Pampa
Madrid, noviembre de 1990
Pampa espera que cierren el Memphis charlando con Rafael; cuando Santiago queda libre, a las tres y media, se van juntos a pie hasta Pintor Rosales. Encuentran a Tango despierto frente al televisor.
A Pampa no le sorprende la relativa frialdad del encuentro entre los hermanos; al parecer en la familia Boschiglia el sentido del tacto está reservado para el contacto sexual. Viniendo de una familia de abrazos y besos, le llevó tiempo descubrir que se podía querer igual, o incluso más, sin tocarse. Sólo que a ella le resulta difícil: la distancia física es su forma de expresar mal humor. ¿Cómo expresarán los Boschiglia su distancia si no empiezan por acercarse? Ah, ya entiendo, piensa Pampa cuando ve a los hermanos compartir el mate que preparó Tango.
-¿Y dónde vivís ahora? -pregunta Tango.
-Me quedan unos días en un piso que comparto, pero la gente me da un poco igual y eso mucho no me copa. Pararé en casa de amigos hasta que encuentre algo...
-No entiendo. ¿Y este piso?
-No puedo pagarlo. Dejé el instituto. Era una rutina absurda: tanto trabajo para pagar una casa en la que apenas dormía. Como de todos modos acá se vive en la calle... ¿Vos te vas a quedar acá? -pregunta Santiago a su hermano, pero mirando a Pampa.
-En principio, no sé. En realidad no lo hablamos.
-Claro que lo hablamos -interviene Pampa-. Mar le está buscando trabajo. Vamos a compartir piso.
-¿Pasarás una temporadita, entonces?
-Depende de que llegue a tiempo la guita de la beca. El trabajo lo puedo ir haciendo; son entrevistas de interés general para el Instituto de Cooperación Iberoamericana. Pero como oficialmente no está aprobada...
-Un poco arriesgado venirte, ¿no?
-¿Te importa?
-Me preocupa. ¿Y a vos qué mierda te pasa, si se puede saber?
-La cosa no es con vos, Santiago -dice Pampa-. Se cree que vos y yo estamos enrollados.
Santiago levanta la vista hacia el techo y sonríe.
-Ay, Tanguito, si supieras cómo envidio tu mentalidad de tablero de ajedrez... Todo cuadriculado y sin un gris... Claro: ¿qué van a hacer un hombre y una mujer bajo el mismo techo? Cuando se acaba la yerba...
-Ganas no te faltaban hace algunos años... -dice Tango sin humor. Pampa lo atraviesa con la mirada.
-Eso creía yo, sí señor. Hasta que vi la luz...
-A ver, cómo es eso -pregunta Pampa, intrigada.
-La luz de un cigarrillo.
-¡Ahora que lo dejé me entero de que me descartaste por fumadora!
-No fue por eso. Te descarté porque todo parecía indicar que ibas a ser la madre de mis sobrinos, y la familia es sagrada. ¿No es cierto, Tango?
-Tengo una carta de mamá para vos. Está preocupada de no tener noticias tuyas.
-Pero si le escribí. Se habrá perdido.
-¿Qué te pasa, Tango? -interviene Pampa- ¿No estás contento de ver a tu hermano? ¿Pasó algo que no sé?
Tango responde sin quitar la mirada de los ojos de Santiago.
-Qué sé yo, será la sorpresa que me dejó un poco tocado.
-Si vas a fingir delante de Pampa no lo hagas por mí.
-Dale, Tango, ¿qué es esa cara de velorio? Acá la huérfana suprema soy yo.
-Es fácil idealizar a una madre cuando está muerta. No tenés que crecer y verla traicionar los ideales de tu padre. No tenés que traerle cartas a su aliado.
Santiago oscila entre la rabia y el cinismo.
-A veces parece que no nos hubiéramos criado juntos. ¿Con qué enseñanzas te quedaste? ¿Con la hipocresía de las apariencias o con la verdad, por más que duela?
-Hay algo que tenés que saber, Pampa. Santiago fue cómplice en lo de tu viejo y mi vieja. Lo sabía desde...
-Yo también. Hasta el día en que comprendí que no puede haber cómplices donde no hay delito.
-Vos también los perdonás.
-¿Cómo podés seguir con esa ceguera idiota? -estalla Santiago-. Esperaron años a que crecieras de una vez para poder rehacer su vida. ¿Te creés Dios para condenar lo que papá consintió? ¿Lo que se buscó? Porque se lo buscó. Estaba obsesionado con ese hospital. Necesitaba librar una batalla, ya no por él ni por nosotros, sino por una idea. Aunque lo perdiera todo.
-En la familia de ustedes siempre se exigió mucho, ¿no? A lo mejor tus abuelos siempre esperaron lo mejor de tu viejo, como él de ustedes...-dice Pampa, pensativa.
-A lo mejor no sabe vivir de otro modo -recapacita Santiago-. Hay cosas que uno no elige.
-Se arruinó la vida.
-Según vos; pero supongamos que sí, que la profesión le amargó la vida y que no valía la pena. ¿Qué esperabas? ¿Que mamá arruinara la suya?
-Yo no tengo la culpa de que sus principios se volvieran contra él, o de que mamá no los compartiera. Sus debilidades se las perdono. Pero no que con ellas dejaran que la familia se fuera a pique.
Pampa suspira hondo.
-Las familias son seres vivos, Tango. Nuestros padres hicieron lo que pudieron. Crecer es darse cuenta de que te crió un par de aficionados.
-Y sentirse en condiciones de perpetuar el error... -agrega Santiago con amargura- Eso sí, siempre con las mejores intenciones.
-Bueno, che, aflojando -concluye Pampa-. Pasemos a temas más prácticos. Como te llevaste tu cama, Santiago, tendrás que dormir en el sofá.
-No, dejá, Pampa. Quedé con unos amigos.
-¿A las cuatro y media de la mañana? -pregunta Tango, escéptico.
-Te sonará a verso, pero es cierto. Ya tendremos tiempo para vernos, ¿no?
-Claro. Cuidáte, che.
-Lo mismo digo. Chau, Pam. No dejes de pasarte esta semana a ver a Felipe.
-¿Quién es Felipe? -pregunta Tango, tirando de la cadena mientras Pampa abre la canilla del lavatorio para lavarse los dientes.
-El dueño del Memphis. A lo mejor consigo una actuación un día de éstos.
-¡Pero si tengo en casa a una estrella del blues! -dice Tango abrazándola por detrás y guiñándole un ojo en el espejo-. ¿Puedo ser tu manager?
-¡Salí, mirá lo que hiciste! -protesta Pampa, sacándose el camisón manchado de dentífrico.