Epílogo
Buenos Aires, septiembre de 1958
El Paramount es uno de los cines más viejos de la calle Lavalle. A lo largo de su historia ha olido alternativamente a gato y a insecticida. Lo cual, si bien garantiza la ausencia de ratones y cucarachas, ha causado siempre bastante asco.
Pero hoy, 21 de septiembre de 1958, el cine todavía carece de reputación. Mañana será distinto. Mañana ya será el cine en el que se estrenó en Argentina la primera película de Elvis.
El día del estudiante, claro. Más oportuno imposible. Clara y Lucila llevan dos horas en la cola, que mide más de dos cuadras. Pero una vez frustrada la amenaza de su madre de escoltarlas al interior del cine (han conseguido dejarla en el bar de al lado) nada consigue nublar la dicha del día de la primavera.
Tampoco la sobreventa de entradas, como bien saben los administradores del Paramount. La juventud no ha venido a sentarse. Llevan meses bailando al nuevo ídolo en los clubes y lo que se avecina es lo más parecido a un recital que se puede esperar de una estrella internacional en este hemisferio.
Pero la diferencia entre un baile de club y ésto es que la pantalla es la única fuente de luz; Clara apenas alcanza a distinguir que Eduardo, el novio secreto que citó en el cine, no se parece en nada a Elvis. Aunque eso sí, bailar no baila tan mal. Y se mueve con tal frenesí que apenas se da cuenta cuando en uno de los giros, Lucila le quita el lugar a su hermana. Clara, la hermana mayor por unos segundos, ha sido la primera en cansarse de ese juego. Juega la baza de la indiferencia, y resuelve perder la mirada en los contoneos de Elvis, bastante más seductores que los de cualquiera de la platea.
Entonces, poco a poco, vuelve a contagiarse de su ritmo, a responder a sus guiños cómplices. Se deja llevar lejos de su hermana, de la muchedumbre, del cine y de la ciudad, sacudiéndose al son del Rock de la Cárcel. Cuando el proyector se atasca y Elvis, inmóvil, parece fijar la vista en el agujero encendido que se le abre en plena pelvis, cambia la música por los silbidos, pero Clara sigue bailando, como si tal cosa.
José María Perazzo
Copyright
ã 1998