Un muro envejecido por el tiempo es la frontera triste del viejo cementerio. Recostada en la piedra una tumba aguarda en el silencio que un visitante anónimo reviva los recuerdos. ¿Cómo pudo ser, Gloria? Los restos en tu techo se han tornado en polvo envejecido de un puñado de huesos. ¡Desdichadas dieciocho primaveras que Parca osó arrumbar entre sus
muertos! La lágrimas vertidas en tu laja, como fuego ardieron, ya quedaron borradas hace lustros por ráfagas de viento. Nadie se acerca a acicalar tu tumba; tus familiares desaparecieron. Pero yo estoy aquí, a tus pies, desgranando unos versos. con décadas cumplidas, resistiéndome, empero, a hacerme viejo. Soy aquel niño que a los cuatro años, por guapo diste un beso.
José Mª. Serrano

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Cuando
te conocí pensé al momento
que amistad inspiraba tu semblante,
como así fue, y luego en adelante
amigos somos tras aquel evento.
Comprobé que eres hombre de talento,
trabajador, leal, perseverante,
y alcanzas siempre el punto equidistante
que da forma real al pensamiento.
Joaquín Mateo Blanco, el aire bates
como velero que en la mar navega
logrando dilatada singladura
y venciendo a las olas que combates.
Joaquín, tu aura tamizada llega
a hacer de la amistad feliz ventura.
José Mª. Serrano


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Ya cayó la techumbre
del último corral junto a las eras,
ya las vigas quebradas,
se amontonan sobre las rotas tejas.
Me acerqué a contemplar las toscas ruinas
cierta tarde que paseaba solo,
cuando vi que tu boca me llamaba
pidiéndome socorro.
Te rescaté de la pesada carga
que aplastaba tu vientre,
y aunque sucio y cubierto por el polvo
estabas aún indemne.
Ahora vives tranquilo y sosegado
conmigo y mi nostalgia,
decorando la luz de mis sentidos
con historias pasadas.
¡Mi cántaro de barro!
Háblame de la plaza de mi pueblo,
de aquella fuente en su centro erguida
con seis caños de hierro.
Háblame de los mozos aguardando
el paso de las mozas por la esquina
en las cálidas tardes de verano
cuando el sol ya dormía.
Cántaro a la cadera
andaban ellas ondulando el aire
y ellos, muertos de amor,
perdían la mirada entre sus talles.
Me tienes que contar muchas más cosas;
aviva mi memoria,
que los años marchitan mis recuerdos
y hay nubes que la envuelven y la agobian.
Yo te haré una corona de laurel,
labraré para ti una cantarera
y darás homenaje permanente
a la mano alfarera
que modeló tu cuerpo
de un puñado de tierra,
amasada con el sudor ardiente
de la gente de bien aragonesa.
José Mª. Serrano.


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AMIGO,
SÉ QUE NUNCA LEERÁS MIS VERSOS |
Amigo, yo sé que no has leído
los versos que te he dado.
¿Por qué me los pediste
hace ahora más de un año.
Paseaba tranquilo
con mi pequeño libro bajo el brazo
cuando al cruzar la calle
tú y yo nos encontramos.
-¿Aún sigues escribiendo?
Me preguntaste por hablar de algo.
-Precisamente -dije
-este es mi primer libro publicado.
Como me lo pediste
te lo ofrecí con el mayor agrado.
Hace un par de semanas
volvimos a encontrarnos.
Requerí tu opinión sobre mis versos,
y al mirarme extrañado,
comprendí que tenías sin abrir
el libro que te había regalado.
Después de despedirme de mi amigo
me quedé meditando:
"Qué sencillo es romper las ilusiones
de un poeta sin nombre ilusionado".


