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VIVIR CON AMOR EN LA VERDAD
Semblanza de Sor Teresita del Niño
Jesús Pérez de Iriarte, O.P.
por Lorenzo Galmés
EDIBESA 1997
CRONOLOGÍA DE SOR
TERESITA
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2 mayo 1904
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Nace en Eslava
(Navarra). Es la menor de 5 hermanos. A los dos años se traslada la
familia a la vecina Tafalla. |
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4 enero 1925
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Ingresa en el
Monasterio de Ntra. Sra. del Rosario, de Madres Dominicas, de
Daroca. |
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2 julio 1926
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Después del
noviciado, pronuncia su profesión temporal. |
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2 julio 1929
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Emite su
profesión solemne en la Orden de Predicadores; "hasta la muerte", en
Daroca |
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26 enero 1953
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Se traslada al
Monasterio "Madre de Dios" de Olmedo (Valladolid), donde será Priora
de las dominicas hasta su muerte. |
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14 octubre
1954 |
Muere
santamente de cáncer en el Monasterio de Olmedo. |
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18 abril 1989
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Apertura del
proceso de canonización en Zaragoza. |
Caminando en la verdad, por el amor, crezcamos en todos los sentidos, para
ser como Él, que es la cabeza de Cristo.
Sor Teresita del Niño Jesús Pérez de Iriarte, monja dominica de vida
contemplativa, alma de apóstol, talento misionero, realizada en generosa
victimación.
Vivir con amor en la verdad.
Felisa Pérez de Iriarte Casado nació el 2 de mayo de 1904, en el
pueblecito navarro de Eslava, en el seno de una modesta familia de
trabajadores, de auténtico sentido cristiano de la vida. Fue la menor de
cinco hermanos. Navarra de cuerpo entero, resultó ser Felisa de la clase
de personas que no gustan de hacer las cosas a medias. Temperamento
vigoroso y con voluntad férrea, a pesar de las limitaciones humanas, fue
capaz de llevar adelante grandes obras, sin llamar la atención, y sabiendo
mantenerse en un discreto segundo plano, siendo la honra de sus
progenitores y del lugar de su
nacimiento.
La pequeña Felisa abrió los ojos en Eslava, delicioso pueblecito de unos
500 habitantes, recostado sobre una ladera, que invita a mirar al cielo.
Así que las primeras miradas de la niña fueron para sus padres y para el
cielo, y sin duda llegaron a Dios, marcándole para toda la
vida.
Muy pequeña era Felisa cuando la familia decidió trasladarse a Tafalla,
donde había más posibilidad para mantener una familia numerosa a base del
trabajo del padre. La poesía de Eslava, que era una invitación a la
comunicación con Dios, se convirtió en Tafalla en una invitación a
colaborar en la construcción de una sociedad cristiana, a base de trabajo,
justicia y amor, y servir así mejor al prójimo. En Eslava se había
abierto Felisa a la vida y a la gracia. En Tafalla se abrió al trabajo y a
la llamada de Dios. En Eslava había aprendido a caminar de la mano de su
madre; en Tafalla se fue desarrollando bajo la inspiración de Dios. Llevó
adelante una vida muy laboriosa, a impulsos de una familia numerosa y muy
unida, en la que todos tenían que trabajar para salir a flote. Cristianos
a carta cabal, los Pérez de Iriarte - Casado vivieron su modestia familiar
con el espíritu de las bienaventuranzas y la alegría de los hijos de Dios.
Felisa se fue haciendo mujer trabajando, sonriendo y cantando, ya que
estaba dotada de una prodigiosa voz. Trabajar y orar, sonriendo y
cantando, se convirtió en el santo y seña de toda la vida de la que estaba
llamada a ser Sor Teresita del Niño Jesús, de la Orden de
Predicadores.
Precisamente un recuerdo entrañable de aquellos años de adolescencia y
primera juventud de Felisa, lo constituye la evocación de la adolescente,
ayudando en la labor de trilla, cantando, irradiando gracia y simpatía,
que acompañaban su hermosa voz, hasta el punto de llamar la atención a los
viandantes. Uno de ellos dedicó una vibrante jota navarra a la niña que
tanto le había llamado la
atención.
