Santiago
Madrid, abril de 1991
Santiago mira el reloj y apura el paso. Es el primer domingo de primavera y el Parque del Retiro vuelve a convocar a los ciclistas, a los lectores, a los músicos, a las familias y sí, a algún perro que otro. Camino al monumento al ángel caído, sigue a Santiago un cachorro de labrador. De vez en cuando Santiago se detiene para dejarse alcanzar.
Antes de llegar a la fuente divisa a Rafael de frente a la estatua, sacándole fotos. Lo observa por un instante y luego se oye gritar:
-¡Rafael! ¿Dónde te habías metido?
-¡Hombre! Tú por aquí. Nada, he estado viajando, por el trabajo. Tu hermano te habrá comentado que igual vendemos un reportaje juntos. ¿Y tú qué tal?
-Estoy grabando músicas para anuncios. De vez en cuando toco con amigos.
-Oye, los perros del Parque del Oeste han de echarte de menos.
-Ya no voy tanto por allá desde que me fui con la música a otra parte... Ahora vivo en el pasaje de Áncora -toma mundáfora, piensa Santiago para sí, cayendo en la cuenta por primera vez.
-Pero veo que aquí también tienes tu público -dice Rafael, acercándose a acariciar al cachorro.
-¿Azúcar? Es mía. Bueno, por un año.
-¿Y eso?
-Me apunté a un plan de la ONCE para criar lazarillos. Ellos te explican todo y vos te comprometés a cuidarlo durante un año.
-Yo no sé si podría separarme de ella. Es preciosa.
-El año que viene la cambio por otra. Por un lado es duro pero es como tener un cachorro crónico... ¿Qué tal van tus cosas?
-Pues ya ves... Estas fotos son para la revista de un amigo, una revista de turismo alternativo. Me envían a descubrir rincones de España que tengan una historia poco conocida.
-¿Y qué puede tener de especial esta fuente?
-Pues nada menos que ser el único monumento al diablo que existe en el mundo.
-¡No me digas! Pues he quedado con un amigo aquí a las once y media.
-Pues ya sabes lo que pensará de ti por haber escogido este sitio...
-La presunción me halaga, pero ¿qué te hace pensar que lo elegí yo?
-Es verdad, he sido injusto. O algo en ti me lo habrá sugerido... -bromea Rafael.
-Andá a saber.
-Oye, he quedado más tarde en el Café de Recoletos. Si os apetece un aperitivo nos vemos allí.
-De acuerdo. Nos vemos.
-Adiós, Azúcar -Rafael se despide del cachorro y Santiago, sentado junto a la fuente, le acomoda el collar.
-¡Santiago!
Cuando Santiago levanta la vista Rafael le saca una foto por sorpresa.
-¡Esa me la debés! ¡Ampliada! -grita Santiago.
-Hombre, algo habrá que hacer para que se distinga el verdadero ángel caído...
Cuando la sonrisa de Rafael se pierde de vista, Santiago se queda descifrando el ambiguo comentario.
-¿Y eso? -Martín se acerca por la otra avenida con una expresión perpleja.
-Azúcar, te presento a tu otro dueño. Martín. Tiene un problema, ¿sabés? Le gustan más los gatos. Pero el tiempo todo lo cura.
-¿Estás loco? -protesta Martín, con menos convicción de la que hubiera deseado, mientras se deja lamer la mano sin el menor reparo.
Santiago recoge la correa del suelo y comprende la otra mundáfora: Azúcar tiene cuatro patas en el suelo. Es él quien necesita esa correa, para atar su mano al cuello del animal, y a través de él estar más cerca de la tierra.
-Tranquilo. Yo me ocupo. Y no me frunzas el ceño que peor sería un hijo.
-Te lo advierto desde el principio: conmigo no cuentes. Yo para eso no sirvo.
-Eso habrá dicho tu viejo cuando naciste, y dentro de todo no le saliste tan mal.