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Con
el frío y la escarcha del invierno
se heló mi corazón y mi alma entera,
mientras dejaba que mi ardiente hoguera
avivara las llamas del averno.
Olvidando cualquier amor fraterno
odié sin hallar luz a mi ceguera,
pero el milagro de otra primavera
hizo vibrar mi ser cual brote tierno.
Florecían los campos, de colores
cabrían las tardes prolongadas,
repetían los pájaros cantores
mil trinos en las altas enramadas.
Ya todo alrededor me sonreía.
Por fin, también mi alma revivía.
José
Mª. Serrano


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Con el paso del tiempo
se hacen menos brillantes los colores
al quedar diluidos
por una mezcla opaca
de lejanos recuerdos,
añoranzas perdidas
y agudas decepciones.
Con el paso del tiempo,
pierden fuerza las plácidas mañanas
y en los atardeceres
escuchas, si es que escuchas,
con cierta indiferencia
los trinos de los pardos ruiseñores.
Con el paso del tiempo
te avergüenza la magia de los sueños,
rechazas toda cándida sonrisa,
y te suenan pueriles
los cantos y los juegos saltarines.
Con el paso del tiempo
te crees sereno y cuerdo,
capaz de retener entre los brazos
la fuerza de torrentes de amargura,
capaz de discernir bueno de malo
capaz, en fin, de interpretar la vida
o de juzgar con tu razón las cosas
humanas o divinas.
Pero en realidad,
con el paso del tiempo
el hombre no ha aprendido casi nada
y parte de este mundo
cubierto solamente de ignorancia,
sin descubrir, a penas, un misterio
de los que acumuló desde su infancia.


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Cuando sea mayor seré piloto
para volar más rápido que el viento:
¡no!, mejor seré doctor
y curaré a todos los enfermos.
¡No!, seré abogado
y llevaré siempre conmigo
una cartera grande
llena de tebeos y bocadillos.
Cuando sea mayor tendré un coche inmenso
porque en el que tiene mi papá
casi no quepo,
siempre allá atrás, apretujado,
entre mi abuelita y mis hermanos.
Cuando sea mayor
tendré una casa con piscina,
y al llegar el buen tiempo
me pasaré nadado todo el día.
También tendré un chalet junto a la playa
y otro, con calefacción,
en la montaña
para poder salir de vacaciones
en verano, Navidad y Semana Santa,
porque ahora vamos solo al pueblo
todos los años,
pues dice mi papá
que es el sitio mejor y más barato,
y la verdad, aunque me gusta mucho,
yo querría cambiar de vez en cuando.
Cuando sea mayor me casaré con Mónica.
¡La quiero tanto!
También ella me quiere, porque el año pasado
me dio un beso el día de mi santo
y mi amigo Ramón sepuso algo celoso.
A lo mejor este año me da otro.
Dice mi tío Luis, que está e el paro
y escribe poesías,
que si pongo el empeño,
cuando sea mayor
se harán realidad todos mis sueños.
José Mª. Serrano.


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Dime si no son libres estos versos
que los hago con manos desatadas
y los arrojo al viento
para que modifique las palabras.
Yo podría enlazar tropo con tropo,
esgrimir el concepto,
decapitar la rosa,
destruir el sonido de un soneto,
desquebrajar cadencias,
romper ritmos banales y obsoletos.
Podría soterrar la poesía
de aburridos y clásicos poetas,
aborrecer la rima para siempre,
que el espíritu encarcela.
Podría soslayar el sentimiento,
promulgar la incoherencia,
arrojar la belleza a los infiernos,
obviar puntos y comas
faltándole al lenguaje mi respeto.
Podría estar rodeado de colegas
que me aplaudieran con fingidas ansias,
y sentirme feliz
creyéndome el mejor de los poetas.
Dime si no son libres estos versos
que los escribo bajo las estrellas,
y los dejo volando
hasta que se los lleve algún corneta.


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Hace tiempo yo tenía un amigo.
Eran años de pobres Navidades,
cuando los Reyes Magos
portaban poca cosa en sus alforjas
y lo niños jugábamos
con juguetes de lata o de madera.
En las calles no había
adornos luminosos,
ni en las ventanas árboles
con chispeantes bombillas de colores.
Papá Noel aún no había aprendido
el camino que iba a nuestras casas,
pero los Reyes sí;
llegaban puntualmente
en una noche mágica
cargada de ilusiones.
En casa de mi amigo
ponían un belén por Navidad.
qué alegres los pastores,
qué graciosas ovejas,
qué panzuda la vaca
y qué tranquilo el buey.
Con un pedazo de brillante espejo
simulamos el río;
junto a él colocamos
la mujer lavandera,
que, por cierto, tenía
mal pegada una pierna.
Aquella misma tarde
el padre de mi amigo,
admirando la obra,
nos dijo sonriendo:
"Faltan unos detalles".
Y sacó del bolsillo
un pequeño envoltorio.
Al ver el contenido
brillaron nuestros ojos.
Era una estrella nueva y reluciente
y una maravillosa chimenea.
¡Ambas cosas podían encenderse!
Sobre el portal la estrella relucía
con luz blanca e intensa,
y en el pesebre irradiaba destellos
la roja chimenea.
No cabía más júbilo y más gozo
en nuestros corazones.
Iba a ser una nueva
y feliz Navidad.
El niño pequeñín
del belén de mi amigo
ya no tendría nunca tanto frío.