Tuvo que ser en Tafalla donde la joven Felisa fue deshojando la margarita
de unos años que desembocarían en la orientación definitiva de su vida. Su
profundidad religiosa no pasaba inadvertida. Algunos intuyeron que iba
para monja. A pesar de los pronósticos de quienes la veían una buena
religiosa de vida activa, y más en concreto una misionera de altos vuelos,
tuvieron que rendirse a la evidencia de su error, cuando hizo pública su
decisión de consagrase a Dios en la vida contemplativa, en rigurosa
clausura. Y cuando una amiga le manifestó su sorpresa, Felisa le atajó
riendo:
Teresita. ¡Ay, Juanita, qué poco me conoces! Yo cerradica, bien
cerradica.
Y así fue. Dios, que conocía bien a su Sierva, le brindó el ejemplo de
María, la hermana de Marta y
Lázaro.
María escogió para sí la mejor parte, la cual no le será
quitada.
Marta quedaba relegada a un segundo lugar, y Felisa siguió el camino
de María. Los caminos providenciales, que a menudo escapan a la mirada de
los hombres, la condujeron hasta un lugar que ella iba a llamar su
palomarcico.
El 4 de enero de 1925 se presentaba a las puertas del Monasterio de
Nuestra. Señora del Rosario, de monjas dominicas de Daroca a pedir la
misericordia de Dios y la de la Comunidad religiosa, y profesar en la
Orden de Santo Domingo. Quería consagrarse a Dios para hacer de su vida
una ofrenda total de acción de
gracias.
En el austero Monasterio dejó de ser Felisa Pérez de Iriarte Casado. Para
la historia iba a convertirse en Sor Teresita del Niño Jesús. Pobreza,
castidad y obediencia, con todas sus consecuencias, fueron los brazos de
la cruz que le dieron la cordial bienvenida. Desgranó el rosario místico
de los meses de postulanta, novicia y monja de votos temporales, hasta el
momento de su consagración definitiva, que esperaba con ilusión de
víctima. Escribió a su amiga de mayor confianza, a mediados de
1929:
Teresita. El día 2 de julio próximo, con la gracia de Dios, haré
mi profesión solemne. Hasta ahora me ligué a Él en parte; mas desde ese
día, quedaré ligada completamente. Por eso te escribo; para que ruegues
mucho por mí. Dile que me quite la libertad de ofenderle y me de su gracia
para cumplir con lo que le
prometo.
Con estas disposiciones prometió obediencia como monja dominica, hasta
la
muerte.
En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo no cae en tierra
y muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho
fruto.
La vida de Sor Teresita del Niño Jesús había entrado en su órbita
definitiva. ¿Qué pensaba ella de la vida? Lo anotó a raíz de unos
Ejercicios
Espirituales.
Teresita. Hay quien se pasa toda la vida hablando mal de la
vida; y a esto no hay derecho porque no es verdad. La vida es amarga, pero
hay en ella dulzura capaz de endulzar todas sus amarguras, y esa dulzura
es Él. La vida es trabajo, es lucha, es dolor. Bueno; pero en la vida hay
algo que hace que el trabajo no sea trabajo, sino placer. Y algo que hace
que la lucha no sea lucha, sino paz. Y algo que hace que el dolor no sea
dolor, ni cruz, sino felicidad; y ese algo es
Él.
Es Él: es Dios, es Cristo, a quien consagró toda su
vida.
En el Monasterio destacó pronto por su espíritu de trabajo y su
disponibilidad. A la hora de trabajar sobresalía no sólo por su
eficiencia, sino por la perfección con que lo llevaba a cabo. Mereció la
confianza de superiores y comunidad, pues siempre tuvo cargos de
confianza. Fue 18 años portera. 20 años, secretaria de la Madre Priora. 20
años, procuradora del Monasterio. 14 años, tornera. Y toda su vida,
cantora, lo que llevaba consigo ser la encargada de la liturgia monacal y
la solemnización de los actos de culto. Su voz, de calidad extraordinaria,
se convirtió en un medio de dar gloria a Dios. Así lo deja entrever la
composición
siguiente:
Teresita.
Señor, si tus enojos, en prenda de
justicia
haces caer sobre miseria
tanta
como aflige a esta tu ruin
hija,
si aún es tu voluntad tenerla en el
destierro,
ponle llanto en los
ojos,
ponle espinas debajo de la
planta;
pero, déjale voz en la
garganta,
porque bien sabes Tú, Jesús
amante,
que no puede vivir el que no
canta...
Con el tiempo iba robusteciéndose una actitud interior que configuró
toda la vida espiritual de Sor Teresita: ser víctima de amor.
Particularmente por los sacerdotes. A veces brotaban de sus escritos
expresiones espontáneas que denotaban una profunda experiencia de vida
teologal.
