor que brota del carbón de la parrilla. Tendría que poder pedir un deseo, piensa. ¿Quién habrá inventado esa estupidez de soplar las velas? ¿Cuántos años seguidos se puede pedir el mismo deseo?

Querer, pero lo que se dice querer, nadie ha querido a Santiago en diecisiete años. Situación bastante sobrellevable a los ochenta, pero que a los diecisiete Santiago lleva bastante mal.

Si algo lo ha mantenido a flote hasta ahora es que Santiago sí ha querido, y mucho. Contra toda esperanza, contra toda lógica, pero con todas sus fuerzas.

A lo largo de su vida llamará amor a muchas cosas distintas. A los diecisiete el amor es Pampa, su obsesión adolescente. Lo de Santiago y Pampa es, por imposible, tan perfecto, que nada consigue hacerle sombra. Y es imposible no sólo porque Pampa es la novia de su hermano Tango, sino porque para Pampa Santiago no es un hombre, sino apenas un hombro. Si Pampa logró soportar la edad del pavo de Tango -le dio por la infidelidad- fue llorando en el hombro de su hermano, si bien de esta época, en particular del perfume de su largo pelo negro, sólo se acordará Santiago.

En estos años se afianza en Santiago la inexplicable certeza de que su hermano y él no pueden ser felices al mismo tiempo. Desde su llegada al mundo, el día del segundo cumpleaños de Tango, Santiago se ha sentido inoportuno, superfluo. Y desde los anónimos y ermitaños comienzos de su adolescencia le parece justo estar a su sombra, soplar sobre su torta casi todas sus velitas.

Santiago llega hoy a los diecisiete años en puntas de pie, sin haber dado demasiados disgustos ni haber recibido demasiado cariño. Pero no conoce el rencor: se limita a inclinarse ante el legítimo derecho del primogénito. Es su hora. Y Santiago, para bien o para mal, ha aprendido a esperar la suya.

Compartidos o no, Santiago detesta los cumpleaños. Es cierto que necesita la atención de los demás, pero también le gusta saber que puede ganársela, y en ese sentido los cumpleaños, además de los regalos, tienen mucho de gratuito. Año tras año amenaza con desaparecer para esa fecha y no lo hace. Es un poco no atreverse, otro poco no preocupar y otro poco no romper la tradición del cumpleaños de los mellizos malogrados, como los llaman Pampa y Martín Arregui, que son mellizos pero de verdad (a Santiago mucha gracia no le hace el sobrenombre porque parece poner en evidencia que en su familia nadie se parece a nadie).

Por lo menos el cumpleaños cae en verano, y los últimos años lo están festejando las dos familias, los Boschiglia y los Arregui, en La Marina. Sí, parece que el noviazgo de los chicos va en serio.

Hace una rara noche sin viento. Su padre y el tío de Pampa fuman al lado de la parrilla, postergando la desagradable tarea de quitarle la grasa. No saben de qué hablar; Jorge sigue con la mirada a Elisa, su mujer, que se asoma por la puerta ventana a decirle algo a Eduardo. Eduardo pone en el tocadiscos el Rock de la Cárcel. Mientras lava los platos, su hermana Julia, principal organizadora del cumpleaños en La Marina, echa una mirada al jardín por encima del hombro y sonríe: Elisa baila al son de la música y aunque todos la miran nadie la acompaña. Después de mucho pensarlo Santiago toma su mano y le sigue el ritmo. Parece la única con ganas de celebrar y no quiere que baile sola.

Santiago celebra el buen humor de su madre pensando que tiene algo que ver con el cumpleaños; por eso no comprende la severa expresión de su padre hasta que advierte que en la penumbra del salón Eduardo también está bailando.

Sentados en la tapia, Andrés y Fabián esperan a Cecilia (según Elisa, la candidata ideal para Santiago), que va a traer a dos amigas. Martín se fue diciendo que iba a comprar helado, y Tango y Pampa bajaron a ver la luna sobre el mar.

-¿Por qué no vas a llamar a los chicos? Se van a perder el helado...

Santiago está acostumbrado a que su madre hable de "los chicos" para referirse a Tango y Pampa.

-Estoy esperando a Cecilia -responde, más que nada por no moverse. Se ha acostado en el césped frente al quincho y hay muchísimas estrellas.

-Por eso, antes de que venga...

-Ufa.

Santiago toma un atajo usando el camino secreto a través de los arbustos del médano. De repente, en la oscuridad, voces, gemidos. En silencio, Santiago se desvía hacia el claro de donde provienen los ruidos.

Tras un último estertor, Tango se queda inmóvil sobre Pampa. Es cierto; estas cosas hay que imaginarlas o hacerlas, pero jamás presenciarlas, piensa Santiago. Platónico empedernido, prefiere una Pampa de sombra y luna, la inalcanzable, la que la realidad pretende arrebatarle, a la prueba material de que Pampa es una mujer de carne y hueso, que no consigue estremecerlo.

Pero el desencanto ante el irremediable final de la fantasía y el misterio será el primer indicio de una revelación más profunda. Así pues, al recordar esta noche, Santiago no verá a Pampa y Tango vistiéndose a la luz de la luna, sino que evocará otra imagen, una nueva fuente de misterio y fantasía.

Un punto de luz suspendido entre los arbustos del otro lado del claro: la brasa inmóvil de un cigarrillo encendido.

 

 

<< Lectura lineal >>

 

Por personaje >>

 

Hosted by www.Geocities.ws

1