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El regreso al pasado,
a través de un recuerdo
te sobrecoge el alma
y en tu mente aparecen
imágenes en ráfagas;
de repente te envuelve
una dulce nostalgia.
En un pequeño pueblo de la sierra
aún conservo la casa solariega,
aquella en que vivieran mis ancestros,
y que pasó a ser mía
como único heredero.
La mantengo habitable,
movido por respeto
más que por voluntad de poseerla.
Me consta que la hicieron mis abuelos.
Ellos murieron siendo yo pequeño.
Habitaron también
allí unos tíos
que, buscando otras metas,
emigraron, con pena, al extranjero.
Jamás se supo nada de su vida,
ni yo guardo el más mínimo recuerdo.
La última primavera,
después de haber pasado un mal invierno
con ataques de tos y amagos de asma,
decidí ausentarme una semana
para estar sosegado y bien tranquilo
en la casa del pueblo.
Hubo tres días de radiante sol
que entibiaba el ambiente.
Eran verdes los montes
salpicados de espliego y de tomillo.
Paseando por sombreadas sendas
me acercaba hasta el río,
y si las fuerzas me lo permitían
alcanzaba el molino,
ahora tejado y muros derruidos.
Añadían color las mariposas,
melodía los pájaros canoros,
consiguiendo olvidarme
de los muchos achaques que sufría,
y lograba, si bien por un instante,
ilusiones perdidas.
Pero el tiempo cambió.
Una lluvia menuda y tamizada
empapó la floresta.
Oculto el cielo azul,
también mi espíritu se llenó de brumas.
Envolvían los muros de mi casa
silencio y soledad
y volaban
mis vagos pensamientos
a veces entre arcángeles divinos,
a veces entre sombras del averno.
Cierta tarde, por motivos que ignoro,
se me ocurrió subir
al desván de la casa.
Atrajo mi mirada
un cofre polvoriento
sobre una vieja silla recostado,
que jamás recordaba haber abierto.
No había allí ningún tesoro oculto,
sólo un sucio tintero de cristal,
un plumín oxidado,
el cabo de una vela amarillento,
una vieja medalla de aluminio
y otros pocos pertrechos.
Me llamó la atención ver que en el fondo
se hallaba una tarjeta
de un blanco inmaculado,
lo cual me resultó asaz extraño.
Aquella hermosa letra
parecía recientemente escrita
por un diestro amanuense.
Sorprendido y, tal vez, temeroso
leí el mensaje con fruncido ceño
y esto es lo que decía:
"Aunque no nos recuerdas
nosotros te queremos.
Todos estamos bien. Te aguardaremos".
Salí
de aquel desván, lúgubre y sucio,
temblorosas las piernas,
sobrecogida el
alma;
pero no pude, por desdén, no quise
entender las palabras.
Me asomé a la ventana,
doraba el sol, de nuevo, la campiña,
relucía la hierba.
Olía a primavera.