Teresita. Quiero ser hostia pura, blanca, otro
Él.
Celebremos con el sacerdote la
Misa.
Allí estamos como miembros de Cristo, ofreciéndonos con Él; y después,
durante el día, sea una oblación continua, pues
constantemente se está levantando la Hostia Santa en todo el
mundo.
He soñado más de una vez en ser hostia de alabanza, hostiam laudis,
para dar gloria a Dios y tenerle siempre contentico. ¿Vamos a
empeñarnos en que sea una realidad? Todos los días, en unión con el
sacerdote, hagamos esta petición y este ofrecimiento al Padre Eterno,
unidas a la víctima santa e
inmaculada.
Ideal sacerdotal que le indujo a ofrecer su vida de penitencia por la
vocación sacerdotal de un niño. Este ofrecimiento lo tuvo en su corazón
hasta la hora de su muerte. Entonces decidió comunicárselo al sacerdote,
cuyo carisma sacerdotal había arropado con su oración y penitencias
durante más de veinte años, en el más absoluto
anonimato.
Consecuentemente con el sentimiento victimal impreso en la vida de la
Sierva de Dios, no puede extrañar que afrontase momentos muy difíciles,
que pusieron a prueba su temple heroico. Dramáticos fueron los años que
procedieron a la guerra civil del 1936, y después, las consecuencias de la
posguerra. Amenazas e insultos antes, y después restricciones económicas.
El monasterio dominicano de Daroca estuvo a punto de ser asaltado, con el
consiguiente peligro para las monjas. Pero Daroca, fiel a su solera
cristiana, no permitió que esto sucediera, aunque las monjas pasaron
momentos muy difíciles. Sor Teresita lo recuerda dentro de su visión
providencial de la
vida.
Teresita. Estamos un poco impresionadas por los sucesos
acaecidos, pero al mismo tiempo alabando los designios de Dios, siempre
sapientísimos, justísimo, y más aún, buenísimos, ya que Él sabe sacar de
los males, bienes copiosísimos para su Iglesia y los suyos. El día de
la Asunción puede decirse que fue día crítico para nosotras, mas pronto se
conjuró el peligro, renaciendo la tranquilidad y viendo cuán de veras
quieren en esta ciudad a estas pobres dominicas, ya que tanto las
autoridades como el pueblo entero, y a la cabeza los principales señores,
dieron muestras fehacientes de lo mucho que nos
quieren
Pero a Sor Teresita le esperaba una misión especial en la que con toda
probabilidad nunca hubiera podido pensar. Una serie de circunstancias, en
las que jugó un importante papel la entonces propagandista de Acción
Católica, Teresa Ortega, después monja dominica en Olmedo, desembocaron en
la designación de Sor Teresita para llevar a cabo, junto con otras dos
monjas de Daroca, la remodelación de la vida de la comunidad del
Monasterio "Madre de Dios", de Olmedo. Labor delicada y de mucho
compromiso, que la Sierva de Dios aceptó por pura obediencia victimal. Iba
a ser la última y definitiva etapa de su vida, en calidad de Madre Priora
de Olmedo. Pero antes pasó por una prueba que la hizo sufrir mucho,
sufrimiento que sumó al que le suponía dejar su convento, en el que había
confiado siempre vivir y morir. El Señor permitió una especial corona de
espinas que fortaleció más su espiritualidad
personal.
Fue un suceso lamentable del que a nadie puede culparse, pero que hizo
sufrir mucho a la Sierva de Dios. Inexplicablemente comenzaron a
desaparecer cosas del Monasterio. Siendo un Monasterio pobre, no se
trataba de objetos de mucho valor, pero el hecho y la frecuencia llegaron
a preocupar a las monjas, ya que el autor de los hurtos debía de ser
alguien muy cercano al convento. Sobre Sor Teresita, en sus funciones de
tornera y procuradora, recaía la responsabilidad de la administración. Era
la que se encontraba en la situación más delicada. Para alguna monja el
nudo del problema estaría en la Sierva de Dios. No faltó quien sospechase
de ella. Sor Teresita se enteró por un imprudente comentario tenido bajo
la ventana de su celda, y ella lo oyó. Nada le dijeron. Ella prefirió
callarse, sonriendo como siempre, y llevarse el secreto a la tumba. Todo
lo dejaba en manos del Señor. Con la lógica preocupación por la delicada
misión que le habían asignado en Olmedo, y sangrándole el corazón por la
duda sobre su honradez dejada en Daroca, salió para la villa
vallisoletana. Triste presente, preludio de un incierto
futuro.
