La carcocha
Daniel Salvo
Raúl Céspedes no esperó a que el semáforo cambiara
de rojo a verde, y arrancó el ómnibus de manera brusca. Ignoró
las quejas y maldiciones de los pasajeros, acordándose también
de las progenitoras de éstos.
Raúl sentía
un nudo en la boca del estómago. Justo a él le habían
asignado la carcocha, el ómnibus más viejo de la empresa. Y
todo por que al hijo de puta del gringo Smith se le había ocurrido
morirse en sábado, cuando no había casi nadie en administración
para hacer las cosas con calma.
En la puerta más
cercana al asiento del chofer, sobre la cual alguien había escrito
unas inútiles letras que decían “BAJADA”, iba Juan Valle, el
cobrador, acomodador y verdadero factotum del ómnibus. Era un negrazo
alto y corpulento, cuyo sombrío semblante hacía que ningún
pasajero siquiera pensara en pedir rebaja en el pasaje o pagar con moneda
falsa. En contraste con su impresionante aspecto, Juan Valle era un tipo
tranquilo, que tomaba la vida con talante filosófico y una sonrisa
escondida. Sabía que no era bueno mostrar ante el mundo un exceso
de nobleza.
Por eso, sabía
que gran parte de la rabia del chofer era infundada. Si, estaba manejando
la carcocha, el ómnibus más antiguo de la empresa. ¿Y?
No era más lento que los demás omnibuses, y su antiguo armazón
de hierro lo hacía más seguro que los vehículos modernos,
hechos de fibra de vidrio o de algún material más endeble.
La ruta era la misma, los pasajeros eran los mismos. Juan Valle sabía
que no existían motivos para enojarse.
Sin embargo, Raúl
Céspedes no pensaba igual. Tuvo que acatar las disposiciones del gerente
y dejar de conducir su ómnibus habitual, ahora en manos del “Chino”
Escalante, ese lambiscón de mierda. Si, era un ómnibus como
cualquier otro, pero Céspedes le había puesto lo que consideraba
su “toque personal”, como podían ser estampitas de sus santos favoritos,
una palanca de cambios con una calavera cuyos ojos se encendían de
vez en cuando y una radio con un sonido más que aceptable. En cambio,
la carcocha, guiada durante años por el misterioso gringo Smith, apenas
tenía los aditamentos mínimos que obligaba la ley. Incluso
se veían restos de mensajes escritos en inglés. El gringo Smith
habría sido un excelente chofer – el único que jamás
había tenido un choque o desperfecto mecánico durante el servicio
-, pero en lo demás era un roñe;oso. Y ahora, Raúl estaba
a cargo de esa carcocha, un ómnibus sin personalidad, carne de chatarrero,
máquina sobreviviente a su dueño. Debería ser como en
el mar, carajo, donde el capitán se hunde con su barco.
- Oe negro, nos jodieron
con la carcocha, ¿no? – Así empezaba sus conversaciones.
- No es para tanto,
Raúl. Por lo menos, sabemos que no se te va a parar en el camino.
Es buena máquina.
- Si, así parece…
oe, ¿y de qué marca es? Como que la carrocería se me
hace conocida, pero no lo ubico…
- Eso sólo lo
sabía el gringo Smith. Como cobraba poco y no se metió al sindicato,
lo dejaron entrar a la empresa.
- Ese gringo era bien
raro, ¿no? Nunca se casó, ni nada.
- Ajá. Se vino
poco después de la guerra que tuvieron en su país, con la carco…
con el ómnibus. El decía que sólo el comprendía
a la máquina. Como se exoneró del seguro de reparación,
nunca la llevó al taller, y nadie sabe mucho de la carcocha.
Raúl Céspedes
se detuvo en seco innecesariamente, solo por el placer de molestar a los
pasajeros y para sentir la ronca protesta del motor. Si, tenía que
admitirlo, era una buena máquina. Quien sabe cómo haría
el gringo Smith para mantenerlo así, pero costaba creer que se trataba
de un ómnibus tan antiguo. Raúl supuso que eso le había
permitido al gringo Smith trabajar sin contratiempos con la policía
de tránsito, la cual solía sacarles dinero por cualquier tontería,
como un rasguño en la carrocería o un vidrio sucio. Definitivamente,
la carcocha era otra cosa.