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EL ÚLTIMO POEMA DE
CALÍOPE |
Yo buscaba la caja de Calíope
por la propia
Minerva
diseñada,
trabajada en
platino
y con
piedras preciosas engarzada.
Recorría selváticos parajes
de árboles corpulentos;
macizos de esmeralda
brillaban a lo lejos.
Llegué a un lago encantado
donde ninfas hermosas se bañaban;
miles de aves volaron a mi
paso
en plúmeas bandadas.
Pero no me rendí a esas maravillas
por ser otra mi
meta.
Sabía
que Calíope
conservaba en la caja
los poemas más dulces
de cuantos en el mundo se escribieran.
Yo quería leerlos
y llegar a alcanzar
el nivel más profundo
de la felicidad.
Fueron muchos los valles,
los llanos y las cumbres
por los que errante anduve
sin presentir el tiempo o la distancia,
hasta que cierto atardecer sereno
apareció a mi vista,
reluciente y magnífica,
la caja deseada
sobre un lecho de lilas.
La abrí lleno de gozo
pero estaba vacía.
Lloré con amargura
y lloraron las aves y las ninfas.
Oscureció la luz del horizonte
las aguas ya no eran cristalinas,
y hasta las esmeraldas
se tornaron opacas.
Sacudí aquella caja desolado
y sucedió el milagro.
Algo cayó de dentro, oro sin duda,
como polvo sutil, que fue formando
los versos del más cálido poema.
El último poema de Calíope
salía de la caja diseñada
por la propia Minerva.
Era un canto a la paz y a la armonía
un himno a la esperanza,
tan radiante que tornó la alegría
y la luz a los mundos.
Resultaba tan bello
como resultan los dichosos sueños.


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|
En las profundas simas
del alma de los hombres
habitan mil demonios
expectantes.
Se alimentan de plantas venenosas,
pero principalmente
de la planta del odio y de la envidia
que el humano recoge, confundiéndose,
de entre todas que brotan libremente
en el verde jardín de la existencia.
Hay manuales y libros que señalan
las unas de las otras,
e indican con gráfico diseño
la vasta diferencia
entre orquídeas, zarzas y mandrágoras.
Entonces, ¿por qué erramos
permitiendo que surjan
los malignos espíritus
a fin de ensombrecer nuestra armonía?
Seguro, que atraídos
por la belleza equívoca
de las tapas del libro de las hierbas,
nos quedamos dormidos
sin pasar a las páginas internas.
Nos embelecan cantos de sirena,
nos ciega el oro con su brillo intenso,
nos creemos los dioses del Olimpo,
y al mirarnos un día
con los ojos del alma
sobre el espejo, vemos
que se nos va la vida,
y que tan sólo somos
arena transportada por el viento.


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Guardemos una lágrima
por insufrible que el dolor parezca,
aunque la angustia se haga insoportable
y se anegue la tierra
por el profundo mar de nuestro llanto.
El Arca de Noé vendrá ligera
para poder salvarnos,
Sobre la seca arena
iremos caminando
hacia un nuevo solar que nos espera,
y esa última lágrima guardada
derramaremos, aunque no de pena,
sino de dicha por haber llegado,
si bien desnudos, con el alma entera.


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Ya estás aquí, llegaste con el tiempo,
con los primeros fríos el otoño,
presagiando el invierno.
Tú no eres flor de abril ni flor de mayo
y en verano quizá te encuentres lejos.
Cobijada en tu concha
ves pasar a los jóvenes y viejos,
transeúntes furtivos,
bajo los altos porches del paseo.
Has buscado la esquina de una calle
resguardada del cierzo
y las luces invaden tu penumbra
y arrancan de tus ojos un destello.
Castañera gentil,
culebrillas veloces son tus dedos
cuando mueves los frutos sin quemarte
en tu fogón de hierro,
mientras las ascuas de carbón compiten
en su chisporroteo.
Castañera silente,
¿Cuál será tu secreto?
¿Te habrás enamorado alguna vez
de un señor con gabán y con sombrero?
¿Tienes nombre, mujer?
¿Hace mucho que no te han dado un beso?
Tú a mí no me conoces,
yo hace años que te veo;
cincuenta, tal vez más.
¡Me traes tantos recuerdos!
Te irás sin despedirte,
como se van las aves a otro puesto.
Pasaré por tu esquina
y sabré que también se fue el invierno,
que se marchó contigo
con su helador aliento.
Te ocultarás en un lugar sin nombre
y yo estaré aguardando su regreso.
José Mª. Serrano