Guiando a Azúcar, Santiago y Martín recorren la avenida de tierra sombreada paralela al estanque. De repente, Santiago deja caer la correa y empieza a treparse a un árbol.
-¿Qué hacés?
-¿No lo ves? Me trepo a un árbol. Algo que no hacía desde hace por lo menos quince años. Algo que las nuevas generaciones no conocen. Este será el primer juego después de la hecatombe.
-Estás en pedo. Mirá como te mira la gente.
Con la agitación del esfuerzo físico y la altura, la exaltación de la voz de Santiago es cada vez mayor.
-Claro que miran. Un día todos esos pibes levantarán por un segundo la vista de sus videojuegos y recordarán al loco del parque, y entonces mi caída no habrá sido en vano.
Azúcar ladra perpleja, mirando hacia arriba.
-Dale, ángel caído, Bajá de una vez.
-No quiero.
-Este perro tiene sed -sentencia Martín, y mira alrededor buscando un bebedero.
-Se llama Azúcar -dice Santiago casi en tono normal, bajándose del árbol-. Y es perra. No te preocupes, Azúcar. Ya irá aprendiendo.
Martín, Santiago y Azúcar cruzan la avenida arbolada y se acercan a uno de los bebederos que están junto al estanque.
Mientras Martín da de beber a Azúcar, Santiago se acerca al estanque a mirar a los peces. Recuerda los veranos de su infancia en Entre Ríos, cuando su padre lo llevaba de pesca al Paraná. Su primera reacción ante la primitiva tarea de matar para comer fue de rechazo. Al pasar por la entrada del hotel, donde había una fuente con peces de colores, Santiago pidió a su padre que le perdonaran la vida a uno de los pescados echándolo a la fuente. Cuando al día siguiente lo encontraron muerto en el césped, a varios metros de la fuente, el padre de Santiago trató de consolarlo con una mentira.
-¿Te das cuenta? El salmón no sabe vivir en aguas tranquilas.
-Pero, ¿no sabía que se iba a morir si saltaba?
-Para él valía la pena jugarse: era morirse de quietud en el estanque o arriesgarse a encontrar aguas inquietas, el destino que le correspondía. Murió ahogado de indignación, buscando una vida digna.
A partir de la muerte de Jorge Boschiglia, esta anécdota cobrará dimensiones proféticas para Santiago. Por ahora, entre los escasos recuerdos de su padre, es uno que le permite sentirse parte de la familia, forzando entre su destino y el de su padre el parecido que no había en sus rasgos, con la diferencia de que a su padre le había faltado el tiempo o el valor de saltar de su estanque profesional, mientras que Santiago había saltado a diez mil kilómetros de su estanque personal.
Al compartir el recuerdo con Martín, Santiago llena con su imaginación el hueco de la memoria donde falta una conversación que nunca llegó a tener con su padre, presumiendo que antes de ahogarse de indignación en su estanque, Boschiglia había llegado a intuir en su hijo la heroica necesidad de saltar fuera del suyo.
Para Martín su vida o la de Santiago son tan heroicas como la de un salmón: donde no hay elección no se puede hablar de heroísmo. Tarde o temprano, el salmón se siente llamado a buscar otras aguas, pero tras la turbulencia alcanza el remanso de la fuente. A saltar contra la corriente lo impulsa su naturaleza; la connotación heroica -o transgresora- se la pone la imaginación humana.
-No hay salmones en el Paraná -sentencia-. Y las sirenas no existen. Tus viejos siempre verseando.
-Ya sé que tenés envidia de que mis viejos nos contaran historias. Pero el cinismo también se cura.
-Vos pensás que todo es curable.
-Calláte.
-Calláte vos.
-No, vos.
-No, vos.
-Azúcar, ¡ataca!
Nada.
-Che, ¿y si mejor le ponemos Diabetes? -sugiere Martín.