Sin embargo, le molestaba
mucho que el ómnibus fuera tan aséptico, tan sin personalidad,
como los pasillos de una nave espacial de video juego. No estaría
a su cargo mucho tiempo, pero pensaba hacer algunos cambios. Claro que eso
tendría un costo… Al diablo, unas cuantas calcomanías y estampitas
no serían mucho gasto. Y en cuanto al radio, tenía un radio
viejo en su casa, que había dejado de usar por que no tenía
reproductor de discos compactos. Pero por un tiempo, podría servir
para alegrar la ruta.
Examinó el vehículo
con más detenimiento. A su derecha, estaba el hueco para la radio
y los parlantes. A su izquierda, el salpicadero. Entrecerrando los ojos,
pudo ver que había espacio para conectar seis fusibles, pese a lo
cual, solo había cinco conectados. Gringo tacaño, pensó
Raúl, por no gastar en fusibles, de repente la máquina había
estado funcionando por debajo de su pleno rendimiento. ¿Sería
eso posible? ¿Cuál había sido el uso original del ómnibus?
De repente, Raúl empezó a mirar con más detenimiento
el volante, observando que el metal del eje central no se veía viejo
ni usado. Las bisagras de las puertas y del escape en el techo apenas estaban
cubiertas de polvo, careciendo de la capa resinosa de hollín que tendría
cualquier ómnibus que circulara por la ciudad. Y las hileras de asientos…
ahí si que la había fregado el gringo Smith. Esos si eran de
taller de cuarta categoría. Estaban atornillados al piso de manera
bastante desigual. Incluso, había uno ligeramente ladeado. El ómnibus
no era, pues, una máquina perfecta, como estaba empezando a temer.
¿Y si originalmente
no había sido un ómnibus?
Aprovechó una
luz roja para mirar con más detenimiento el interior del vehículo.
Observó ángulos que no eran familiares, muescas en las paredes
que parecían no tener objeto, controles en el tablero que parecían
innecesarios…
- Oe negro, ¿sabes
para qué tanto botón? – preguntó al cobrador.
- ¿Dónde,
Raúl?
- Acá pues, en
el tablero. Mira. Hay como veinte señales verdes, cinco azules y ocho
rojas. Aquí antes iba una palanca. Y este hueco en forma de estrella…
¿qué marca es esta carcocha?
- A la salida lo podemos
llevar a un taller…
- ¿Estás
loco? No me voy a quedar haciendo horas extras por gusto, después
no te las pagan y uno queda como zonzo. ¿El gringo nunca dijo nada?
- A veces se reía
cuando hablaba de la carcocha, le hacía gracia que le dijeran así.
Se acriolló bien rápido, comía su cebiche bien picante.
Decía que el ómnibus lo iba a sobrevivir… y eso que se veía
bien viejo cuando recién llegó, la guerra apenas había
terminado.
- ¿La primera
o la segunda?
- La segunda pues Raúl,
no me creas tan ignorante – el tono de voz de Juan Valle aumento su gravedad.
- No te creo ignorante
sino viejo, compadre. Es que este carro es una rareza.
- Pues cuando le han
abierto el capó, se ve igual que cualquier otro. Su radiador, su motor,
las bujías…
- ¿Tú
lo has visto?
- Esteee… no, pero así
debe ser, ¿no? ¿O acaso no le has puesto petróleo hace
dos paraderos?
- Cierto, cierto… en
fin, no nos pagan esa basura por averiguar marcas de carros, sino por manejarlos.
Pero si te digo algo: mañana lo voy a poner a full. Le voy a poner
su radio, sus parlantes, sus estampitas para que nos acompañen, sus
calcomanías… no lo vas a reconocer, negro, palabra.
* * *
Raúl Céspedes,
con todo y lo amargado que era, era un hombre de palabra. A la mañana
siguiente, trajo todo lo que ofreció el día anterior. Sus demás
compañeros, quienes secretamente se burlaban de su manía por
las estampitas y calcomanías, lo felicitaron por la iniciativa de
decorar la carcocha. Tampoco le vendría mal una mano de pintura, pero
eso ya era responsabilidad de la empresa.