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Qué mágico
lugar era la fragua repleta de
pertrechos. El imponente
fuelle me parecía un
gigantesco pájaro. De él pendia una
cuerda de la que había
que tirar con brío para avivar el
fuego. En el fogón,
oscuro y misterioso, enrojecia el
hierro, que ha golpe de
martillo acababa adoptando
aquella forma que quería el
herrero. Luego, al meter
las piezas en el agua, calientes como
estaban, parecian quejarse
doloridas chirriando igual
que bestias maltratadas. Después salía un
humo espeso y negro. Yo apretaba los
dientes sintiendo
escalofríos por el
cuerpo, y pensaba asustado si así sería todo
en el infierno. Cuando miraba al
enorme yunque me crecían los
ánimos; acaso yo podría
levantarlo, eso si, haciendo
fuerza y usando los dos
brazos. No había mulos con
mejor herraje que los herrados
en aquella fragua, ni romanas de
mayor prestigio que las allí
afinadas. Yo siempre que
podía me encantaba pasar
por la herrería para manchar un
rato con el permiso,
claro, del herrero, que no había mejor
en todo el mundo, y por
coincidencia, era mi
abuelo
José Mª. Serrano


-
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Torreta, mantilla de roca y té
y de oloroso poleo,
mirador de los paisajes
más hermosos de mi pueblo.
Torreta, descansillo de palomas
y testigo de mis juegos,
sombra imponente y bravía
las frías noches de invierno.
Torreta, con los brazos
extendidos
envuelves mis pensamientos
y recoges mi saludo
cada vez que te contemplo.
Torreta, quiero ascender
a tu cima por el estrecho
sendero
para sentirte más cerca
y revivir mis recuerdos.
Gargallo, 3-6-1995
José Mª. Serrano


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Podrás comenzar muy tierno
y venir desimulando.
Como a la chita callando,
mas no me engañas, invierno.
Antes de que llegue el día
de que agarre un constipado
ahí va por anticipado
esta veraz letanía:
Hinchanapias, duermeosos,
pan mal cocido, sarnoso,
majadero, enfríaculos,
espantanovias, cornudo,
revientatubos, pasmao,
moquitoso, ruin, pelao,
embotahuevos, pelmazo,
soplagaitas, estropajo
pringao, amasabacterias,
portagripes, hielaestrellas,
tuercetabas, prostituto,
encogedor del canuto,
vomitavientos, farsante,
mengualuz, zote, mangante,
deprimevírgenes, soso,
deshojao, tuberculoso,
cierracapullos, chalao,
mataviejos, vomitao,
esquilmapobres, pingajo,
estúpido del carajo,
portador de tiritonas,
chupahielos, pintamonas,
escuchimizao, baboso,
alarganoches, piojoso,
cariacacontacido, bobo.
Y, de momento, eso es todo.
José Mª. Serrano


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Los norayes del puerto
son enanos eunucos
soportando en sus cuellos
amarras de los barcos
que reposan tranquilos,
apenas balanceándose,
sobre el agua aceitosa,
tras un bogar solemne
por piélagos profundos
en ruta mundanal.
Los norayes del puerto
son testigos inmóviles
en noches estrelladas
de jóvenes marinos
que regresan beodos
tras las horas de asueto,
con carmín en los labios
y las ropas sudadas
a pachuli apestando.
Los norayes del puerto
escuchan los envites
de maridos infieles
a ilegales rameras
que subastan su cuerpo
para poder vivir.
Oculto entre las sombras,
acechante cual lobo,
un chulo redomado
se palpa la navaja
listo para actuar.
Los norayes del puerto
se conforman con nada;
les basta con la herrumbre
de su tez sin pintar.
Se nutren con orines
de perros vagabundos,
y aguantan las patadas
de perdedores natos
que han dejado en el bingo
su sueldo semanal.
Los norayes del puerto
son testigos impávidos
de adictos a la droga
que compran su ración,
e inyectan en sus venas
la pócima de muerte
que dará con sus huesos
en algún malecón.
Los norayes del puerto
soportan sin quejarse
el hedor a basura
y el salitre del mar;
poyetes pegajosos,
asientos gratuitos
de los depauperados,
eternamente mudos
y en silencio total.
José María Serrano