Cuando meses más tarde, se descubrió la persona responsable, que había
actuado movida por una inclinación enfermiza, desde Olmedo lloró Sor
Teresita. Su pena no era por sí misma, sino por quien había causado tantos
disgustos a la Comunidad de Daroca y a ella misma. La Sierva de Dios lo
aceptó como una purificación que le hacía falta y que el Señor, en cuyas
manos estaba, no había querido
ahorrarle.
Nueva etapa en la vida de Sor Teresita en tierras castellanas, con el
cargo de Priora del Monasterio "Madre de Dios", de Olmedo. Esta etapa duró
hasta su muerte, que no estaba tan lejos como se podía pensar. Había ido a
Olmedo como instrumento de paz, en un acto de servicio evangélico,
imitando al Divino Maestro que había venido a
servir.
El Hijo del Hombre ha venido a servir, no a ser
servido.
Su disposición a estar siempre pronta para el servicio de los demás,
practicada durante toda su vida, y potenciada en el retiro claustral de
Daroca, alcanzó cima de heroísmo en Olmedo. Era la consecuencia natural de
ser Priora, que como decía ella con especial gracejo, debe ser la primera
en todo, comenzando por los trabajos, cuanto más humildes y pesados más
propios de la priora, respetando siempre las responsabilidades personales.
En Daroca se había distinguido por su entrega absoluta. En Olmedo tubo que
sumar su disposición de servicio, con las delicadezas de una madre para
con sus hijos. Ternura y detalles obsequiosos con las jóvenes, enfermas y
ancianas; y vigor y energía en el trabajo, como una trabajadora más, para
quienes tenían que llevar el peso del calor y de la
jornada.
Una de las grandes, tal vez la mayor, preocupaciones de la Priora Madre
Teresita era asegurar la continuación de la obra renovadora iniciada en el
vetusto monasterio de Olmedo. Las jóvenes postulantes que iban ingresando,
orientadas por Teresa Ortega, tenían conciencia clara de la misión a la
que habían sido llamadas. Deberían ser instrumentos de robustecimiento del
clima de espiritualidad dominicana y estricta observancia regular. Y Madre
Teresita era la responsable de que se preparasen adecuadamente. A base de
un ejemplo intachable, orientaciones y consejos, y de piadosa pedagogía
práctica, fue modelando desde su vertiente de Priora, las aspiraciones a
la vida religiosa, que Dios puso en su camino. Tenía la Sierva de Dios
especial cariño por las flores destinadas todas ellas a acompañar al Señor
en el sagrario, por lo que amonestaba a las novicias encargadas del
cultivo de las
mismas.
Teresita. Cuidad, hijas, y tratadlas bien, que son para Él, y
sólo para
Él.
Se hizo célebre una ingeniosa artimaña que utilizaba para estimular su
elevación de miras. Ante un flor, preguntaba a veces a alguna de las
jóvenes.
Teresita. ¿A qué huele, hija, a qué
huela?
La interpelada acostumbraba a contestar según el perfume de la misma;
a lo que ella, riendo, solía replicar con indecible
cariño:
Teresita. A Él, tontica, huele a
Él.
Madre Teresita tenía bien claro su compromiso de víctima y el sentido
de su victimación. Procuró que el aspecto victimal de la vida consagrada
no pasase desapercibido de las postulantes que acudían al "Madre de Dios"
para incorporarse a la obra renovadora en la que estaban llamadas a
participar. Por esto pudo escribir a una de ellas antes de
entrar:
Teresita. Ven y sufriremos juntas, porque amar sin sufrir no es
amar, y vivir sin amar no es
vivir.
No llegó a dos años el tiempo que Madre Teresita estuvo en Olmedo,
pero quedaron registrados como años de intensa fecundidad interna,
marcados por el signo de la cruz. Años vividos en pura esperanza, tejidos
en un presente que sentía el peso de su realidad. Y esa realidad tenía que
transformarse en ideal superior. No era tarea fácil conjugar ilusiones
juveniles de quienes habían entrado en religión con el propósito de forjar
una vida religiosa émula de los mejores tiempos, con la experiencia de una
comunidad religiosa que tocaba las consecuencias de años de languidez:
unas y otras esperaban una inyección de entusiasmo para a su vida el toque
de autenticidad y perfección a la que aspiraban. Bien lo sabía Madre
Teresita, y confiaba en la Providencia, en su buena voluntad personal, y
en los medios que Dios ponía en sus manos. Y creía, en su buena fe, que
podía contar con años por delante. No fueron éstos, sin embargo, los
planes del Señor. La obra de Dios, servida por los hombres, se lleva
adelante en el tiempo con una dinámica que sólo Dios.
sabe.
