Pampa

Madrid, abril de 1991

 

-Confiesa -dice Rafael-. A que nunca pensaste que llegaría a exponerlas.

Pampa está sin habla. Se limita a recorrer una y otra vez los pasillos de la galería deteniéndose en cada una de sus fotos.

-¿Recuerdas hace unos meses cuando te sentías tan vieja? Pues aquí eres inmortal. La fotografía absolutiza.

-Como la muerte -dice Santiago-. O el cine.

-No lo sé -piensa Rafael-. El cine es más parecido a la vida, no tiene una imagen definitiva. El fotograma en que intentes detenerla se quemará en menos de un segundo... Así que disfruta, Pampa, de unas horas de inmortalidad.

-Pero ¿cómo conseguiste el local?

-Fue a último momento. Desde mañana expone un profesor mío. Venía de París con el material y se retrasó en la frontera por las protestas de los agricultores franceses... Se pudo avisar a algunos; los demás son toda esta gente...

-¿Y él sabe que ibas a poner tus fotos?

-Claro. Se lo sugerí y le pareció que si venía alguien sería mejor que se encontrara con todas estas ventanas que con una puerta cerrada... Le habían gustado mucho, además. Perdonadme, voy a saludar a alguien. Pampa, ni se te ocurra irte que eres parte de la muestra.

-Tranquilo.

-Sí que son buenas, ¿eh? -admite Santiago- Pensar que antes de conocerte me quería retratar a mí.

-O sea que el que estaría aguantando la vergüenza de que lo vean medio en bolas serías vos.

-Todo tiene su precio. Estoy seguro de que esa sesión habría tenido sus momentos memorables...

-¿Qué estás insinuando? Cumplo en recordarte que cuando me sacó esas fotos todavía era virgen.

-¿Quién?

-Él, claro.

-No me cuentes más. ¿Seguro?

-Hombre, con todas las letras no me lo dijo. ¿Se lo preguntamos?

-Sos un poco canalla, la verdad.

-Che, mejor vámonos yendo. Al fin y al cabo llegamos primero, ¿no? Ya no me banco las miradas. No sea cosa de que ahora que me encarrilé en la música me tienten con una carrera de modelo.

Pampa y Santiago se escabullen entre la gente y cruzan la plaza de Lavapiés en dirección al metro. Todavía es de día y hay chicos jugando en la calle.

-¿Y? ¿Qué tal en Barcelona?

-Bastante mejor. Se me pasó la crisis de la edad y todo. Acá sentía que ya tenía veinticuatro años; allá siento que sólo tengo veinticuatro años. Estoy cantando con un grupo; ya dejé la calle.

-¡Cómo suena eso! O sea que la idea de volver...

-Descartada. No era un paso adelante, ¿sabés? Era una retirada. Ya sé que no tengo que demostrar nada a nadie, pero tampoco se puede volver a lo que ya no existe. Sigo sin pertenecer a ninguna parte, cada vez que hablo con mi viejo en vez de preguntarme cómo estoy me pregunta dónde...

-Nada te va a atar si no te dejás. Hay que elegir.

-Hay que renunciar.

-Es lo mismo; el énfasis lo ponés vos. ¿Qué es más importante: la vida interior o la ropa interior?

-¿A vos qué te parece? -sonríe Pampa señalando a la modelo de un afiche del Corte Inglés cuando el metro para en la estación Callao.

-Mejor lo dejamos -responde Santiago-. ¿Cuánto tiempo te quedás?

-Un fin de semana nada más. Vine sobre todo a buscar más cosas de casa y a verlos...

-A los que quedamos, claro.

-¿Qué sabés de Tango?

-Poco y nada. Me entero de cómo anda más por Mar que por él. Dice que La Coruña le encanta, que por fin está escribiendo y que están muy bien, pero con mi hermano nunca se sabe. Ya viste cómo estaban cuando cerró la editorial.

-A Tango lo que lo centra es el trabajo. Sin una rutina está perdido. ¿Mar qué tal lo lleva?

-Creo que bien; volvió al diario donde trabajaba los veranos. Te manda saludos; le conté que venías.

-Acordáte de darme el teléfono.

Por un momento se quedan mirando en silencio a un chico de tres años que chupa tres monedas que tiene en la mano. Está sentado en el regazo de su madre, que fuma entre adormilada e indiferente y lo deja hacer.

-Qué impotencia, ¿no? -dice Pampa.

-Una mierda -dice Santiago, e interpela a la mujer- Oiga, ¿por qué no hacemos un trato? Le cambio a su hijo por mi perro, que tiene más defensas. Vocación de padre le aseguro que no me falta.

-¿Me meto yo contigo, acaso? Vete a tomar por culo, gilipollas.

-O me parece a mí o quiere cambiar de tema -dice Santiago a Pampa, y hace lo mismo-. Dormirás en casa, ¿no?

-¿Les sobra una cama?

-Claro. Nos llevamos todo de mi cuarto de antes pero de Pintor Rosales sólo lo necesario. El piso es más chico pero parece más grande.

-¿Todo bien?

-Todo bien. ¿Sabés? Ultimamente me acuerdo mucho de la pareja que hacían Tango y vos. De lo cobarde y burguesa que me parecía esa fidelidad, esa seguridad... Ahora que caí en lo mismo me doy cuenta de que era envidia: lo que busco es un lugar común, en todos los sentidos. Bajamos acá.

Cae la noche en el Paseo de las Delicias. Junto a las farolas, los árboles de la calle de Áncora muestran tímidamente sus brotes.

-Tango y yo éramos demasiado jóvenes. Ahora esa idea se entiende más, siempre que no la busques como la única vida posible. Yo sigo sola pero no desesperada como antes. Lo que importa es hacer las paces con uno. Digo.

-A mí me pasó al revés; pasé mucho tiempo solo y ahora quiero compartirlo todo. Aunque sea un error tengo que darme el golpe, ¿entendés?

-Dentro o fuera del sistema el vacío nos espera en cada esquina, Santiago; no hay vuelta. Y a lo mejor el suicidio no es más que una defensa propia, pero qué sabe nadie. La cuestión es buscar motivos para renovar contrato todos los días.

-Que los hay.

-Claro que los hay. Lo que pasa es que saben esconderse.

-Pará que compramos pan. Te voy a hacer unos espaguetis a la Boschiglia.

En el ascensor Santiago señala a Pampa la advertencia reglamentaria.

-¿Sabés qué es esto?

-"Impida que los niños viajen solos" -lee Pampa.

-Una mundáfora.

-¿Una qué?

-Acá tenés otra -dice Santiago al encontrar la casa vacía y el televisor encendido pero mudo-. A tu hermano ya se le pegó la costumbre del bar. Pone música y ve la tele sin sonido al mismo tiempo y después como no la oye se la deja prendida.

-Qué curioso -dice Pampa subiendo el volumen-. ¿Sabés que yo hacía exactamente lo contrario? Oír la tele como si fuera la radio, pero sin mirarla. Hacé la prueba.

-¿Como un radioteatro?

-Shh. Escuchá. ¿Sabés quién es ése? -dice Pampa con los ojos cerrados. Santiago mira la imagen.

-Como no voy a saber. Es De Niro.

-Yo salí con ese tipo.

-¡Salí! Lo de Lito Vitale me lo trago, pero tampoco la pavada...

-No lo mires. Oí. Es Javier Peñalver.

 

 

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