-
|
Mas
fuerte que las altas olas |
Hoy soy más fuerte que las altas olas,
hoy soy el timonel, soy el barquero,
hoy soy roble visible en lontananza
y tengo el temple del mejor acero.
Hoy confluyen en mí todas las fuerzas,
me siento aire, tierra, agua, fuego,
me veo vigoroso como un toro
que sale del toril y entra en el ruedo.
si quieres arrojarte de rodillas
para pedir perdón, perdón te ofrezco,
mas si vienes altivo y arrogante
aléjate de aquí pues te detesto.
Hoy no admito sermones ni discursos,
tampoco sugerencias ni consejos.
Hoy no abriré la puerta a los cretinos
que quieren imponer sus pensamientos.
No escucharé las chácharas inútiles
de caciques bastardos y altaneros,
ni habrá matones que con amenazas
sean capaces de infundirme miedo.
No me seducirá el mendaz discurso
de un político ruin, pataratero
que intenta convertir su logotipo
en la única verdad del mundo entero.
Mañana volverá mi sombre estrecha
a arrastrarse, sumisa, en el sendero.
Me uniré a la calandria y a la tórtola
en un acompasado, dulce vuelo.
Mañana se hundirán, seguramente,
los dardos de la injuria en mi cerebro
y de nuevo los truenos y los rayos
regresarán a perturbar mi sueño.
Pero hoy mi voz sacudirá la tierra.
Está hablando mi orgullo. ¡Chis, silencio!
-
-
José Mª. Serrano


Eterna, dulcísima rosa
hermosa,
cúbrenos bajo tu planta
santa
y guíanos cada día
María.
Cual celestial melodía
tu voz descienda del cielo
dando al humano consuelo
hermosa, Santa María.
José Mª. Serrano


Canastilla de fruta sazonada
de delicias tu cuerpo está formado,
blanco manzana, largo y delicado
tu cuello es de mis besos ensenada.
Al ser tu dulce piel acariciada
despide suave efluvio perfumado,
mientras ardes cual fuego apasionado
suspirando feliz y enamorada.
En tu pecho dos rosas de canela
subliman mi deleite a lo infinito.
El dios Cupido guiña un ojo y vela.
Entreabiertos tus labios de frambuesa
me invitas a que en ellos haga presa,
y mientras nuestro amor se torna en rito
José Mª. Serrano


No puedo resumir en un soneto
la grandeza de tan excelso artista
porque creo que ya salta a la vista
que por delante va el primer cuarteto.
No hay nada de genial en este reto
pues fue Lope el primer malabarista
que con aire burlón y algo bromista
salió por Violante del aprieto.
Y ya me halló en el pie, mas os prometo
que aún me queda en el molde algo de pasta
para antes de acabar con este ensayo
decir con voz potente y sin desmayo
que es el mejor pintor y más completo
Goya de Fuendetodos, y eso basta.
José Mª. Serrano


-
Soñar es vocación del
ser humano,
una necesidad, es un
deseo.
Se han descrito los
sueños de los santos;
pecadores y justos todos
sueñan;
soñaba Calderón con
soñadores,
y
con razón decía
que el sueño es un vacío
inalcanzable.
¿Quedarían anhelos e
ilusiones
después de haber logrado
la cima de los sueños?


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TODO TIENE UN
LUGAR,
TIENE UN MOMENTO |
No fuerces revivir
las viejas amistades.
Todo tiene un lugar,
tiene un momento,
que una vez
transcurrido, se diluye
fundiéndose en la nada.
La añoranza es solamente
un eco
que repite el sonido
primigenio.
Conserva los instantes
agradables
y guárdalos por vida.
Las cosas se deshacen y
se borran
con el paso del tiempo.
¿Por qué no nos parece
ahora tan fresca
el agua de los claros
manantiales
en los que de pequeños
calmábamos la sed tras
nuestros juegos?
Y ese amigo de lealtad
sin límites
admirado y querido,
¿qué fue de su sonrisa?
¿Por qué cuando le veo
parece indiferente
como un desconocido,
y no siente el más
mínimo deseo
de evocar los recuerdos?
¿Tan dura es la coraza
de los años?
¿Tan frágiles son
nuestros sentimientos?


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Sin pétalos de rosa que
la cubran,
la corriente del río
va arrastrando a la
silva sin remedio
a un mar desconocido.
Sus lágrimas se mezclan
con el agua
y está pidiendo auxilio,
mas los ecos del llanto
se despeñan
en barrancos vacíos.
Vuelve, pepita de oro,
silva amada,
a colmar mis sentidos,
que yo sabré arroparte
entre mis versos
y te daré cobijo.

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