El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y me
siga.
Bien lo supo y practicó Madre Teresita, abrazada siempre a la cruz de
Cristo. Múltiples fueron sus manifestaciones. Penitencias físicas duras y
frecuentes. Dormir poquísimo, hasta el punto de tener que intervenir los
superiores. Alimentase, lo suficiente para mantener su frágil naturaleza.
Trabajar, hasta el límite de lo que daba de sí su resistencia.
Acostumbraba a
decir:
Teresita. Una monja debe acostarse siempre
cansada.
Por esto hizo de su vida un trabajo constante, que en numerosas
ocasiones le sirvió para camuflar los dolores que a intervalos iban
denunciando la enfermedad que la llevaría al
sepulcro.
Madre Teresita se preocupaba tan poco de sus dolencias, que se negaba a
consultar a los médicos. No concedía importancia alguna a los males que
por dentro le afligían. Por fuera, disimulaba. Con motivo de tener que ser
atendida médicamente una novicia en Madrid, las monjas, con fraternal
insistencia, consiguieron que la Madre la acompañase y se sometiese a una
revisión médica. El diagnóstico fue alarmante: un cáncer que exigía
urgente intervención quirúrgica. El resultado fue también decepcionante.
Humanamente no había remedio. Y la obra de Olmedo daba sus primeros pasos.
Teresa Ortega lo ha plasmado en trazos vigorosos, con la mirada puesta en
Dios.
M. Teresa. "Hay algo más que cáncer; hay una voluntad de Dios
crucificante y preciosa que quisiera envolvernos a todos en su cruz y
purificarnos en ella... Pensaba en Olmedo, en aquel Convento, ya en vías
de reforma, en aquel Noviciado, en todo el dolor que ha costado y por un
momento lo veía todo... roto, deshecho... Los planes del Señor son siempre
con astillas de cruz, son sombras de Getsemaní, con angustias de Gólgota.
¿Que pasará
ahora?"
Humanamente podía parecer una desgracia, pero a los ojos de la fe, era
un misterio que encerraba una especial presencia de Dios. Los dolores iban
en aumento, y una monja la
insinuó:
Monja. Madre, nuestro Señor se complace en usted
dándole una enfermedad del mayor sufrimiento, más que a Santa
Teresita.
Ella atajó con
rapidez:
Teresita. Hija mía, no injurie a mi Santa. ¡Qué comparación! ¡Si
Santa Teresita llegó a ver saciados todos sus deseos de sufrimiento, hasta
colmados!
Pero también en Madre Teresita el sufrimiento físico y moral llegó a
colmar su generosa medida. El misma llegó a
exclamar:
Teresita. Ahora puedo decir ya lo que mi Santa. Tanto has
saciado y rebasado, Jesús mío, mis ansias de martirio, el de mi cuerpo y
el del corazón que, sin una gracia especial, no podría
sufrirlo.
Una monja le comentó en aquellos inciertos
días:
Monja. Madre, se ve que no la merecemos, y el Señor se la
lleva.
La sierva de Dios corrigió con
brío:
Teresita. No, hija, no, me lleva porque soy yo la que estorba a
la obra de Dios. ¡Lo he hecho tan mal...! Por ese me lleva... A pesar de
ello he buscado siempre la gloria de
Dios.
Fiel a su talante victimal, rechazaba toda clase de calmantes. Quería
esperar la muerte con la cabeza despejada. Pero tuvo que
reconocer:
Teresita. Jamás pensé que un alma podría pasar tanto, tengo
hasta el temor de desesperarme. ¡Pobrecitos los que no bien fe! Pedid
mucho por los
agonizantes.
Intervino el médico y mandó que le pusieran calmantes. Lo que no había
podido doblegar la fuerza del dolor, lo consiguió la obediencia
religiosa:
Teresita. Pues bien, en un acto de obediencia, viendo a Dios en
el médico, me los pondré, aunque sepa que he de quedarme sin darme cuenta.
¡Bendito seas, Jesús
mío!