Juan Valle había
tenido razón. Cuando Raúl abrió el capó para
instalar el radio, pudo comprobar – con cierta desilusión- que era
un motor como cualquier otro, acaso más limpio y confiable que los
demás, pero todos sabían que antes hacían las cosas
mejor. Incluso podía ver los nombres de las marcas de los repuestos:
Toyota, Ford, Schach… cosas que podían comprarse en cualquier autoservicio.
Se sintió un poco avergonzado por toda la sarta de tonterías
que había soltado el día anterior en presencia del cobrador,
quien seguramente estaría riéndose a carcajadas mientras contaba
el asunto. Sus orejas enrojecieron de vergüenza. Faltaba como una hora
para iniciar la ruta. Decidió salir al último, para no ver
las caras de sus compañeros. Mientras tanto, instalaría las
cosas que había traído.
Desde afuera, la carcocha
se veía realmente distinta a cualquier otro vehículo que Raúl
hubiera visto en su vida. La disposición de las luces era distinta,
y los vidrios frontales eran tan cuadrados… mejor olvidarse de eso. De repente
era de una marca que ya no existía. Total, lo había traído
un gringo. Si funciona, no lo toques. ¿Para qué hacerse más
problemas?
La radio fue fácil
de instalar, lo mismo que los parlantes. Pese a la diferencia de años
entre estos y el ómnibus, se adaptaron con una precisión rayana
en lo perfecto. Como si el ómnibus se adaptara a lo nuevo.
Sin embargo, cuando
intentó probarla, la radio no funcionó. Ni una lucecita, ni
estática, nada. Pero si había conectado todo bien. No era la
primera vez que instalaba una radio en un ómnibus, cualquier chofer
podía hacerlo. Y todos los cables eran iguales. Hasta en eso experimentó
cierta desilusión, al leer las palabritas “antenna” y “speakers”.
El misterio del gringo Smith y su carcocha de origen desconocido… se sintió
ridículo. Y encima, la radio no funcionaba.
Repentinamente, recordó
que en el tablero junto al volante había espacio para un fusible más.
¡Eso debía ser! El fusible que faltaba debía ser para
la radio, y como el gringo Smith nunca había tenido una, seguramente
no había creído necesario reemplazar el fusible faltante. Eso
no era ahora ninguna contrariedad. En el almacén de la empresa había
fusibles de todo tipo.
Alborozado, Raúl
colocó el fusible en el compartimiento vacío. Introdujo la
llave e hizo el contacto. No se había equivocado. Las luces del aparato
de radio se encendieron, dejando escuchar la música propalada por
alguna emisora. Se llevó las manos a las caderas, asintiendo con satisfacción…
De pronto, el ómnibus
empezó a temblar.
No era un temblor de
tierra. Era el vehículo. La pintura interior empezó a descascarse.
Una grieta dividió el pasillo en dos. Los pernos que sujetaban los
asientos saltaron disparados como balas...
Raúl apenas tuvo
tiempo de salir. Los demás se acercaron, llenos de curiosidad. Raúl
no intentó dar explicación alguna: ante los ojos de los choferes,
cobradores y demás operarios de la compañía de transportes,
el ómnibus que había pertenecido al misterioso gringo Smith,
la conocidísima carcocha, se estaba plegando sobre sí misma,
retorciéndose, dejando ver brillantes partes metálicas de desconocido
diseño.
A pesar de los cambios,
Raúl creyó reconocer un patrón en el ¿ómnibus?,
un detalle vagamente familiar, algo que había visto por la televisión
cuando pasaban noticias sobre la segunda guerra. Un nombre trataba de formarse
en su mente, pero ésta parecía aletargada, ocupada como estaba
en la contemplación de la increíble metamorfosis del vehículo…
El ser que antes había
sido la carcocha tenía un aspecto claramente androide. Con cierta
dificultad, movía las articulaciones de sus dedos. Uno de sus ojos
ofrecía un brillo algo más apagado que el otro. Con un chirrido
lastimero, se irguió. Pareció contemplar detenidamente a los
humanos que lo rodeaban. Estos permanecieron en sus sitios, pues sabían
que no tenían nada que temer del ser que tenían ante sí.
El robot dijo:
- Soy Optimus Prime.
¿Pueden decirme en donde me encuentro?
Daniel Salvo, julio
2005
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