La vida de Sor Teresita se caracterizó al mismo tiempo por su
acendrado amor a la Virgen, desde que, siendo adolescente, formaba parte
de la peregrinación a pie, a la Virgen de Ujué, cantando y sonriendo, pues
cantar y sonreír fue la nota dominante de su vida. A la Virgen la llamaba
siempre la Señora, pronunciando su nombre acompañada de una respetuosa
inclinación de cabeza. A la profunda devoción para con la Madre, hay que
sumar el filial amor al Padre Santo Domingo y de los hermanos santos
dominicos, en especial Santo Tomás de Aquino, por su fervor
eucarístico.
En la fase terminal de su enfermedad, cuando sus desahogos con el Señor y
la Madre adquirieron tonalidades de emoción indescriptible, pidió que
acompañasen sus últimos momentos con el canto de la Salve a la Virgen y el
O spem miram a Santo Domingo. Y cuando le anunciaron la proximidad
de los últimos momentos de su vida, exclamó
enternecida:
Teresita. No pueden imaginarse la alegría que tengo, porque me
voy al cielo con la
Señora.
Tenía especial devoción por la popular plegaría: "Bendita sea tu
pureza", que ella concluía
diciendo:
Teresita. No me dejes, Madre mía, hasta morir en tu
amor.
Ante el panorama preocupante en que dejaba el Monasterio, en el que
tantas esperanzas había puesto, lo fió todo a la Virgen, diciendo a las
monjas:
Teresita. Ella ha de ser vuestra Madre. Ella velará desde hoy
por vosotras. Sí, Ella. Pobrecitas hijas, os vais con el corazón
destrozado, pero yo rogaré por
vosotras.
El avance imparable de la enfermedad no permitía hacerse ilusiones.
Almas piadosas pensaban en un milagro; pero ella se sentía en manos de la
Virgen.
Teresita. Señora, cuando tú quieras. Ni un minuto antes, ni un
minuto
después.
Al final afloró también su carisma sacerdotal. Mirando las manos,
manos ungidas, un jueves sacerdotal, exclamó
enternecida:
Teresita. Los sacerdotes han sido siempre mi pasión
dominante.
Fueron sus últimas palabras. Las melodías gregorianas de la Salve a la
Virgen y del O spem miram a Santo Domingo acompañaron sus
últimos momentos. Hubiera querido también el Te Deum en acción de
gracias, pero el llanto de las monjas les impidió
continuar.
Sor Teresita del Niño Jesús expiró en el Señor el 14 de octubre de 1954, a
las ocho de la mañana. Vio cumplidos sus deseos de aprovechar todo el
sufrimiento que el Señor había brindado a su generosidad. Consumatum
est. Misión cumplida. El grano de trigo que había muerto para el mundo
entre los muros de Daroca y Olmedo, iba a ser sepultado en la tierra para
morir en el tiempo, y florecer para la eternidad. Al morir Sor Teresita
muchos pudieron preguntarse ¿Ha terminado o, en realidad, acaba de
comenzar? Si en realidad había terminado para el tiempo, era porque
empezaba su obra desde la eternidad. La obra de quien había dicho: Yo
rogare por vosotras...; lo que había enseñado con su palabra y con su
ejemplo, iba a rubricarlo con su intercesión ante Dios. Empezaba desde
otra dimensión, infinitamente más valiosa. Siempre estuvo presente en la
dimensión de Dios en el tiempo. A partir de entonces, en plenitud de vida
en Dios, emprendía otra etapa de servir a los demás desde la
eternidad.
Nos despedimos con las palabras que le dedicó la Madre Teresa Mª. Ortega,
con sentimientos que nacen del corazón de los
demás:
M. Teresa. "Valía la pena haber preparado las chispas de aquella
llama inflamada... Junto a ella se sentía la proximidad del Cielo y el
roce de Dios... Dejaba muchos problemas sin resolver, pero ni eso
perturbaba la paz... La estampa recordaba la de aquella otra santa,
Catalina de Siena, quien, al ver pasar a un dominico, salía despacio, sin
ser vista de nadie, y luego besaba sus huellas... Sus labios seguían
diciendo: esas manos... No fue triste aquella muerte, no... Su cuerpo,
deshecho por el cáncer, por la prolongada inapetencia, por los dolores
destrozantes, hablaba de lámpara apagada en el chisporroteo del amor...
Los labios de Dios soplaron con soplo divino. Su fuego eterno se llevó
para Dios la luz, que Él mismo había encendido. Aparentemente fue un
apagón. Realmente fue un sumergirse de la pequeña llama en la infinita
hoguera del Amor. Allí nos espera... Notamos su luz y su
calor".
Lorenzo Galmés,
O.P.
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